No hemos llegado a tiempo para asistir a los preliminares. Nos entretuvimos mirando el paisaje, jugando con el chiquillo a quien tanto le gusta jugar al sol, por más que los padres le digan, haciéndole preguntas a Cesaltina, que por casualidad no está el marido metido en estos líos, es empleado del ayuntamiento y se llama Ourique, y todo esto que decimos no fueron más que pretextos, dilaciones, maneras de desviar los ojos, pero ahora, entre estas cuatro paredes encaladas, sobre este piso de losetas, reparemos en los cantos partidos, cuántos pasos por aquí pasaron, y las redondeces del desgaste, y lo interesante que resulta este reguerillo de hormigas que va por las junturas ensanchadas como si fueran valles, mientras arriba, proyectadas contra el cielo blanco que es el techo y contra el sol que es la lámpara encendida, se mueven unas altas torres, son hombres, lo saben bien las hormigas que de generación en generación les han sentido el peso de los pies y el largo chorro cálido que cae de una especie de tripa que cuelga fuera del cuerpo, así han muerto hormigas ahogadas o machacadas en todos los lugares de la tierra, pero ahora se supone que de éstas se van a librar, en otras cosas se hallan ocupados los hombres. Tienen las hormigas un aparato auditivo y una educación musical que no les permite entender lo que dicen y cantan los hombres, por eso no es fácil que perciban por entero el interrogatorio, pero las diferencias no son muchas, mañana, en este mismo puesto de guardia, pero en lugar menos retirado, serán interrogados los hombres de Monte Lavre, Torre da Gadanha, Safira y Escoural, y entonces sabremos, y también los insultos, hijo de puta, cabrón, hijo de puta, cornudo, hijo de puta, maricón, eso es lo trivial, la gente no se ofende por tan poco, son historias ridículas como las de las comadres, tía tal, tía cual, nadie se ofende, en tres días están hechas las paces, pero en este caso no.
Tomemos esta hormiga, mejor, no la tomemos, que sería matarla, mirémosla sólo porque es una de las mayores y porque levanta la cabeza como los perros, ahora va pegada a la pared en recua con sus hermanas, tendrá tiempo de hacer tres veces su largo viaje entre el hormiguero y no sabemos qué de interesante, curioso o simplemente alimenticio habrá en este cuarto retirado, antes de que se complete el episodio mortal. Ahora mismo acaba de caer uno de los hombres, queda al nivel de las hormigas, no sabemos si las ve, pero ellas sí lo ven, y serán tantas las veces que caiga que al fin aprenderán su rostro de memoria, el color del pelo y de los ojos, el dibujo de la oreja, el arco oscuro de la ceja, la sombra tan blanda de la comisura de la boca, y con todo esto más tarde se harán grandes conversaciones en el hormiguero para ilustración de las generaciones futuras, que es útil a los jóvenes saber qué pasa por el mundo. Cayó el hombre y luego los otros lo levantaron de una patada, le gritan cada uno por su lado, dos preguntas diferentes, cómo sería posible dar respuestas aunque quiera darlas, y no es éste el caso, porque el hombre que cayó y fue levantado morirá sin decir una palabra. Sólo gemidos le saldrán de la boca, y en silencio de alma profundos ayes, pero incluso cuando los dientes estén partidos y sea necesario escupir sus pedazos, lo que dará mayores razones a los otros dos para volverle a pegar, no se ensucia la propiedad del Estado, incluso entonces el ruido será el de escupir y otro no, esa mecánica inconsciente de los labios, y luego queda dispersa la saliva en el suelo, adensada de sangre para estímulo gustativo de las hormigas que se van telegrafiando una a otra esta lluvia del nuevo maná, rojo singular caído de tan blanco cielo.
Ha caído el hombre otra vez. Es el mismo, dijeron las hormigas, tiene el diseño de la oreja, el arco de la ceja, la sombra de la boca, no hay confusión posible, por qué será siempre el mismo hombre el que cae, será que no se defiende, que no lucha. Son criterios de hormiga y de su civilización, no saben que la lucha de Germano Santos Vidigal no es contra sus agresores, Gargajo y Gargajillo, sino con su propio cuerpo, ahora el fulminante dolor entre las piernas, testículos en lenguaje de manual de fisiología, cojones en este grosero hablar que más fácilmente se aprende, frágiles bolas llenas de imponderable éter que en trance justamente nos elevan, de hombres hablo, son ellos los que nos levantan en viaje entre el cielo y la tierra, pero no estos desgraciados que las manos ansiosamente amparan y ahora sueltan porque un estruendo y la brutal patada de tacón cae sobre los riñones. Se quedan asombradas las hormigas, pero sólo de pasada. Ellas tienen sus obligaciones, horarios que cumplir, ya hacen demasiado cuando alzan la cabeza como los perros y afirman su flaca visión para comprobar que el hombre caído es el mismo o si se ha introducido alguna variante en la historia. La hormiga mayor ha dado la vuelta a lo que faltaba de pared, pasó por debajo de la puerta, va a transcurrir un tiempo antes de que regrese, y entonces lo encontrará todo cambiado, es una manera de decir, tres siguen siendo los hombres, pero los dos que no caen nunca se entretienen, seguro que es un juego, no se le ve otra explicación, qué raro que no juegue así el hijo de Cesaltina, se entretienen empujando al otro contra la pared, lo agarran por los hombros y lo estrellan de sopetón y entonces, depende, o cae de espaldas y da de lleno con la cabeza, o va de frente y el pobre rostro ya pisoteado se estampa en la cal y deja en ella, no mucha, algo de sangre, de la que le corre de la boca y de la ceja derecha. Y si lo dejan ahí, resbala sin sentido, la sangre no, el hombre, pared abajo, hasta quedarse retorcido en el suelo, al lado de la hilera de hormigas, asustadas de pronto al sentir caer aquella enorme masa desde lo alto, aunque finalmente ni las roza. Y durante el tiempo que lo dejaron allí, una hormiga se le agarró a la ropa, quiso verlo más de cerca, la muy tonta, va a ser la primera en morir, porque en el lugar exacto en que ahora está cae el primer porrazo, el segundo no lo siente, pero lo siente el hombre que, del dolor, no él sino el estómago da un salto, y otra vez se derrumba, con arcadas, es el estómago, la coz violenta de lleno o la patada, y luego otra más en sus partes, palabra tan común que no ofende los oídos.
Uno de los hombres salió, fue a descansar del esfuerzo. Es Gargajillo, nacido de madre y padre, casado y con hijos, y esto es poco decir porque el otro, el que se ha quedado dentro guardando al preso, el que se llama Gargajo también nació de padre y madre, también está casado y tiene hijos, cómo vamos a distinguirlos de no ser por las facciones, y aun así, y por los nombres, uno es Gargajo y el otro Gargajillo, no son parientes aunque pertenezcan a la misma familia. Se pasea por el corredor, va tan cansado que se da un golpe contra el banco, Esto acaba con uno, esos tipos que no hablan, pero se va a joder o no me llamo Gargajillo. Se bebe toda una jarra de agua, es una fiebre ardiente, y entonces le entra un telele nervioso y vuelve a entrar en el cuarto, ya descansado y con fuerzas, es un tifón, se lanza como un perro contra Germano Santos Vidigal, es un perro y se llama Gargajillo, y es como si Gargajo le estuviera haciendo Chis, chis, sólo le falta morder, quizá incluso muerde, más tarde se verá que esto son señales de dientes, de hombre, o de perro, eso es lo que resulta dudoso, que a veces a algunos hombres les salen dientes de perro, todo el mundo lo sabe. Pobres perros, enseñados a morder a quien deberían respetar y donde no deberían, aquí, en este lugar mío en que soy hombre, no más de lo que en el brazo o en la barbilla, o en este otro lugar que es el corazón, modo diferente de ser ojos, o en el cerebro, ojos verdaderos. Pero ya de pequeño me decían que esta máquina inquieta es lo que tengo más de hombre, y aunque no lo creyera demasiado, le tengo aprecio, y no es justo que muerdan ahí los perros.
La hormiga grande va ya en su quinto viaje y el juego continúa. Esta vez salió Gargajo a descansar, fue hasta el patio a desahogarse fumando un cigarrillo, pasó por el despacho del teniente Contento para informarse de cómo iban las operaciones de campo, las grandes maniobras, y el teniente dijo que estaban haciendo una rebatiña general de huelguistas por el concejo, con todos los efectivos en acción, la cosa iría mejor si nos hubieran mandado más refuerzos, aunque contaba con reunir a otros tantos como los que había en la plaza de toros, Y ese Germano Vidigal, ha hablado ya, esto pregunta el teniente Contento, discreto, porque en fin, no es cosa suya y Gargajo no tenía ninguna obligación de responderle si no quería, pero respondió, Aún no, el tipo es duro, y el teniente, solícito y servicial, Habrá que usar los grandes medios. Este pequeño Torquemada de Montemor es un buen ayudante, da techo y protección, y a esto añade el consejo, y tras encender un pitillo, oye la respuesta de Gargajo, que la da de mala manera, Sabemos muy bien lo que hacemos, y salió dando un portazo, Vaya con el majadero éste, y es posible que por eso, por culpa de esta contrariedad, entró en el cuarto por donde andaban las hormigas y sacó del cajón un vergajo trabado de acero, arma mortal, pasó la correa por la muñeca para mayor seguridad, y cuando este hombre de padecer intentaba, aturdido, esquivar las arremetidas de Gargajillo, cayó el sibilante azote sobre los hombros, y luego espalda abajo, centímetro a centímetro, como si majase centeno verde, hasta los ríñones, ahí se demoró, ciego y con los ojos abiertos, que no hay peor ciego que éste, ritmando los golpes sobre el hombre caído ahora en el suelo, metódicamente, para no fatigarse en exceso, todo se paga menos la fatiga, pero poco a poco va perdiendo el dominio de sí mismo y todo él se transforma en una máquina de golpear presa de un delirio, en un autómata borracho, hasta el punto de que Gargajillo lo agarra del brazo, Espera, hombre, no exageres, que la va a palmar. Saben mucho de esto las hormigas, que están muy habituadas a ver a sus muertos y a hacer diagnósticos a la primera, a veces van en fila arrastrando una barba de espiga y tropiezan con una cosilla rugosa, abarquillada, casi indescifrable, pero no vacilan, mueven las antenas hacia un lado y hacia otro, embarazadas con la carga pero muy habladoras en su morse, Aquí hay una hormiga muerta, y luego se distraen mirando en otra dirección y cuando uno vuelve a aquel lugar ya el cadáver desapareció, las hormigas son así, no dejan a la vista a sus muertos caídos en el cumplimiento del deber, y por todo cuanto queda dicho la hormiga grande, que iba ya en su séptimo viaje y va ahora a pasar, levanta la cabeza y mira la gran nube que tiene ante los ojos, pero luego hace un esfuerzo, ajusta su mecanismo de visión y piensa, Qué pálido está este hombre, no parece el mismo, la cara hinchada, los labios partidos, y los ojos, pobrecillos los ojos, ni se ven entre las mataduras, tan diferentes de cuando llegó, pero lo conozco por el olor, que es el mejor sentido de las hormigas. Está en este pensamiento cuando de pronto escapa el rostro de su alcance porque los otros dos hombres tiran de éste y lo ponen de espaldas, le echan agua en la cara, un jarro lleno de agua que por casualidad viene fresca, sacada del hondo y negro pozo, con la bomba, no sabía esta agua para qué estaba guardada, venida de las entrañas de la tierra, viajante subterránea durante mucho tiempo, después de haber conocido otros lugares, los escalones pedregosos de una fuente, la aspereza luminosa de la arena, la blandura tibia del lodo, la calma pútrida del cenagal y el fuego del sol que lentamente la borró de la tierra, adonde fue que nadie la vio, y finalmente está en aquella nube que pasa, cuánto tiempo después, de repente cayó sobre la tierra, vino desamparada de lo alto, bella es la tierra que el agua ve, y si el agua puede elegir el lugar donde ha de caer, si pudiese, no habría tanta sed o tanta abundancia tiempo después, de repente cayó sobre la tierra, fue viajando, decantándose, agua pura, purísima, hasta encontrar la vena, el caudal secreto, el cauce perforado ahora por una bomba aspirante, pozo sereno y oscuro, y súbitamente un jarro, prendida en la trampa brillante el agua, ahora qué destino, matar una sed, o no, la derraman desde lo alto sobre un rostro, caída brusca pero amortiguada pronto en este fluir lento por los labios, por los ojos, por la nariz y la barbilla, por las mejillas chupadas, por la frente mojada de otra agua que es el sudor, y así conoce la máscara aún viva de este hombre. Pero el agua cae al suelo, lo ha salpicado todo alrededor, y las baldosas quedan rojas, sin contar las hormigas que han muerto ahogadas, se salvó la grande porque va en su octavo viaje y no se cansa.
Gargajo y Gargajillo levantan a Germano Santos Vidigal por las axilas, lo alzan a peso, no querría que se molestaran, y lo sientan en una silla. Gargajo tiene aún el látigo en la mano, pasada la correa por la muñeca, ya se le ha ido la furia de golpear así, pero da un grito, Cabrón, y escupe en la cara del hombre derrumbado en la silla como una chaqueta que alguien se quitó y está vacía. Abre los ojos Germano Santos Vidigal y, por increíble que parezca, lo que ve es la hilera de hormigas, quizá por ser más espesa en el lugar que los ojos ven al abrirse, al azar, no es extraño, la sangre humana es un manjar para las hormigas, y ellas, pensándolo bien, no viven de otra cosa, allí cayeron juntas tres gotas de sangre, padre Agamedes, y tres gotas de sangre forman un charco, un lago, un mar océano. Abrió los ojos, si esto es abrir, unas hendiduras estrechísimas por donde la luz apenas puede penetrar, y la que entra es excesiva, tan vivo el dolor en las pupilas, sentido sólo por ser dolor nuevo, cuchillo que viene a clavarse donde otros cien están clavados y en la carne se revuelven, y habiendo gemido balbuceó algunas palabras ante las que Gargajo y Gargajillo ansiosamente se inclinan, arrepentidos ya de tan gran castigo, a ver si ahora no es capaz de hablar, pero lo que Germano Santos Vidigal quiere, pobre hombre sujeto aún a las necesidades del cuerpo, es ir ahí dentro, a aliviar la vejiga que sabe Dios por qué ha dado ahora señal de urgencia, o allí mismo se derramará. No quieren Gargajo y Gargajillo ensuciar el suelo más de lo que se vio, y también con la esperanza de que al fin se haya quebrado la resistencia del obstinado y que de ello sea esta petición una primera señal, va uno a la puerta a ver si el corredor está libre, hace un gesto y vuelve adentro y entre los dos amparan a Germano Santos Vidigal en los cinco metros que lo separan de la letrina, lo sientan en los travesaños del urinario, y es el pobre quien tiene que desabrocharse con dedos torpes, buscando y extrayendo fuera de la bragueta el torturado instrumento, sin atreverse a tocar los hinchados testículos, el escroto desgarrado, y luego se concentra, llama a todos los músculos en su ayuda, les pide que primero se contraigan y luego de una sola vez se relajen para que los esfínteres se ablanden, alivien la terrible tensión, lo intenta una, dos, tres veces, y de pronto sale el chorro, de sangre, tal vez también de orina, quién va ahora a distinguirla en este único chorro rojo, como si se hubieran roto todas las venas del cuerpo y encontraran salida por este lado. Se retiene, pero el chorro no cesa. Es la vida que se le va por allí. Aún está saliendo cuando al fin se resguarda, logra contenerlo, sin fuerzas para abotonarse. Gargajo y Gargajillo lo llevan, arrastrando los pies, hacia el cuarto de las hormigas, y vuelven a sentarlo en la silla, y es Gargajillo quien pregunta, con voz llena de esperanza, Quieres hablar ahora, es una idea que tiene, si lo dejaron ir a la letrina, tiene que hablar, un gesto ha de pagarse con otro, pero Germano Santos Vidigal deja caer los brazos, la cabeza se inclina sobre el pecho, la luz se apaga dentro de su cerebro. La hormiga mayor desaparece bajo la puerta tras haber completado su décimo viaje.
Cuando vuelva del hormiguero, verá el cuarto lleno de hombres. Estarán allí Gargajo y Gargajillo, el teniente Contento, el sargento Armamento, el cabo Tacabo, dos números anónimos y tres presos elegidos a dedo para testimoniar que, habiéndose vuelto de espaldas los policías un minuto, no más, para tratar de asuntos urgentes, cuando volvieron vieron al preso ahorcado de un alambre, tal como ahora está, la punta enrollada en aquel clavo, el otro cabo con dos vueltas en el cuello de Germano Santos Vidigal, sí, se llama Germano Santos Vidigal, es importante para el certificado de defunción, hay que llamar al delegado de salud, y está de rodillas, como ven, sí, de rodillas, no es nada extraño, cuando alguien quiere ahorcarse, hasta en los barrotes de la cama, la cuestión es querer, alguien tiene dudas, Yo no, dice el teniente, y el sargento, y el cabo, y los dos números, y los tres presos, a quienes con esto les ha tocado la lotería y quizá los dejen hoy mismo en libertad. Hay gran indignación entre las hormigas, que habían asistido a todo, ahora unas, ahora otras, pero entretanto se juntan y juntan lo que vieron, tienen la verdad entera, hasta la hormiga mayor, que fue la última en verle el rostro, en primer plano, enorme, como un gigantesco paisaje, y es sabido que los paisajes mueren porque los matan, no porque se suiciden.