La perseverancia de un señalamiento. Otra vuelta más a la elección de abanderados.

…la ciudadanía consiste también en el derecho

que el hombre libre tiene de honrar cuanto

tenga por valioso y meritorio, y de hacerlo

como parte de la vida pública y en público. 

Higinio Marín, Filosofía breve de la vida. 

En La agonía de una civilización y otros escritos de Marsella Simone Weil dice que “la noción de valor está en el centro de la filosofía. Toda reflexión que versa sobre la noción de valor, sobre una jerarquía de valores, es filosófica; todo esfuerzo de pensamiento que atañe a un objeto distinto que el valor, es, si se lo examina de cerca, extraño a la filosofía. […] Por otra parte, el valor es exclusivamente objeto de reflexión; no puede ser objeto de experiencia…”. 

Para aquellos que gustamos de la filosofía, y aún más, que pretendemos hacer algo así como una filosofía de la educación, el centro de nuestros esfuerzos debe estar orientado por esta premisa. Toda reflexión que pretenda adquirir un cariz filosófico debe decir algo sobre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, sobre lo bello y lo feo. Y debe decirlo filosóficamente, es decir, esgrimiendo un cierto aparato argumentativo que permita acrecentar el número de vueltas que se le da a un asunto concreto y que permita extraer de la experiencia —que no puede por sí sola destilar el valor abstracto de la vida vivida—, los indicios para un cierto señalamiento de lo destacable.  

Hace poco leí Esta antorcha de democracia: la elección de abanderados como emblema de la meritocracia escolar1, publicado en el número anterior de Hormiga Roja, y supe que me encontraba ante un texto sobrio y bienpensante, que daba para filosofar, es decir para buscar y rebuscar allí cuál puede ser el valor o los valores a los que apunta y darle un par de vueltas complementarias.  

Su autora no sólo nos cuenta (o nos recuerda) los mecanismos mediante los cuales cada escuela pública uruguaya elige su grupo de abanderados, sino que reflexiona en torno a lo que le parece injusto de ese mecanismo: los valores que el estado decide ensalzar mediante el honor de portar la bandera. Propone una revisión de estos valores, una ampliación del rango de lo que se considera destacable y una rotación en los portadores para que de verdad se transforme en “un emblema compartido, recordándonos que lo que nos une como comunidad educativa está por encima de nuestras diferencias individuales.” 

Me gustaría mencionar aquí lo que la autora podría haber hecho y no hace, y lo que a mi gusto le da madurez y sutileza teórica al texto presentado:  

  1. Podría haber criticado sin más toda la simbología vinculada al estado uruguayo y su prevalencia en las escuelas públicas como una apelación a un sentimiento nacionalista en ciernes (que tanto daño ha hecho en otros países —o en nuestro propio país en el pasado reciente— cuando estos discursos se mezclan y disipan entre otros supremacistas o xenófobos). Junto a los abanderados se colocaría todo el aparato de  ritualización escolar que se sustenta en la idea de patria (las banderas en la puerta, los escudos, los himnos en los actos, y los propios actos cuando estos se celebran a raíz de efemérides históricas que tienen que ver con nuestra constitución en tanto que estado soberano).
  2. Podría haber optado por la erradicación del sistema de abanderados, haber declarado obsoletos los discursos con los que se entregan y recogen las banderas, y que la autora decide destacar en su epígrafe, y haber dicho que la práctica de seleccionar un grupo de niños para que representen la totalidad de la escuela, no deja de ser —por muy arreglados que estén los protocolos— una afrenta contra el igualitarismo que la escuela pública debe defender a capa y espada. 

El texto decide, sin embargo, mantener ambos puntos y no descartarlos a lo largo de toda la reflexión: no sólo aboga por el sostenimiento del aparato simbólico, y su pregunta es entonces si el símbolo es verdaderamente compartido por todos y no privativo de unos pocos, sino que también defiende el sostenimiento de un sistema (el de abanderados) que implica el reconocimiento transitorio de unos niños sobre otros, el destaque de un grupo selecto frente a la totalidad de la población escolar. 

Sobre este segundo punto me gustaría explayarme. La autora intuye muy bien que, siendo el sistema de abanderados el que es hoy en día, ese en el que prima el rendimiento escolar por encima de otros aspectos destacables que hacen a los valores de una vida humana en comunidad (la bonhomía, la capacidad de mediación en los conflictos, la participación activa en la vida escolar o la vida de la comunidad en la que la escuela está inserta), resulta ineludible que el sistema de abanderados se ha transformado en un emblema de la meritocracia social, profunda enemiga de lo que la escuela es y debería ser: un lugar en el que la igualdad se garantice como punto de partida y en el que las diferencias de lo social permanezcan por un tiempo suspendidas. Ideal que no por quimérico debe abandonar las pretensiones de lo escolar, mucho menos cuando estas vienen de un sistema público de educación que todavía se ilumina a la luz (cada vez más tenue) de una tradición ilustrada, y de una cierta tensión hacia la igualdad presente ya en los discursos varelianos de finales del siglo XIX.  

Lo cierto es que lo que el artículo no descarta es que haya un conjunto de alumnos que por un tiempo sean destacados por sus méritos, sean estos asociados al rendimiento escolar u otros valores que la escuela del momento considere relevantes. Y es esta perseverancia en el señalamiento de un valor lo que me gustaría defender porque es constitutivo de lo humano, y más aún, de la formación humana. Porque, como también dice Simone Weil “el espíritu es, esencialmente, siempre, de cualquier manera que esté dispuesto, tensión hacia un valor; [y] no puede considerar la noción misma de valor como incierta, sin considerar como incierta su propia existencia.” 

Recordemos que lo que los niños hacen en la escuela es formarse en tanto que individuos capaces de reconocer los límites de su vida interior y de relacionarse con una exterioridad que no siempre complace sin más sus rasgos de identidad, sino que por el contrario opone resistencias necesarias para que su espíritu se enaltezca; formarse en tanto que habitantes de un territorio común de sentidos, y formarse en tanto que futuros ciudadanos de una república que exigirá de ellos cierto compromiso con lo público, y cierta implicación en un destino de todos. Para que haya verdadera formación debe haber una salida de sí, y esa salida debe estar orientada por un valor que fuerce de alguna manera al yo, que lo tironee hacia fuera. Se va a la escuela no sólo para adquirir las competencias básicas de una vida que exige de nosotros ciertas habilidades que no todas las familias garantizan, se va a la escuela también porque (más allá de nuestra condición de nacimiento) siempre se puede ser mejor de lo que se es. No hay formación en el vacío, no hay formación sin esa idea orientadora que tiende hacia el mejoramiento de un estado anterior. Si la escuela, por miedo a romper el igualitarismo constitutivo no vuelve nada destacable, o deseable, no está cumpliendo con su función pedagógica esencial: mostrar no sólo cuáles son los saberes dignos de ser aprendidos sino los estados espirituales y morales que esos saberes no garantizan, pero sí ayudan a hacer aparecer. No hay verdadera educación (sí quizá entrenamiento, o adiestramiento) que no pase por una idea compartida de la perfectibilidad del espíritu humano, y de que ese carácter constitutivamente perfectible exige de todos un trabajo.

Lo que sucede con el grupo de abanderados es que ciertos valores (que la escuela ha decidido destacar) se encarnan en doce compañeros de clase, que se transforman ellos mismos en un símbolo, junto con el símbolo propio de la bandera que portan. Podemos criticar también la manera, y decir quizá que es vetusta, pasada de moda, obsoleta para la sensibilidad de los tiempos que corren, pero lo cierto es que los actos en donde desfilan los abanderados y se pronuncian discursos en las plazas públicas constituyen unas de las pocas ocasiones en que la escuela se muestra en tanto que institución y da una señal que se dirige no sólo a sus propios estudiantes, sino a la sociedad de la que forma parte. Como tal es mera performatividad de una serie de ideales que se encadenan unos con otros: la idea de nación, la idea de patria, la idea de igualdad, la idea de comunidad, la idea de ciudadanía o de civismo desfilan ante nuestros ojos y se hacen fuertes o se debilitan según la ritualidad sea encarnada con mayor o menor fervor. Lo que sucede es que necesitamos de esta performatividad para que algo así como Uruguay signifique algo para los que les ha tocado nacer en este confín del mundo, para que aprendan a confiar en nuestras instituciones,  para que puedan cuidarlas y —llegado el caso— defenderlas con lo mejor de sus inteligencias.    

El cuadro de abanderados no deja de ser también una institución que forma parte de esta performatividad de las ideas. Lo que pone en acto la selección de abanderados no es otra cosa que la ejemplaridad, una vieja premisa educativa según la cual el poder imitativo de lo humano hace que se pueda aprender observando las acciones y los comportamientos de otros. Lo que discute el artículo al que hago referencia es justamente el valor que se pone en medio de la máquina imitativa, y viene a decir que si lo que se erige como digno de ser imitado es la primacía del mérito individual y la competencia feroz por los lugares de reconocimiento, más nos vale volver a pensar como nación cuáles son las luces que queremos que nos iluminen.   

Y es que como tal, la designación de abanderados es pura forma que puede ser criticada, perfeccionada, e incluso cambiada totalmente, pero que una vez desaparecida colaboraría con el aplanamiento moral en la que se encuentran hoy nuestras instituciones. Y no solo eso, sino que cederíamos una vez más ante el nihilismo y ante la presión de un mundo de mercado que no escatima recursos ni claridad en los mensajes que les envía permanentemente a nuestros niños y a nuestros jóvenes.Y es cierto que puestos a deliberar en torno a cuáles deben ser los rasgos personales que den lugar a la ejemplaridad, nos preguntaremos nuevamente ¿desde qué lugar? ¿para sustentar qué privilegios? ¿no habrá ahí también un entramado de poder que no hemos visto? Pero como pertenecientes al mundo adulto nuestra acción en el mundo no se puede contentar con el derribo de las estatuas, con la cancelación de las canciones, y con el olvido forzoso de ciertos personajes; nuestra acción en el mundo debería también apuntar a ciertos valores, señalarlos y rendirle los honores necesarios, porque no todo da lo mismo cuando se trata de una vida juntos, porque está bien ser un compañero generoso, porque está bien dedicar tiempo personal a mejorar una escuela que es de todos, porque está bien comprometerse con los horrores de una guerra sucedida a miles de kilómetros de distancia y hacer algo al respecto. La escuela también está para enseñarnos eso: que hay cosas que están mal y que en la escuela tendremos tiempo para corregirlas, y que hay cosas que están bien y que en la escuela aprenderemos a reconocerlas y a mirarlas de frente para que toda su fuerza formativa se despliegue ante nosotros.

Notas

  1. https://hormigaroja.uy/2025/09/esta-antorcha-de-democracia-la-eleccion-de-abanderados-como-emblema-de-la-meritocracia-escolar/ ↩︎

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