Vivir un cambio de época no es agradable. En los últimos años fuimos testigos de un genocidio, guerras, todo tipo de desastres naturales, disrupciones tecnológicas, una pandemia y una creciente sensación de crispación y depresión masivas.
Para la izquierda, el siglo XXI viene siendo una montaña rusa entre la aparición de nuevas esperanzas y sus respectivas decepciones. Movimientos de masas, gobiernos de izquierda, olas de protestas, nuevas ideas, formas de vida y experimentos organizacionales fueron seguidos de momentos reaccionarios cada vez más intensos y violentos. A esta lista podrían agregarse las peripecias personales que de una u otra forma están ligadas a estos sucesos.
En medio de semejante revuelo, si mucha gente está cansada, no quiere pensar y no sabe en qué dirección actuar, esa es una reacción comprensible y esperable, que viene de la sensibilidad y la sana percepción de la realidad. No podemos subestimar lo pesado que es cargar con la experiencia de estos años. Mi generación ya está en edad de tener sueños rotos. Los experimentos de autoorganización, las críticas a las centroizquierdas, los intentos de crear nuevas formas de vida, la producción de teoría y los ciclos de protesta se multiplicaron sin parar. Es evidente, sin embargo, que la situación actual no se parece en nada al futuro que esas prácticas y pensamientos habían proyectado. Cuando se rompen los sueños, también se rompen las comunidades que los soñaron, y viceversa. Los errores, las peleas y las incapacidades nos condicionan y nos atormentan.
Y no es solo un problema de sueños. El mercado laboral está carnívoro, la vida está carísima, el mundo social está degradado, las posibilidades de construir una vida mínimamente estable están dañadas, las plataformas digitales nos aíslan, las instituciones que deberían promover el pensamiento lo inhiben, los movimientos sociales están en recesión, la política está trancada. Si la ansiedad no nos deja dormir, mucho menos nos deja soñar.
Los liberales insisten en que, no importa lo malas que se pongan las cosas, cada quien tiene que hacerse responsable de su situación. Naturalmente, este es un verso que niega la realidad más evidente sobre la determinación histórica y social de nuestra condición y nuestras posibilidades de acción. Sin embargo, tiene algo de verdad. Nadie va a hacer por nosotros lo que queremos que sea hecho. La vieja idea marxista de que los seres humanos hacemos la historia pero en condiciones que no elegimos implica un sujeto que se hace cargo de lo que hace con lo que le tocó. En la dialéctica entre la aceptación de la realidad y la voluntad de cambiarla se juega la posibilidad de proyectar cualquier acción.
Los verticalistas, mientras tanto, diagnostican una crisis social profunda y llaman a dejarse de boludeces, y aceptar que todo esto se trata de tradición, familia y propiedad, y que lo único a lo que se puede aspirar es a salvar algo de orden para dar sentido a la vida. Nuevamente, esto es un verso, pero que tiene algo de verdad. La crisis social es real. Y la necesidad de orden y sentido también. El problema es que el orden que ellos añoran es una visión deformada de realidades económicas y políticas que nunca fueron favorables a la mayoría y que, aunque quisiéramos, sencillamente no pueden volver. Si es ingenuo y autodestructivo atacar cualquier posibilidad de orden y sentido (y eso explica parte de nuestros fracasos), eso no quiere decir que haya que aceptar las opciones prefabricadas que ofrecen los reaccionarios. El problema, entonces, es cómo rechazar las formas opresivas de organización de la vida sin renunciar a construir una vida y una sociedad bien organizadas, capaces de ofrecer seguridad vital.
El problema es que, para poder dar estas discusiones, tenemos que saber lo que queremos. Es decir, tenemos que poder pasar de la negatividad a la positividad, de la crítica y la deconstrucción a la imaginación y la planificación. Sin excusas. La preferencia por las pequeñas escalas, el escepticismo sobre el universalismo, el desagrado por la burocracia y la tecnocracia, las ganas de desestabilizar todo concepto y todo hábito, aunque tienen sus razones, inhiben nuestra capacidad de discutir cómo queremos que sea el mundo, nuestros países, nuestras ciudades, nuestro trabajo, y cómo vamos a resolver (y no solo paliar) los grandes problemas. Saber qué queremos, entonces, no es desatar un deseo desbocado e irracional, sino algo muy distinto: desarrollar la capacidad de proyectar situaciones posibles y mejores, para poder explicarle a otros de qué se trata el sueño al que los queremos invitar. Capacidad que hemos perdido, y tenemos que recuperar, y entrenar.
Las derrotas, las frustraciones y las desilusiones podrían, bien procesadas, ser útiles. Lo normal es que las cosas salgan mal. Los trancazos y los fallos nos enseñan más que lo que sale fácil, si somos capaces de mirarlos directamente. La crudeza para mirar la realidad es una virtud de la madurez. Pero es una virtud que solo se puede aprovechar si no ahoga el sentido de posibilidad, que también es parte de una mirada realista: basta mirar la locura que es el mundo para entender que lo improbable sucede todo el tiempo, y que hay en el futuro no muy lejano grandes oportunidades para quien las sepa ver. No es cierto que las únicas opciones sean la pureza inmovilizadora y el pragmatismo cínico. Ambos son, al final, defensas para no aceptar plenamente la situación. Cuando desde un hombro nos habla un angelito y desde el otro un diablito, lo razonable es escuchar a ambos, pero no hacer caso a ninguno.
Hacer política es muy difícil. Exige una extraña mezcla entre desapego y cálculo, una enorme inteligencia social al mismo tiempo que capacidad para no dejarse llevar, momentos de intransigencia y otros de transacción. Esto sin empezar a hablar de las capacidades y conocimientos técnicos que requiere, ni de la entereza mental que se necesita para combatir la tendencia natural de los espacios politizados a la paranoia. Aún en los grupos más minúsculos, estas tensiones aparecen cada día. Más aún: como la violencia, el clientelismo, la demagogia, el engaño y el antiintelectualismo son eficaces en el corto plazo, vemos que los que toman estos atajos se van para arriba, mientras que a los que intentan otras cosas todo les es lento y difícil. Pero la ética no es meramente la postulación de una superioridad moral ni mucho menos el desprecio de la practicidad, sino una capacidad de crear una vida colectiva consistente y poderosa, racional y democrática, capaz de superar las formas degradadas de la vida social.
De todos modos, la realidad exige hacer alianzas, y formar parte de mundos, instituciones y organizaciones en las que hay de todo. Lo que hace necesarias dos cosas. Primero, saber diferenciar las tareas de corto plazo y las de largo plazo, sin confundirlas ni abandonar ninguna de las dos. Segundo, saber diferenciar entre la política de alianzas (que siempre son alianzas con otros distintos a nosotros) de la construcción de un núcleo político-intelectual capaz de señalar un futuro.
Muchos pensadores clásicos postularon a la libertad como una cuestión principalmente subjetiva, interior. Somos libres mientras podemos pensar libremente, y nadie nos lo puede quitar. Es una idea relativamente poco ambiciosa (aunque exigente en tiempos de pantallas, moralismo y cinismo) pero, aún en la situación más desesperanzada, es un lindo consuelo: tenemos la capacidad de, con paciencia, reconstruir nuestra imaginación, nuestro deseo, nuestras imágenes de un futuro posible. Si los sueños están rotos, hay que arreglarlos. Cuando alguien despierta del sonambulismo, piensa por sí mismo y proyecta un futuro, nunca falta quien lo acuse de mesiánico, de iluminado o de utópico. Esta acusación no es más que una forma de intentar intimidarnos para que nos desmarquemos de la tradición iluminista y los deseos de un mundo nuevo. La única respuesta posible a esta acusación es: a mucha honra.
Todo indica que las cosas van a empeorar antes de mejorar. Viene un mundo de más guerra, más degradación, más colonización mercantil, más trabajos horribles, más pobreza. Liberales y verticalistas solo tienen para ofrecer versiones de este futuro. Solo los que queremos otra cosa podemos construirla. Y solo lo podemos hacer entre las ruinas de lo que ellos están destruyendo, tomando lo que haya. Cosas para hacer no faltan. Feliz 2026.