Para llegar de Israel a Irán o viceversa, los misiles tienen que volar más de mil kilómetros. En las tierras que sobrevuelan los misiles, se escribió hace cuatro mil años una de las historias más viejas que conocemos. Gilgamesh era un poderoso rey que, cebado de poder, abusaba de sus súbditos y gobernaba sin ley. El pueblo pidió entonces a los dioses que algo le pusiera límites, y los dioses crearon a Enkidu, un salvaje que bajó de las montañas. Enkidu y Gilgamesh batallaron, y el salvaje venció. El rey ya no gobernaría de forma ilimitada. Ambos se hicieron amigos y, por ser tan poderosos, salieron de aventuras. Pero luego de varios triunfos, Enkidu murió. Gilgamesh quedó sumido en la angustia, y decidió ir más allá del confín del mundo para buscar una solución para la mortalidad. Logró, con inmenso esfuerzo, encontrar la flor que le daría la vida eterna. Pero en un momento de distracción, una serpiente se la comió. La serpiente, así, pudo seguir viviendo, dejando atrás su vieja piel. Los ciclos de la naturaleza siempre van a revivir, pero el rey debe morir. La historia tiene, sin embargo, un final feliz. Al volver a su ciudad, Gilgamesh vio los inmensos muros y entendió que él no viviría por siempre, pero la ciudad sí. El rey aprendió así tres lecciones. Primero entendió que no podía gobernar de cualquier manera, o se encontraría con el límite de las fuerzas salvajes, con las que es mejor trabar amistad. Luego entendió que no tenía poder sobre la muerte. Y finalmente entendió que la única inmortalidad a la que podía aspirar era la del futuro de la vida colectiva de la ciudad. La soberanía está, desde el principio, atravesada por la arbitrariedad del poder y la desesperación que trae el deseo de controlar a la muerte. No todos los gobernantes llegan a entender lo que Gilgamesh entendió hace cuatro milenios.
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La biblia hebrea (llamada “antiguo testamento” por quienes creen en el nuevo) es la historia de un pueblo que logra emanciparse de la esclavitud. Pero no sería un libro tan famoso si la historia fuera tan sencilla. Uno pensaría que la parte difícil es liberarse de la esclavitud y atravesar los cuarenta años en el desierto. Pero la llegada a la tierra prometida no es, ni remotamente, un final feliz. La Torá, primera de las tres partes de este viejo texto, termina con Moisés, el líder de la emancipación, impedido de entrar a la tierra prometida, haciendo una severa advertencia: los israelitas deberán elegir entre la vida y el bien; o la muerte y el mal. Y si eligieran esto último, no durarán mucho tiempo del otro lado del Jordán, y perecerán. En seguida vienen los libros de los profetas, en los que este problema aparece una y otra vez. Ezequiel, entre visiones lisérgicas, reprende la deslealtad de Israel. Amós recuerda que Israel debe comportarse de forma recta, y que no tiene más derecho a infringir la ley que las otras naciones. Miqueas denuncia a quienes se apropian de las tierras y las casas de otros y a quienes se enriquecen a costa de los pobres. Los profetas vaticinan la caída de Israel, pero ofrecen también una esperanza de redención. La biblia pasa luego por los salmos, los proverbios, la espantosa prueba de Yavé a Job y el erotismo campesino del Cantar de los Cantares y tantas otras historias y enseñanzas. Sus últimas frases son alabanzas a Ciro el Grande, emperador de Persia (es decir, Irán), agradeciéndole la liberación de los israelitas cautivos en Babilonia. La historia de Israel es la de un pueblo que lucha por seguir existiendo y cae, una y otra vez, en la idolatría y el pecado. Los profetas tenían la tarea de echar en cara al pueblo sus asesinatos y opresiones, y llamarlo a la redención. Uno se pregunta dónde están, últimamente, los profetas.
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A la muerte de Mahoma, comenzaron las disputas sobre quién sería el sucesor. En medio de estas luchas, Fátima, hija de Mahoma y Alí, su esposo, se negaron a subordinase a Abu Bakr. Los hechos que siguen son el origen de la división entre musulmanes suníes y chiítas. Según las fuentes chiítas, una turba de partidarios de Abu Bakr irrumpió en la casa de Fátima para capturar a Alí, hiriendo a Fátima que, como consecuencia de ello, primero perdió un embarazo y poco después murió. Furiosa, Fátima pidió ser enterrada en secreto, en protesta contra el maltrato de las autoridades. Los suníes cuentan la historia de otra manera: para ellos, Fátima murió de tristeza por la muerte de su padre. La interpretación de las lágrimas de Fátima es una cuestión teológica y política de la mayor importancia para los musulmanes. Ali Shariati fue un gran intelectual iraní del siglo XX, considerado uno de los inspiradores del ala izquierda de la revolución iraní de 1979. Publicó en 1971 un libro titulado “Fátima es Fátima”, en el que reflexiona sobre el lugar de la mujer en la sociedad islámica y la revolución anticolonial. Las lágrimas de Fátima, para Shariati, son la bronca de quien rechaza la opresión y mantiene la resistencia. Shariati muestra a Fátima como una mujer que pensó y luchó, ofreciendo una figura ejemplar de mujer políticamente comprometida. Discutía así contra los islamistas conservadores que querían encerrar a la mujer en la casa y también contra la liberación occidental, que bombardeaba a Irán con revistas llenas de imágenes de millonarias y supermodelos, sin hablar de las científicas y las militantes. Shariati se apoyaba en una veta igualitaria de la tradición chiíta para afirmar que la realización de la comunidad musulmana debía ser una sociedad sin clases, y que las sociedades islámicas debían movilizarse junto a los pueblos del mundo contra el imperialismo. Murió poco antes de la revolución iraní, y su tendencia fue derrotada por quienes proponían una teocracia conservadora. No sabemos qué de esta tradición vive en el Irán de hoy.
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La era del esplendor islámico terminó en 1258, cuando los mongoles saquearon Bagdad, que era entonces el centro político, económico y cultural del mundo. Si las grandes conquistas musulmanas habían creado una enorme área unificada en Eurasia, los mongoles harían lo propio una vez quebrado el imperio musulmán. El centro del sistema mongol, hacia fines del siglo XIII, era la corte de Kublai Khan en China. Tenemos un testimonio de la increíble opulencia y poder de aquella corte gracias a Marco Polo, un viajero veneciano que, al servicio del Gran Khan, recorrió Eurasia. Los relatos de los viajes de Marco Polo son extraordinarios por muchos motivos. Uno de ellos es constatar que en aquel tiempo resultaba obvio que las grandes ciudades de Asia eran más grandes, más prósperas y más cultas que las de Occidente. Marco Polo se maravilla con lo que hoy llamaríamos la modernidad del estado mongol: la velocidad de las comunicaciones, lo competente de la burocracia, el uso de papel moneda, las ayudas a los pobres, la tolerancia religiosa, la promoción del comercio. Era un mundo previo a la hegemonía occidental, pero ya globalizado a su manera. Leyendo a Marco Polo, casi que podemos ver al nacimiento del sujeto burgués: un ciudadano de una república que ve al mundo como un gran mercado, buscando productos, comparando precios y evaluando riesgos. Presta atención a cómo se construyen los barcos, dónde se crían y se venden los caballos, qué vinos son deliciosos y cuales repugnantes. Pero se interesa también por otras cuestiones: cuenta hechos históricos como la conquista de Bagdad o la vida del Buda, se divierte con historias de animales fantásticos y presta particular atención a las costumbres sexuales, especialmente allí donde no rige lo que hoy llamaríamos familia nuclear heteronormada. En sus viajes, registra minuciosamente las proporciones de cristianos, musulmanes, judíos e “idólatras” que encuentra en cada lugar. Su reconocimiento de la superioridad de Asia y su genuino interés por la otredad no impide su convencimiento de la verdad del cristianismo y el error de todos los demás. Debemos entender que Marco Polo no fue meramente un viajero, sino un hombre de estado del más alto nivel. Entre sus historias, Marco Polo deja ver un plan ambicioso: lograr una alianza entre los cristianos y los mongoles contra los musulmanes, que se sellaría con la conversión al cristianismo del Gran Khan (cosa que nunca sucedió). La gran estrategia que piensa en escala mundial ya estaba plenamente presente en el pensamiento político de aquel tiempo. Marco Polo visitó el Estrecho de Ormuz, nodo de la actual guerra de Irán, que ya entonces era un nodo central del comercio mundial. Allí vio una gran actividad de mercaderes de la India, que traían especias, perlas y telas de seda, mercancías que a su vez se distribuían desde allí por todo el mundo. Disfrutó del vino de dátil y los baños termales, y advirtió sobre la mala calidad de las embarcaciones. Le impresionó que, cuando soplaban los vientos desde el desierto, todos se sumergían en el agua bajo unos toldos de hojas para mitigar el calor. Al internarse por Persia y Asia Central, Marco Polo vio decenas de ciudades devastadas por la guerra.
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La idea de “Occidente” tiene una historia larga y sinuosa. Según el gran teórico político conservador Leo Strauss, puede resumirse a Atenas y Jerusalén: la democracia y la filosofía griega, y la religión judeo-cristiana. Pero las cosas son en realidad más entreveradas. Si la expansión hacia Occidente de los persas aparece en la biblia como la salvación de Israel, la llegada de esta misma expansión al Egeo una generación después es pensada como la defensa de Occidente contra el despotismo oriental. Unos siglos después, cuando la ruptura del Imperio Romano, Occidente quedó definido como las tierras que quedaron bajo control de Roma, lo que hoy llamamos “Europa Occidental”. Luego, con el gran cisma del siglo XI, quedaron en Occidente los católicos y en el Oriente los ortodoxos. Las cruzadas, ordenadas por el papa, salieron desde Occidente. Siglos después de la caída de Roma, el Imperio Romano seguía saludable en Oriente, con capital en Constantinopla, que al caer contra los turcos en el siglo XV pasó a ser capital del Imperio Otomano. Atenas y Jerusalén, supuestos orígenes de Occidente, quedaron en Oriente. Los turcos incluso adoptaron la luna y la estrella de los estandartes de Constantinopla, que luego pasaron a ser símbolos del Islam que, por cierto, se ve a sí mismo como una continuidad superadora del judaísmo y el cristianismo, y fue un eslabón fundamental para la supervivencia de los grandes textos de la filosofía griega hasta hoy. A partir del siglo XVI, los reinos de Europa Occidental se lanzaron a conquistar el mundo, impulsados por la misión religiosa y la expansión comercial, tarea que luego heredó Estados Unidos. El mundo se unificaría por medio de dos universalidades: la del mensaje cristiano y la de la equivalencia de las mercancías. Pero también surgió una tercera universalidad, inspirada en las viejas filosofías, la continuidad de tradiciones republicanas, las revueltas populares y las formas de organización igualitarias que los europeos vieron en América: la de la libertad y la igualdad entre los seres humanos. ¿Qué defienden los defensores actuales de Occidente? Uno se queda con la sensación de que le venden gato por liebre: dicen que defienden la libertad, la igualdad y la universalidad, cuando en realidad buscan imponer el dominio cada vez más arbitrario, mezquino y asesino del particularismo de una pequeña región del mundo.
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Si hace cien años a alguien le hubieran hablado de la civilización judeo-cristiana, no sabría de qué le están hablando. La expresión usual era “civilización occidental y cristiana”, sin el “judeo”. El judaísmo era una presencia incómoda en el Occidente cristiano: eran aquellos que, justamente, se habían negado a reconocer al Cristo, una infiltración oriental. Al filósofo argentino y judío León Rozitchner le irritaba especialmente la expresión “judeo-cristiano”, que para él nombraba la participación de los judíos en el imperialismo genocida de Occidente. Rozitchner es parte de un amplio movimiento que Enzo Traverso llamó modernidad judía, en la que podemos ubicar, por ejemplo, a Einstein, Freud y Marx. Desde Spinoza, muchos intelectuales judíos elaboraron críticas naturalistas a la teología y propusieron formas democráticas de organizar la sociedad, muchas veces en conflicto abierto con la comunidad judía, empezando por el propio Spinoza, excomulgado de la comunidad de Amsterdam. Hace siglos existe una diáspora de la diáspora, compuesta de personas que se relacionaron de formas complejas y heterodoxas con la tradición judía, al mismo tiempo que dinamizaban la vanguardia de las discusiones de la sociedad más amplia. Al no estar contenidos en la comunidad judía ni ser cristianos, eran portadores de una universalidad y por eso componían bien con la Ilustración y los movimientos revolucionarios. Esa fue la razón del odio nazi, que hablaba todo el tiempo de judeo-bolchevismo. Con el holocausto y el sionismo, esa tradición prácticamente desapareció: los judíos formarían ahora un estado-nación. Por algún tiempo, pareció que el socialismo judío y el sionismo podían convivir, teniendo quizás la vuelta a la tierra prometida un potencial utópico, que se expresaba en los kibutz. Pero esto no duró. Martin Buber, un judío religioso que reivindicaba al socialismo utópico, emigró a Palestina como parte de su militancia sionista, pero no defendía la idea de un estado-nación excluyente y exterminador, sino a una gran federación multiétnica en Oriente Medio. Muy tempranamente, empezó a criticar lo que llamaba “sionismo fascista”. Albert Einstein también entendió que si no se llegaba a un entendimiento con los árabes y se construía un estado laico binacional, la emigración a Palestina iba a terminar en desastre. Ciertamente no fue esta la posición que prevaleció. Es que, por mejores que fueran las intenciones o las posiciones ideológicas de los sionistas de izquierda, todos los sionismos compartían explícita o implícitamente dos supuestos que inevitablemente iban a llevar al movimiento a la derecha y la violencia: (a) el borramiento del pueblo palestino y su derecho a decidir sobre su tierra y (b) la idea de una continuidad entre el Israel bíblico y judíos modernos, que da a estos últimos derechos sobre Palestina. Las cosas llegaron al extremo de que hoy el judaísmo aparece como sinónimo de la extrema derecha y la defensa apasionada del genocidio. Que un pueblo que vivió en carne propia la persecución y fue, por siglos, símbolo de los oprimidos que buscaban la liberación llegue a este punto es una tragedia tan espantosa que evoca una sensación de horror cósmico. Walter Benjamin, uno de los grandes intelectuales judíos del siglo XX, se suicidó acorralado por la persecusión nazi. Mientras huía, escribió sus famosas tesis sobre la historia. Allí, Benjamin reflexiona sobre cómo el investigador debe rescatar el pasado de los opresores, que son herederos de los vencedores de todos los tiempos. Contra ellos, una tradición de los derrotados llama a cada generación a cumplir su parte del trato que la une a sus muertos, activando así un poder mesiánico que no es otra cosa que movimiento revolucionario que busca establecer una sociedad sin clases. Que esta tradición judía haya sido derrotada no significa, entonces, que no exista.
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Fueron judíos muchos de los científicos que trabajaron en las investigaciones teóricas y prácticas que hicieron posible la bomba atómica, entre ellos Einstein y Oppenheimer. Los motivaba la desesperación por la posibilidad de que los nazis tuvieran antes la bomba, pero una vez que la bomba fue usada por Estados Unidos, sintieron un profundo remordimiento y se sumaron al movimiento de científicos contra la guerra nuclear. La bomba atómica es, hasta hoy, el elemento definitorio de la guerra y, por lo tanto, de la política. Israel la tiene, y quiere impedir que Irán la tenga. Pero si algo demuestra esta guerra es que quien no tiene la bomba va a ser atacado por quienes sí la tienen. Si la humanidad no logra resolver este problema, todos van a querer y, eventualmente, obtener la bomba, la guerra nuclear se va a hacer inevitable y, con ella, el fin de la civilización humana. Los seres humanos hemos tenido una tendencia a desatar fuerzas que luego no podemos controlar. Como notó Marx, hacemos de cuenta que son las mercancías, las máquinas y los mercados los que hacen las cosas que nosotros hacemos. Este déficit de autoconciencia sobre procesos productivos e históricos cada vez más acelerados es la gran tragedia de la modernidad capitalista. Norbert Wiener, otro científico judío, fue el creador de la cibernética, una disciplina que sirve de paradigma a las grandes ciencias del presente: la informática y la ecología. En la introducción de “Cibernética, o control y comunicación en el animal y la máquina”, de 1948, Wiener cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó desarrollando tecnología militar para el gobierno estadounidense. Pensando en cómo lograr que los misiles le emboquen a los aviones en movimiento fue que se le ocurrieron las ideas fundamentales de la cibernética. Era el comienzo de la historia de los misiles inteligentes sobre los que leemos cada día, pero fue en realidad mucho más que eso. En ese mismo prólogo, Wiener explica que en la naciente ciencia cibernética está la posibilidad de que se produzcan máquinas que automaticen el trabajo mental humano del mismo modo que antes la máquina a vapor había automatizado el trabajo físico. Entendió que esto iba a implicar una gran desvalorización del trabajo humano, e intentó advertir, cuando todavía no era tarde, a las organizaciones de trabajadores, que no le prestaron atención. Weiner entendía que la única forma de que estas máquinas no fueran destructivas era si se lograba construir, con lucha y planificación, una sociedad que no se basara en el comprar y el vender, es decir, socialista. Ese no fue el rumbo que tomaron las cosas.
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Durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña y la Unión Soviética invadieron Irán, que hasta entonces era neutral, para asegurarse el suministro de petróleo. El rey de Irán se rindió y aceptó una alianza con los invasores. Aunque nunca había sido colonizado, desde hacía más de un siglo Irán venía lidiando con la expansión de las zonas de influencia de las grandes potencias europeas. En 1943, Churchill, Roosevelt y Stalin se reunieron en Teherán para organizar la guerra contra los nazis y, también, el mundo de postguerra. Allí acordaron apoyar a los partisanos yugoslavos y lanzar de forma coordinada dos ofensivas simultáneas: un desembarco anglo-estadounidense en Francia y una ofensiva soviética desde el Este. Además, en su declaración conjunta, agradecieron la colaboración de Irán y aseguraron el respeto a su soberanía e integridad territorial luego de la guerra. Las grandes potencias empezaban a diseñar el mundo de posguerra, y a conversar cómo repartirselo. En seguida de terminar la guerra, el mundo quedó dividido en dos bloques: el occidental, liderado por Estados Unidos y el oriental, por la Unión Soviética. Pero entre esas dos opciones apareció en seguida una tercera, la de quienes no querían subordinarse a ninguno de los dos. Mohammad Mossaddeq fue uno de los precursores del Movimiento de los No Alineados. Fue electo primer ministro de Irán en 1951. En su primer mes de gobierno, nacionalizó el petróleo que estaba en manos del capital británico. Por supuesto, la CIA no pudo soportar el desarrollo de un movimiento nacionalista y democrático en Irán, y organizó un golpe de estado para derrocarlo, instalando en su lugar una dictadura monárquica, encabezada por el Sha Mohammad Reza Pahleví, que gobernó hasta que fue derrocado por la revolución de 1979.
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En la declaración de la Conferencia de Teherán, igual que en las de los otros encuentros entre los líderes Aliados, éstos se nombran a sí mismos como “las Naciones Unidas”. No debemos olvidar que la ONU nació como una alianza militar contra el fascismo, y que todo su despliegue jurídico e institucional emana de una idea de los Derechos Humanos que se plantea explícitamente en combate contra el supremacismo y el desigualitarismo fascista. La ONU fue una expresión lavada de la vieja idea universalista de una federación mundial, propuesta por Kant en un texto elocuentemente titulado “La paz perpetua”, de 1795. Es cierto que el sistema de Naciones Unidas estuvo diseñado desde el principio para proteger los intereses de las grandes potencias. Pero también es cierto que por un período, entre los años 70 y 80, las instituciones de la ONU y especialmente su Asamblea General fueron el escenario del impulso, por parte de una alianza entre los países del Tercer Mundo y los tecnócratas y científicos socialdemócratas, socialistas y keynesianos, de una serie de discusiones sobre cómo reorganizar la economía mundial de una forma más justa y sostenible, bajo la consigna de un Nuevo Orden Económico Internacional. En los años 90, al ser derrotados en todo el mundo los movimientos socialistas y nacional-populares, el universalismo de la ONU quedó subordinado y corrompido por los otros dos universalismos: el viejo imperialismo que ahora aparecía como unipolarismo estadounidense y el viejo capitalismo que ahora aparecía como globalización neoliberal. Lo global era sinónimo de lo occidental. Hoy, todo eso está en cuestión, y si bien la crisis del neoliberalismo y la hipocresía occidental no es necesariamente una mala noticia, debemos entender que la disolución de las instituciones y la cultura que se establecieron luego de la derrota de los nazis nos devuelve a un mundo en el que los nazis son parte del paisaje. Redescubrir el universalismo y el internacionalismo en medio de la tormenta de los particularistas es una de las difíciles tareas del momento.
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Como en los tiempos de Marco Polo, el mundo ya no está bajo el dominio de Occidente. Si el dominio occidental significó que las rutas comerciales del Atlántico quitaron importancia a las del Océano Índico, Oriente Medio y Asia Central, el retorno de India y China como grandes potencias vuelve a dar centralidad a las viejas rutas. No por nada el gran proyecto de infraestructura y logística chino remite a la ruta de la seda. En las tierras y los mares que rodean Mesopotamia se vuelven a jugar las grandes disputas del mundo. Que algunas de las cosas que están pasando tengan historias muy viejas no quiere decir que convenga caer en narraciones trilladas. La idea de que los conflictos que vemos son cuestiones religiosas milenarias sin solución es tentadora. La de que hay una larga lucha entre el Occidente democrático y el Oriente despótico también. Pero son ideas más bien toscas que nos ayudan poco a entender nuestra situación, y también la historia larga. La situación del mundo en el que vivimos está empeorando rápidamente. Encontrar la forma de redimir y revivir a las tradiciones derrotadas es nuestra obligación en este instante de peligro.