Una época de guerras, crisis y ¿revoluciones?

Época de guerras, crisis y revoluciones

Desde que Lenin escribió “El imperialismo, fase superior del capitalismo” y auguró, junto con otros socialistas revolucionarios de su época, la apertura de una época histórica signada por las guerras y las revoluciones, han pasado 110 años, y se cuentan por decenas de millones las vidas que se han perdido en los campos de batalla de las guerras capitalistas. El fin del siglo XX y el aparente triunfo del capitalismo sobre el socialismo no cambió este panorama, y el siglo XXI ha sido un siglo donde se han repetido las guerras, las invasiones y los genocidios. La degradación social y la violencia se han vuelto realidad en innumerables rincones de todos los continentes.

Pero si el pronóstico de una época llena de guerras parece haberse cumplido al pie de la letra, ¿qué pasa con la idea de que la guerra viene de la mano de la revolución? ¿qué pasa con la idea de que las guerras mundiales y sus consecuencias para los pueblos serían el principal motor para la conciencia revolucionaria?.

La actual guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se conecta con los distintos frentes de guerra existentes en el mundo y con la alineación de grandes bloques cuyos intereses actúan en el fondo de estos conflictos de una forma u otra. Las dimensiones mundiales que está adquiriendo esta guerra nos llevan de nuevo a preguntarnos sobre cómo caracterizarla, y sobre las tareas que abre para los pueblos del mundo y para quienes no quieren quedarse mirando pasivamente como la humanidad destruye su futuro.

¿Ante qué tipo de guerra nos encontramos?

Digamos primeramente que nos encontramos ante una guerra de agresión imperialista. Una guerra fundamentada en una agresión que tuvo lugar en el 2026 o tal vez en el primer ataque a las instalaciones nucleares de Irán durante la guerra de los 12 días del año pasado, pero que hunde sus raíces en un complejo entramado de intereses imperialistas que tuvieron sus principales momentos de consolidación en el reparto de África y Asia (incluyendo Medio Oriente) mayoritariamente entre Francia e Inglaterra, en la implantación del sionismo en territorio palestino como forma de introducir una cuña occidental en la región,y luego en la entrada de Estados Unidos como actor protagonico a la región mediante la creación del petrodolar, y su consecuente actuación como policía regional inaugurada en la confrontación con el régimen islámico iraní surgido de la revolución de 1979, continuada en invasiones como la de Irak y Afganistan.

La afirmación de que esta es una guerra de agresión imperialista puede fundamentarse en una variedad de hechos. 

En primer lugar, que los dos ataques de EEUU e Israel tuvieron lugar en medio de mesas de negociación, contra un país en desventaja, relativamente aislado y sumergido en una crisis política y económica (por un potente bloqueo). Esto fue admitido por el propio jefe del Centro Nacional de Contraterrorismo de EEUU, que renunció recientemente a su cargo diciendo que Irán no suponía una amenaza inmediata. En cuanto al discurso de la amenaza nuclear inminente, si bien existe una alta probabilidad de que el programa nuclear iraní no fuese únicamente por motivos civiles, tampoco parece muy plausible la idea de que en el caso de obtener armas nucleares Irán buscaría al día siguiente borrar a Israel de la faz de la tierra, teniendo en cuenta que Israel  también posee armas nucleares y podría hacer lo mismo con Irán, y que su principal aliado es el país con mayor cantidad de armas nucleares del mundo y el único que las ha usado contra otro pueblo. Por otro lado, Irán no sería el único país islámico en tener armas nucleares ya que Pakistán también las posee.

En segundo lugar, un motivo de peso para esta agresión se encuentra posiblemente en la importancia de Irán en el contexto de los intereses geopolíticos de las potencias regionales y del propio Estados Unidos. Formando parte del esquema de alianzas de Rusia y China, tanto en el nivel económico como militar, Irán puede garantizar a estos una pieza clave en el puzzle de sus proyectos geopolíticos, principalmente el proyecto chino de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, reedición de la clásica ruta de la seda pero complejizada por las condiciones del capitalismo contemporáneo, con aspectos marítimos y digitales. Su posición geográfica coloca al país persa como puente entre China, el sudeste asiático y Asia meridional, por un lado, y Asia occidental por el otro. Su frontera con Turquía es muy importante en la conexión con Europa, y también su cercanía a Rusia en el corredor norte-sur que incluye a la India y a Pakistán. A nivel marítimo controla el estrecho de Ormuz, fundamental para las importaciones petroleras de China y Japón y el puerto Chabahar, que es fundamental para la ruta marítima que China integra en su iniciativa.

Si mediante la guerra Estados Unidos lograse colocar un régimen alejado de los intereses chinos, o algún tipo de maniobra para lograr este efecto de alejamiento, le daría un golpe importante a los planes de China de superarlos como potencia económica y geopolítica.

Estados Unidos e Israel son dos potencias imperialistas, militaristas y genocidas. Mientras tanto Irán bajo sus condiciones es de esperarse que trabaje principalmente en sus intereses defensivos, y su eje de aliados regionales es de “resistencia”, no de “conquista”, fundamentado principalmente en el carácter chiíta de sus aliados (salvo Hamás), en el medio de una mayoría sunita que difícilmente cambie de un día para el otro como se puede cambiar de un partido a otro en un período electoral. Estados Unidos ha sido el principal causante de guerras en la región hace más de tres décadas, siempre de la mano de Israel, en cuyo seno habitan proyectos expansionistas que van desde la anexión de Cisjordania, hasta el proyecto del Gran Israel, que existe, aunque todavía no consta que sea de consenso.

Una vez demostrado el carácter imperialista y de agresión de esta guerra, ¿por qué es importante políticamente? Porque a diferencia de una guerra entre dos potencias imperialistas por repartirse el mundo ofensivamente, en una guerra de agresión imperialista es  de orden ponerse del lado del pueblo agredido, independientemente del carácter de su régimen.

En un mundo en el cual las guerras imperialistas son una amenaza no solo para la paz, sino para la propia existencia humana, la derrota de los planes imperialistas son un hecho político progresivo, que EEUU e Israel tengan que retirarse de esta guerra sin cumplir sus objetivos fundamentales sería una victoria para todos los pueblos del mundo amenazados por el imperialismo, que verían que no es imposible pelear contra las agresiones de los imperios.

Y es que Irán está peleando un tipo de guerra muy compleja y de alto contenido político, que apuesta justamente a demostrar este hecho.

Irán está peleando principalmente una guerra de defensa, que tiene varias características de lo que en estrategia militar se llama guerra popular, término acuñado entre otros por el teórico de la estrategia Claude von Clausewitz, quien la define de la siguiente forma en su capítulo “Armar al pueblo” de su célebre libro “De la guerra”: 

“La guerra popular es un fenómeno del siglo XIX en la Europa cultivada. (...) Tiene sus partidarios y sus adversarios, estos últimos ya sea por razones políticas, porque la consideran un medio revolucionario, un estado de anarquía declarado legal, que es tan peligroso para el orden social interior como para el enemigo exterior, ya sea por razones militares, porque creen que el éxito no se corresponde con la fuerza empleada. (...) Las condiciones en las que sólo la guerra popular puede llegar a ser efectiva son las siguientes: 1. Que la guerra se libra dentro del país, 2. Que no se decidiría por una sola catástrofe; 3. Que el escenario de la guerra ocupe una extensión considerable de terreno; 4. Que el carácter del pueblo apoya la medida; 5. Que el terreno es muy recortado e inaccesible, bien por las montañas, bien por los bosques y pantanos, bien por la naturaleza del cultivo del suelo.”

Si bien Irán no ha llegado al punto de armar directamente al pueblo, por diversos motivos, la Guardia Revolucionaria Islámica es un cuerpo militar que lleva este tipo de guerra en su ADN y emplea elementos de la misma en su estrategia. Su génesis está en las guerrillas islámicas que combatieron en los años previos y en los de la revolución; guerrillas compuestas por chiítas reclutados del pueblo, y con una historia profunda de asociación con los movimientos de liberación de la región, ya que estas se formaron bajo la instrucción militar de la OLP en el Líbano, compartiendo esta formación con las guerrillas comunistas iraníes. El funcionamiento compartimentado que adoptaron tras el asesinato de sus principales jefes en esta guerra demuestra que las tácticas de la guerra de guerrillas están en su repertorio.

Por otro lado, es un cuerpo militar que luchó casi 10 años de guerra contra Irak, en una verdadera guerra masiva de trincheras al estilo de la primera guerra mundial, donde reclutó a cientos de miles de jóvenes movilizados bajo el espíritu de la defensa de la revolución y de la nación, acentuando este carácter de guerra popular. Esta experiencia está profundamente integrada en la inteligencia militar iraní.

El trasfondo religioso del conflicto le da además a la guerra de la GRI un carácter muy original, tal vez pocas veces visto en la época contemporánea que es el de una guerra religiosa, lo que combinado vendría a ser una guerra popular religiosa. 

La rama chiíta del islam es el aglutinador ideologico y moral de las distintas fuerzas que pelean contra la agresión imperialista, desde la Guardia Revolucionaria, hasta las milicias irakiies, los hutíes de Yemen, Hezbollah, y el pueblo de Bahrein que salió a atacar las embajadas norteamericanas con cocteles molotov, con  metodos de  rebelión popular. Esto puede verse también en las movilizaciones chiítas que han habido estos días en las calles de Irán en contra de la guerra y al grito de Allahu Akbar, caminando por las calles con bombas cayendo a unos pocos metros.

La prepotencia e ignorancia occidental parecen haber subestimado estos factores, no entendiendo la larga historia que tienen los chiítas de martirologio, sacrificio y resistencia, conceptos desarrollados durante siglos, incluso antes de que el propio Estados Unidos existiese. Si a este ethos chiíta le mezclamos el nacionalismo persa de miles de años de antigüedad nos encontramos con una mentalidad hecha para la guerra y la resistencia que sería  poco inteligente no tomar en serio.

Esta prepotencia occidental abarca incluso a sectores de la izquierda que en su ateísmo y su democratismo liberal no han sabido reconocer que mientras los chiítas fueron casi los únicos que se pusieron en pie de guerra contra el genocidio palestino, los occidentales solo fuimos mayoritariamente capaces de hacer marchas pacíficas y volvernos a nuestras casas.

Pero además de todos estos factores, la agresión imperialista subestimó también la capacidad de Irán de pelear una guerra de nuevo tipo a nivel tecnológico, el uso de drones  baratos pero super efectivos, el mayor arsenal de misiles del mundo, el cual al parecer ni siquiera ha empezado a utilizarse en sus versiones más modernas y destructivas, le han permitido a Irán hacer grandes daños y desarrollar su compleja estrategia de presión regional atacando a varios países y cerrando el estrecho de Ormuz, sin casi tener que movilizar tropas.

¿A dónde va entonces  esta guerra y qué consecuencias puede tener?

El análisis día a día de la guerra, el inicio del ataque y el comportamiento de los líderes, parecen dar la pauta de que esta fue una guerra para la cual Estados Unidos no se preparó. Ya sea por la presión del lobby israelí, o por cuestiones más profundas como una posible extorsión con la participación de Trump en el caso Epstein, todo parece indicar que Estados Unidos fue arrastrado a esta guerra y que existían numerosas advertencias de su propia inteligencia que iban en contra de llevarla adelante. Aunque tal vez haya elementos que no estemos pudiendo ver desde nuestro lugar.

Algunos analistas plantean que Israel fue consciente de este desenlace, y una posibilidad es que planee cargar a Estados Unidos y a sus posiciones militares en la región con los costos humanos, materiales y estratégicos de la guerra, para posteriormente ampliar su hegemonía en la zona y hacer depender a los estados de la región de su capacidad de defensa. Estará por verse.

Si uno analiza elementos básicos de la teoría estratégica militar, principios elementales que vienen desde la época de “El arte de la guerra” de Sun Tzu y se mantienen hasta hoy, Estados Unidos principalmente ha estado incumpliendo muchos de los fundamentos básicos para ganar una guerra. 

Atacó  una nación cuyo territorio está entre los más difíciles de invadir producto de sus fronteras montañosas y su población. 

Comenzó la guerra en un momento moral desventajoso entre los suyos, con el presidente implicado en acusaciones muy graves, con deslegitimidad  creciente, con protestas cada vez más grandes contra sus políticas, parecido a lo que puede decirse de Netanyahu en Israel, señalados en todo el mundo como genocidas y asesinos de inocentes. Si bien el régimen iraní transita por una situación muy díficil en cuanto a su relación con su pueblo, por la historia reciente de represión y deterioro de las condiciones de vida, el asesinato de Khamenei y los bombardeos a civiles posiblemente galvanizaron a sectores de la población chiíta y movilizaron el sentimiento nacionalista persa. 

Desarrolló la agresión sin tener claro quiénes iban a ser sus aliados, luego de una oleada de ataques comerciales arancelarios a países de todo el mundo a los que ahora les pide ayuda. Además la presión ejercida por Irán con el cierre del estrecho y con los ataques a los países de la región explotan esta debilidad.

Tampoco cumplió con el principio planteado por Sun Tzu de que la guerra no la pueden dirigir los políticos sino que tienen que dirigirla los militares. Y Estados Unidos está aparentemente siendo liderada en la guerra por políticos fanáticos que destacan además por su ignorancia supina. Aunque de nuevo, tal vez esto sea lo que veamos desde la superficie

Todo esto nos habla de una posible derrota del bando agresor en la guerra. Hablar de derrota en estas condiciones sería hablar de un retiro de Estados Unidos sin cumplir sus objetivos, sin un cambio de régimen, sin haber podido hacer una invasión por tierra, sin destruir realmente la capacidad misilística de Irán, sin poder abrir el estrecho de Ormuz producto de su pura fuerza, habiendo perdido gran parte de sus infraestructura militar en la región y con sus alianzas debilitadas al constatar los países de Medio Oriente que lo único que obtuvieron fueron consecuencias negativas y el descubrimiento de que el imperio no pudo protegerlos.

Si esto ocurriese es probable esperar una reacción en cadena comparable a la derrota norteamericana en Vietnam. Los planes imperialistas de Trump para todo el mundo entrarían en crisis, empezando por América Latina. Su imágen pública caería  posiblemente perdiendo las elecciones de medio término; sus aliados principales como Milei y los países del flamante Escudo de las Américas se verían golpeados en su legitimidad y el primero perdería un apoyo económico que fue el principal responsable en que todavía no haya colapsado su gobierno. Este escenario es claramente deseable y sería un impulso importantísimo para la lucha antiimperialista en el mundo.

Existe también la posibilidad de que Trump en su ceguera y obstinación decida tomarse sus planes contra América Latina con más empuje, yendo posiblemente a invadir Cuba y México, principalmente, pero también Canadá o Groenlandia. Lo que ha sido dicho explícitamente.

Para Israel esto sería también una gran derrota, su principal enemigo en la región, seguiría intacto, con su apoyo a Hamas, a Hezbollah y a los Hutíes. Esto es inaceptable para ellos.

Y además, es muy peligroso. Puede decirse que no vivimos en los tiempos de Sun Tzu, que Estados Unidos tiene muchísimos más F-35, F-22, B-2, misiles balísticos, submarinos y otro tipo de armas que las que realmente ha usado hasta el momento. Israel también. El tipo de guerra que los tres contendientes están desarrollando es ya una guerra de nuevo tipo, diferente incluso a la guerra de Ucrania. Ante la hipótesis de una necesidad de profundizar el escenario de guerra todos estos recursos pueden ponerse en juego. 

Esta aparente superioridad en reserva de recursos puede dar la pauta de que en realidad Estados Unidos no se está esforzando, lo cual sería una lectura equivocada. Tener que emplear el 100% de su capacidad militar entre dos potencias militares para derrotar a un solo país del tercer mundo es considerado ya una humillación para una potencia hegemónica, es un movimiento muy peligroso porque gasta  recursos disponibles y debilita la posibilidad de llevar adelante otras guerras hacia adelante. Y esto sería un escenario muy favorable para Rusia y China o incluso para el eje saudí-pakistaní-turco. Que Estados Unidos gaste casi todos sus recursos solo en el enfrentamiento contra Irán sin que sus verdaderos adversarios de fondo en esta guerra gasten una sola bala sería un debilitamiento serio del hegemón mundial.

Ante este panorama Estados Unidos e Israel tienen al parecer distintos caminos.

En los últimos días Trump ha comenzado la movilización de alrededor de 7000 tropas terrestres y paracaidistas, con el objetivo de tomar las islas Kharg, desde donde se exportan el 90% de los productos petroleros iraníes. Desde aquí le darían un duro golpe a la economía iraní, y a la vez tomarían una buena posición para seguir avanzando sobre el estrecho, en torno al cual pueden librarse los momentos decisivos de la guerra y de las posibles negociaciones de paz.

Otra opción es que si no pueden lograr sus objetivos militares, apuesten a una profundización  del terrorismo que ya están ejerciendo actualmente ambos países sobre Irán: bombardear con todo su poder cualquier tipo de infraestructura civil, cómo lo hicieron con la escuela de niñas de Minab, o infraestructura energética y tecnológica remanente y dejar Irán hecho escombros y con decenas de miles de muertos en un país inhabitable. Sería el castigo por no poder cumplir sus objetivos militares iniciales. A Irán le costaría muchos años recuperarse de una destrucción de este nivel y eso sería una victoria táctica para sus enemigos.

No hay que descartar que el desgaste de la guerra o alguna maniobra golpista interna o guerra civil logren el cambio de régimen varias veces anunciado por Estados Unidos e Israel, teniendo en cuenta la frágil situación política del gobierno.

La otra posibilidad sería apostar a una destrucción y rendición total, mediante el uso de armas nucleares. De ser así esto abriría una nueva etapa no solo en la guerra sino en la historia humana, y la muerte masiva del pueblo iraní representaría seguramente la apertura de una posterior normalización del uso de armas nucleares por todo aquel que las posea. 

Todo esto nos dice que más allá de una guerra coyuntural, esta guerra tiene unas dimensiones históricas que cualquier análisis tiene que considerar.

El lugar histórico de la guerra

¿Qué sentido tiene lanzar una predicción como la lanzada por Lenin en 1916 sobre la época histórica de guerras que sería el siglo XX? Cuando el revolucionario ruso desarrolló esa caracterización, no lo hizo aleatoriamente, sino reconociendo en la situación política mundial elementos que tenían tal arraigo en la estructura social que ya no podían considerarse una cuestión de coyuntura, y que podía por lo tanto esperarse su repetición posteriormente. Esta idea de repetición nos lleva a la idea de ciclo. Con la 1era Guerra Mundial imperialista  puede plantearse que el mundo entró en un ciclo de guerras, crisis y revoluciones, con sus momentos álgidos y sus momentos de reposo de las contradicciones, muchas veces de duración considerable, pero en el cual estos tres elementos de una forma u otra han vuelto a hacerse presentes.

Los elementos que componen el ciclo y empujan a la repetición son varios, pero pueden resumirse en los siguientes: concentración y centralización del capital a escala global, competencia imperialista de los Estados en defensa de sus capitales, el colonialismo y el imperialismo como salidas a las crisis del capitalismo, y las guerras imperialistas como estrategias burguesas para darle salida a la lucha de clases, con sus respectivos medios (nacionalismo, autoritarismo y fascismo).

En el primer caso, autores como Hilferding, Bujarin o el propio Lenin desarrollaron un análisis enfocado en su época de las tendencias ya reconocidas por Marx y Engels del capital a distintas formas de socialización. Desde el hecho de que una empresa abarque distintas ramas y etapas de un mismo proceso de producción (concentración) al hecho de que varias empresas de un mismo rubro o diversificados se junten y pasen a funcionar unificadamente (centralización) formando fenómenos como los cárteles, los trust o los holding. 

Mucha literatura ha sido escrita sobre este tema desde entonces, algunos marxistas como Juan Iñigo Carrera o Rolando Astarita han desarrollado críticas a planteos como el de Lenin de “fase monopolista del capitalismo” destacando el rol que sigue teniendo la libre competencia en la formación de precios y otros procesos del capital.

Por otro lado también se ha escrito mucho sobre fenómenos que parecería raro negar, como la mundialización del capital, el funcionamiento de muchos de los grandes capitales del mundo como sociedades de acciones, la expansión del capital financiero y su rol en las crisis, las nuevas formas de dependencia y las nuevas formas de las guerras imperialistas. Sobre esto han escrito autores como Francois Chesnais, David Harvey, Immanuel Wallerstein, John Smith, Marcelo Carcanholo, Samir Amin y muchos otros.

Independientemente de los debates abiertos por estos autores, algo parece innegable: el poder de los grandes capitales ha aumentado de forma impresionante. Las empresas tecnológicas tienen un grado de influencia sobre la vida cotidiana de las personas, sobre sus condiciones de trabajo, y sobre la política, que a inicios del siglo XX hubiese sido inimaginable. Lo mismo ocurre con las empresas armamentísticas, que en el caso de los drones y la Inteligencia Artificial pronto podría convertirlas en actores militares independientes. La interdependencia de las grandes empresas capitalistas de los países centrales y los grandes bancos, con el conjunto de la economía, el sistema político y la vida de las personas es tal que el colapso de una de estas puede implicar el colapso de todo el edificio capitalista. Esto quedó de manifiesto con la crisis del 2008.

De la misma forma que los grandes capitales de la época de la Gran Guerra al concentrarse pasaron a tener en sus esferas de influencia (y por lo tanto las de sus estados) los territorios de los cuales se obtenían el oro, el cobre, el caucho, el algodón, o el carbón, los actuales compiten por controlar el abastecimiento de silicio, tierras raras, petróleo, uranio, oro, cobalto, coltán, gas, litio, etc.

De la misma forma que grandes rutas comerciales como el Canal de Suez o los puertos de Marruecos fueron en aquel momento foco del conflicto, hoy lo son los puertos del Mar Negro en Ucrania, la Iniciativa de la Ruta y la Franja de China, en su versión maritima, digital y tecnológica, o la industria de los chips en Taiwán, el petroleo en Venezuela, o las tierras raras de Groenlandia.

La expansión de los mismos capitales por nuevas ramas y su consecuente expansión por el mundo les han dado un poder político enorme, capaz de empujar a sus respectivos estados a ir a una guerra en defensa de estos intereses.Pero a esta proyección mundial de los capitales le sigue la proyección mundial de los grandes estados y potencias. El debate sobre el multilateralismo muestra hasta qué punto el mundo aparentemente unipolar post-guerra fría ha dado lugar nuevamente a un mundo dividido en bloques e imperios. De un mundo intelectual pro hegemonía norteamericana y occidental, hemos pasado a uno de retorno de los ultranacionalismos, como son los planteos de Alexander Duguin o Steve Bannon, y de versiones progresistas liberales de multilateralismo. Este tránsito intelectual expresa  la realidad de los nuevos estados que se disputan el concierto global.

Si bien la lógica de los grandes bloques y de las masas continentales tiene cada vez más peso en la geopolítica, los verdaderos contendientes a nivel de capitalismos que puedan sustentar una expansión imperial constante, son Estados Unidos y China.

La Unión Europea ha fracasado en la posibilidad de darle un nuevo impulso al imperialismo europeo. Los capitales de países como Francia siguen teniendo una fuerte inserción en sus viejas colonias africanas, sin embargo procesos como el de la Confederación del Sahel (Burkina Faso, Malí, Níger) han dado un importante golpe a la dominación francesa,y han demostrado el carácter declinante del imperialismo francés y explicitado el protagonismo de la lucha antiimperialista en los procesos geopolíticos actuales. La formación de bloques no solo se realiza para garantizar la expansión de nuevos imperios, sino también para la resistencia contra los imperialismos y la garantía de la soberanía, lo cual abre nuevas perspectivas.

Por otro lado tenemos el caso de Rusia, que sin estar entre los principales  exportadores de capital del mundo, tiene sin embargo importantes ambiciones imperiales, nada nuevas, expresadas también en su búsqueda de puertos, en su control de las rutas energéticas hacia Europa, y en la necesidad de defender su gran territorio con  múltiples fronteras y  estar siempre preparada para la guerra. Esto ha abierto de una forma u otra el frente de guerra de Ucrania.

En el capitalismo actual, la deslocalización capitalista, los flujos cambiantes de plusvalor por todo el mundo, y el dominio de las empresas transnacionales y el capital financiero son un fenómeno expandido que no se concentra únicamente en dos países.

Sin embargo, nadie tiene el nivel de exportación de capitales que tienen Estados Unidos y China, ni un PBI de sus dimensiones. Esto no quita que otros países como India puedan convertirse en un contendiente más de esta disputa si siguen su camino de crecimiento económico.

Estados Unidos sigue siendo el imperio dominante, por ser todavía la economía más grande a nivel mundial, con el dólar  como  moneda referente en el mundo, y por la importancia del petróleo en el sostenimiento del valor del mismo, por su capacidad de hacer gravitar en torno suyo a aliados y neutrales mediante múltiples herramientas coercitivas, y finalmente, por su capacidad de ir a la guerra para sostener sus posiciones internacionales, demostrando lo despiadado que puede ser en ella, aún con las múltiples derrotas que ha tenido.

China ha sabido aprovechar las ventajas de ser un imperio competidor en crecimiento, compitiendo con un imperio declinante en múltiples aspectos. Ha logrado hacer gravitar en torno suyo a múltiples naciones del mundo a través,por ejemplo, del BRICS, sin necesidad de usar la fuerza. Se ha expandido silenciosamente sobre las bases de la impunidad de la propiedad privada, insertándose en las economías de todos los continentes, exportando empresas al resto de países asiáticos, a países africanos con los que casi ningún país occidental comerciaba, a nuestro propio país, e incluso a los de sus enemigos o  aliados de sus enemigos. China controla por ejemplo una parte importante del puerto de Haifa, en Israel, teniendo una terminal portuaria propia, de gran actividad,  bajo su total dominio. Tiene también una gran cantidad de inversiones en el propio Estados Unidos y propiedad sobre muchos bonos de deuda de su rival. Pese a esto, todavía no ha dado el paso de tomar Taiwán, aunque se prevé que de hacerlo, en el contexto actual, la apertura de este nuevo frente consolidaría  la idea de que estamos ante una nueva guerra mundial.

Esta nueva configuración de  bloques a nivel internacional nos habla  de la persistencia de los elementos que en el siglo pasado motivaron el desarrollo de dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos. Sea cual sea el matiz teórico con el que se mire el problema, el capitalismo sigue siendo imperialista, y los procesos actuales muestran que capitalismo e imperialismo siguen implicando una tendencia a la guerra mundial.

Sin embargo, vivir en una época de guerras interimperialistas generalizadas no tiene solamente estas consecuencias. Vivimos en una época de decadencia de la democracia. Para realizar sus intereses en el mundo los imperios capitalistas tienen que cercenar las libertades democráticas en sus países, imponer dictaduras o simplemente ausencia total de gobierno en las naciones dominadas, y finalmente, preparar un retorno gradual del fascismo.

En las prototípicas y “ejemplares” democracias liberales occidentales, llevar una bandera de Palestina es motivo de prisión. Protestar contra el genocidio y las guerras imperialistas también, como pudieron confirmar cientos de estudiantes estadounidenses que perdieron su calidad de estudiantes por participar en las protestas contra el genocidio. En Francia a las movilizaciones obreras pacíficas se les responde  sistemáticamente con la represión policial. España ha visto desde la emergencia del movimiento de los indignados la proliferación de formas extremas de represión, balas de goma, traumatismos oculares, y más. En Estados Unidos, la represión se ha exacerbado a grados extremos, y el ICE  y la experiencia golpista del movimiento MAGA muestran una deriva claramente fascista, dada la movilización violenta de una pequeña burguesía ultranacionalista y supremacista racial. 

En el tercer mundo latinoamericano, leal gratuitamente a occidente y sus principios, la situación es la misma. Los estados latinoamericanos se están volviendo estados policiales-militarizados a paso acelerado. Con la excusa del combate al narcotráfico (profundamente asociado además a los propios aparatos estatales y a los capitalistas) se ha llevado a los barrios obreros y populares del continente a la vigilancia máxima y la represión diaria contra sus habitantes, con focalización en las juventudes. Masacres como la de Río de Janeiro del año pasado muestran las consecuencias más extremas de estas realidades. La represión a los movimientos sociales se ha vuelto la norma en la mayoría de países, principalmente con gobiernos derechistas pero también en muchos casos con gobiernos progresistas, como en Uruguay, Argentina, Venezuela o Brasil. El terrorismo de estado desplegado en la represión a la revuelta chilena o en el golpe de estado en Bolivia han sido comparables a los de los peores años del siglo XX y expresan el punto al que hemos llegado. Con la agresión imperialista a Venezuela y la formación del Escudo de las Américas se augura que a este panorama se le sume el de nuevas intervenciones militares norteamericanas en los países de nuestro continente.

Guerra, autoritarismo y fascismo juntos de la mano.

Por si fuera poco, estas tendencias no son el producto de políticas aisladas y caóticas. La derecha viene preparando esta situación hace décadas desde espacios como la sociedad de Mont Pelerin y más recientemente la Fundación Atlas. Desde estos lugares se cocinan programas de avance contra las conquistas obreras, incluyendo las libertades democráticas del movimiento obrero, y una política virulenta hacia la izquierda buscando eliminar sus posibilidades de acción política. 

Además de estas redes de las derechas clásicas o las nuevas, merece un párrafo propio el movimiento que se ha ido gestando entre los grandes multimillonarios tecnológicos, los dueños de las empresas de la Inteligencia Artificial, el software y la robótica, el movimiento de la Ilustración Oscura. Bebiendo de múltiples fuentes como el aceleracionismo de derecha de Nick Land, el neonazismo, el ocultismo fascista del siglo pasado de autores como Julius Evola o la sociedad Thule,  han construido un verdadero proyecto para el futuro del mundo, que constituye tal vez el proyecto más peligroso y reaccionario de la actualidad. Consiste en acelerar los procesos tecnológicos del capitalismo más disolvente de lo que queda de humanidad, los derechos humanos, los derechos democráticos, la sociabilidad, lo público e incluso la propia relación con el cuerpo y la conciencia, para de esa forma dar paso a un mundo gobernado directamente por grandes corporaciones tecnológicas, con sus propias fuerzas armadas y sus propias formas de control territorial. Los nombres detrás de este proyecto son por ejemplo los CEOs de Palantir, empresa de tecnología de seguridad, Peter Thiel y Alex Karp. Sus sistemas de identificación de víctimas mediante IA organizan la masacre de civiles en Palestina y en Irán, ayudan a identificar manifestantes y eliminan personas directamente con sus drones. Sam Altman CEO de OpenAI, creadores de ChatGPT, participa también de este proyecto, y cualquiera sabe hoy en día el impacto de esta empresa en nuestras vidas cotidianas. Muchos de estos tecnofascistas son además, los financistas de la campaña de Trump, y los que colocaron a su lado a políticos como JD Vance, tal vez apostando a que este sea más adelante su hombre de confianza. Cualquier esfuerzo de lucha en contra de estas personas y empresas es hoy un favor a la humanidad y su futuro.

Al igual que en el siglo XX, las guerras imperialistas y el fascismo, no son una estrategia en el aire llevada adelante por los capitalistas, son además un intento de salida ante la lucha de clases. La movilización de las pasiones nacionalistas en torno a un enemigo común, sumado a la promesa de múltiples ganancias económicas en el caso de ganar la guerra, y la tentación autoritaria de alguien que nos ordene la vida constituyen hasta el día de hoy una forma muy efectiva de dividir a los trabajadores, quienes en su confusión o en su búsqueda más instintiva de la supervivencia entran en estas trampas y no siguen a muchos de sus compañeros que luchan en todo el mundo.

La guerra genera un estado de pánico y de ansiedad social generalizada que suspende en muchos casos las luchas en curso ya que ante la enorme incertidumbre que se abre con los escenarios bélicos es muy difícil planificar la lucha social.

A todos estos factores ya conocidos que vienen reeditandose cíclicamente desde el siglo pasado, se les suma el del cambio climático y la degradación ambiental. Estos le dan a la situación un carácter todavía más irreversible y catastrófico. No podemos descansar  en la repetición para pensar que tendremos más oportunidades. Esta es posiblemente la última. Ante cada nueva vuelta del ciclo la degradación es mayor.

El capitalismo es la profundización de la barbarie. Esta situación solo puede revertirse con un cambio radical de todos estos elementos estructurales anteriormente analizados. Solo una revolución social a nivel internacional puede cambiar la perspectiva. Y el fantasma de la revolución y el socialismo sigue  presente, en un régimen surgido de una revolución como la iraní siendo uno de los principales enemigos del imperialismo, en las raíces post-soviéticas de la guerra ruso-ucraniana, en la guerra contra Cuba y Venezuela, y en un país gobernado por un partido comunista siendo el principal adversario de Estados Unidos.

El futuro y la revolución

Antes de pensar en el largo plazo, es importante abordar la discusión sobre, como posicionarse ante la guerra de agresión contra Irán.

Creo que lo primero que hay que plantear, es que la postura de un socialista revolucionario ante las guerras de agresión imperialista debe ser de total oposición. Si existe algún tipo de matiz posible ante esta afirmación en el plano general, creo que en el de este caso concreto no hay mucha vuelta que darle.

Una victoria de Estados Unidos e Israel en Irán supondría un avance de los intereses imperialistas en la región. El avance de estos intereses supondría en primer lugar la balcanización de Irán, hundir al pueblo iraní en una miseria peor que la que está ahora (en parte, como resultados del bloqueo económico estadounidense que le impide vender su principal producto de exportación) producto de la destrucción de infraestructura, el caos y la desorganización de los resortes básicos que organizan su vida. Supondría también un refuerzo de EEUU como policía de Medio Oriente, y la posibilidad de nuevas intervenciones en otros pueblos sembrando la destrucción que ya se sembró en países como Irak y Afganistán. Por último, sería la desaparición del único aliado fuerte que ha demostrado tener el pueblo palestino en la región, y la posibilidad de que el genocidio en Gaza y la anexión total de Cisjordania sigan avanzando. Este es un escenario a evitar a toda costa.

Si esto parece tan claro y congruente con los principios históricos de la izquierda, ¿por qué no vemos ninguna declaración pública al respecto  de casi ninguna de las grandes organizaciones de izquierda en Uruguay?.

El motivo seguramente sea la incomodidad que genera defender a un pueblo cuyo gobierno es claramente teocrático, dictatorial y con rasgos fascistas. La República Islámica de Irán nació de una revolución con una fuerte participación obrera y socialista, dió lugar a la creación de instituciones democráticas, como un parlamento y un poder ejecutivo electos democráticamente y con poderes importantes, también un poder judicial independiente, inexistentes durante la monarquía del Shá, nacionalizó el petróleo y la mayor parte de la economía nacional, y redujo numerosas desigualdades a nivel socio-económico e incluso de derechos. 

Sin embargo a la misma vez que creó estas instituciones las colocó bajo el poder absoluto del Líder Supremo del clero chiíta, sistema conocido como Velayat-e Faqih, tutela del jurista islámico. El Líder Supremo es electo por el Consejo de Expertos, quienes son electos directamente por el pueblo, pero los candidatos previamente son controlados bajo un proceso de intenso control por la Guardia Revolucionaria Islámica, quien a la vez está bajo el control directo del Líder Supremo. Este poder ha actuado numerosas veces, anulado resoluciones del poder ejecutivo, ordenado la represión de manifestaciones de los movimientos sociales y la izquierda, ejecutando prisioneros políticos en masa y otros crímenes de lesa humanidad. La clase trabajadora iraní tiene libertad sindical casi nula bajo este régimen.

Sin embargo, es importante evaluar las contradicciones de este régimen político. Como dijimos nació de una revolución que luchó contra una dictadura monárquica ultra represiva, nació por lo tanto con anhelos de libertad. La deriva teocrática formó parte de la propia idiosincrasia de la mayoría chiíta que impulsó la revolución, posiblemente este pueblo no haya sospechado las consecuencias que podía llegar a tener esta decisión;  así como se creó la figura del Líder Supremo, se crearon también novedosas instituciones democráticas. Cabe destacar que paradójicamente la existencia de estas instituciones hace de la República Islámica de Irán uno de los regímenes más democráticos de Medio Oriente, si lo comparamos con países como Arabia Saudita, Qatar, o Emiratos Árabes. Incluso otros países de la región que comparten instituciones democráticas como Pakistán, Turquía, Líbano o Irak no pueden ser caracterizados como democracias puras por su fuerte influencia del poder militar e historia represiva. 

En este sentido creo que lejos de poner un foco prejuicioso en las bases teológicas del diseño institucional iraní, lo que le pasó a esta experiencia no es tan alejado de lo que le ocurrió a otras experiencias revolucionarias nacientes con grandes expectativas democráticas. Tales como las revoluciones francesa, rusa y cubana. Todas estas fueron experiencias donde planes iniciales de construir democracias novedosas se vieron frustradas por la guerra contrarrevolucionaria interna y externa, y por la aparición de liderazgos que aprovecharon la necesidad de centralización que estas situaciones imponen para consolidar dictaduras.

Pese a esta consolidación autoritaria, quiero destacar otro elemento que expresa la contradicción. En Irán existe un amplio movimiento reformista de la República Islámica que abarca desde sectores de izquierda (realmente los minoritarios) hasta sectores liberales capitalistas, y un importante movimiento reformista chiíta. Quiero destacar a este último. 

El islam posee numerosos conceptos que lo hacen una religión profundamente política, tales como umma (comunidad), iyma (consenso en la comunidad) y maslaha (interes público de la comunidad). Estos conceptos se ponen en juego a la hora de interpretar el Corán y la Sunna y han sido la base para que muchos teólogos islámicos afirmen la posibilidad de una forma de gobierno islámica democrática.

La rama chiíta del islam, por su parte, tiene una larga tradición de reconocer la razón y el intelecto como formas de separar entre el bien y el mal, la justicia y la injusticia, y tienen una larga conceptualización del martirologio, el sacrificio y la desconfianza hacia los gobiernos. Además tienen una amplia historia filosófica con autores como Nasir al-Din al-Tusi en el siglo XIII y Mulla Sadra durante el siglo XVII, entre otros. Ambos autores participan de esta tendencia a darle importancia a la razón tanto como a la revelación, y esta tradición chiíta ha motivado la construcción de teologías políticas hasta el día de hoy con importantes figuras en la historia iraní reciente. 

Uno de los principales nombres en este sentido es el de Ali Montazeri, quien en su momento fue considerado el segundo ayatollah más influyente, luego de Jomeini, quién por este mismo motivo pensaba  nombrarlo como sucesor. Sin embargo Montazeri comenzó a plantear críticas al autoritarismo del sistema Velayat-e Faqih. Su experiencia en la cárcel antes de la revolución compartiendo con los presos políticos comunistas había marcado su pensamiento y se volvió una de las primeras figuras en abrir las puertas a la crítica al régimen desde el propio chiísmo.

Otros ejemplo importantes son Abdolkarim Sorush, liberal y partidario de la separación total entre religión y estado, Mohsen Kadivar discípulo de Montazeri y crítico principalmente con el dominio de la figura del Líder Supremo, Mohammad Mojtahed Shabestari y Hasan Yousefi Eshkevari. 

Influyendo el pensamiento de muchos de estos teólogos está el referente del socialismo islámico, Ali Shariati, quien habiendo fallecido antes de la revolución, desarrolló una profunda teología de liberación islámica, crítica con el capitalismo, el imperialismo, el colonialismo y que dialogó con el pensamiento de Sartre, de Fanon, y otros. En la historia política reciente iraní hay muchas cosas que no son ajenas a nuestra tradición política.

Volvamos entonces a la pregunta, ¿por qué la izquierda uruguaya en su mayoría, salvo el PCU, la UP, y el PT, no han hecho declaraciones condenando la agresión imperialista a Irán? Las han hecho condenando las agresiones a Venezuela y Cuba aún cuando ambos regímenes también tienen sus propias características autoritarias. Tal vez por la cercanía latinoamericana y la lejanía del oeste asiático. Aún así creo que no deja de ser un error que muestra hasta qué punto no estamos logrando pensar los problemas de fondo de la guerra.

Posicionarse sobre la agresión imperialista a Irán es fundamental por las consecuencias regionales de las que ya hablamos, y por la fuerte probabilidad de preludio de tercera guerra mundial que tiene este proceso. La izquierda tiene elementos en su historia intelectual que le permiten teorizar esto.

Una entrevista a Trotsky realizada por Mateo Fossa en 1938 llamada “La lucha antiimperialista es la clave de la liberación”  arroja mucha luz sobre el tema. Allí Trotsky desarrolla el escenario hipotético de una agresión imperialista de Inglaterra sobre la Brasil semifascista de Getulio Vargas. Su postura era que los socialistas debían defender a Brasil frente a Inglaterra, aunque el gobierno de Brasil fuese semifascista e Inglaterra una democracia imperialista. Su argumento era que para poder gobernar Brasil acorde a sus intereses Inglaterra seguramente colocase en el poder a otro fascista, y así además de la dominación autoritaria se establecería una dominación imperialista directa. Si una agresión imperialista inglesa triunfase en Brasil, sentaría el precedente para el resto de América Latina y sería perjudicial para el conjunto de los trabajadores del continente. Por otro lado el régimen podría quedar desgastado de su lucha y si se vió obligado a recurrir a la guerra popular para defenderse las masas armadas podrían derrocarlo. Lo mismo defendió de cara a la invasión de Italia a Etiopia, aunque esta estuviese gobernada por el dictador Haile Selassie I, y en la defensa de la URSS gobernada por Stalin ante la invasión nazi, aún cuando Stalin ya había consumado innumerables masacres contra los trabajadores, campesinos y la izquierda. El nazismo se ensañaría con los trabajadores soviéticos más aún que el propio stalinismo y liquidaría las últimas conquistas que todavía quedaban de la revolución rusa. En el caso de Irán la situación parece clara: difícilmente sea viable la lucha por la democracia mientras las bombas yanquis e israelíes sigan cayendo sobre quienes deberían dar esta lucha, mientras haya lluvia ácida por el bombardeo a infraestructura petrolera, se destruya infraestructura civil, o EEUU e Israel acechen permanentemente la integridad nacional iraní.

En este sentido creo que tenemos que tomar una posición parecida a la planteada por Trotsky. Los pueblos del mundo deben actuar directamente y presionar a sus gobiernos para que tomen acciones contra las agresiones imperialistas de Israel y USA. El cese inmediato de las hostilidades es el paso más urgente, los civiles deben dejar de morir inmediatamente. Sin embargo, este reclamo se vuelve algo temporal si no viene acompañado de otras medidas: juicio a Donald Trump y Netanyahu y a su personal político involucrado en estas decisiones como criminales de guerra, por el bombardeo confirmado de la escuela de Minab, por el cargo de genocidio en Gaza, y el uso de armas químicas en el Libano y en Gaza. Ruptura internacional de relaciones con los países agresores hasta que reparen a los pueblos agredidos y se comprometan a condenar su comportamiento y a sus perpetradores. Por último, un nuevo arreglo geopolítico con garantías regionales y si es necesario de un ejercito internacional, como propuso Gustavo Petro en su momento ante el genocidio gazatí.

Pero problematizar únicamente cómo posicionarnos frente a la agresión imperialista a Irán nos dejaría en una visión de corto plazo. El conflicto puede terminar en estas semanas o puede durar meses, pero  es parte de un conflicto mayor que seguirá generando enfrentamientos y necesitamos  prepararnos políticamente para ese largo plazo.

En las posiciones socialistas clásicas sobre cómo enfrentar la 1era guerra mundial destacaron dos posturas; transformar la guerra mundial en guerra civil revolucionaria, defendida principalmente por Lenin, y la idea del derrotismo revolucionario defendida principalmente por Trotsky. La primera planteaba que la agitación socialista en los propios campos de batalla lleve a una rebelión de los obreros, convertidos en soldados, contra sus generales, y la confraternización en el campo de batalla para llevar la guerra a sus gobiernos capitalistas y derribarlos en un solo acto que dé inicio a una revolución continental. El planteo de Trotsky no ponía el foco en los frentes de batalla sino en los ámbitos locales y nacionales de cada país beligerante, donde desarrollar la lucha de clases agudizada por las condiciones de guerra (reclutamiento, impuestos para financiar la guerra, carestía, miseria) lleve a un levantamiento contra los gobiernos que al generarle una crisis a estos los obligue a salir de la guerra, generando una cadena de derrotas militares de los estados a causa de la irrupción de las masas, y posiblemente a una crisis revolucionaria.

Creo que el planteo que más se ajusta a la situación actual es el de el derrotismo revolucionario. La guerra ya no se pelea como en la 1era Guerra Mundial, mediante el reclutamiento masivo de obreros y mandándolos a morir en masa a los campos de batalla. Los obreros y campesinos de los países beligerantes en la Gran Guerra estaban fuertemente influenciados por el socialismo, en sus países existían fuertes partidos obreros y movimientos sindicales, eso tampoco se cumple hoy. Lo que sí se cumple es que en muchos de los países de la OTAN hay una condición social deteriorada desde la crisis del 2008 y una exasperación social en este sentido. Hay crisis políticas intensas y fuerte deslegitimación del sistema político. Estados Unidos viene de una importante lucha de masas contra el ICE, y todavía no son tan lejanos los años de los movimientos de indignados en Europa occidental. Con sus vaivenes, sus momentos de fuerza y de reflujo, hay una tradición considerable de movimientos antibélicos y la lucha más reciente como la lucha contra el genocidio gazatí movilizó a mucha gente en distintas partes del mundo, en muchos casos trayendo a nuevas generaciones a la militancia.

Todo esto ofrece una materia prima considerable para plantearse la producción de una estrategia de derrotismo revolucionario para los años venideros que haga que los gobiernos paguen el costo político de las guerras.

La crisis de la izquierda es mayor que durante la época de la 1era Guerra.  No podemos pensar en referentes internacionales traidores…porque simplemente no hay referentes. Esto habla de nuestra crisis pero también de una oportunidad de construir esta referencia. Una parte de la izquierda mundial condena y está movilizada contra las agresiones imperialistas, otra está escondida, los colaboradores directos son mínimos. La centroizquierda laborista inglesa, los demócratas en EEUU, la socialdemocracia alemana. Sin embargo a su izquierda surgen reagrupamientos críticos con su política y cada vez ganan más legitimidad. 

Es el momento de que las organizaciones nacionales, los reagrupamiemtos partidarios internacionales (Internacional Progresista, Internacional Antifascista, las distintas internacionales trotskistas, variadas y con filiales muy diversas), los reagrupamientos sindicales internacionales, los movimientos sociales de alcance internacional, coincidan en un frente único antiimperialista, contra las guerras  y por una transformación social radical. La idea de un frente único es poder actuar juntos en los aspectos de mínima que estamos de acuerdo. Hay elementos en los que se puede llegar a acuerdos sin gran problema: acción directa (movilizaciones, huelgas, sabotajes) contra las agresiones imperialistas, contra los países agresores y contra sus instituciones políticas y económicas en el resto del mundo. Sanciones internacionales a los países agresores y a sus criminales de guerra. Solidaridad contra la represión y lucha por la libertad de quienes tomen acciones contra la guerra y sean perseguidos. Control democrático de las políticas de guerra y de la industria bélica. 

Aunque en otros aspectos más complejos, como por ejemplo el programa y la estrategia con las cuales construir un nuevo orden social sin guerras ni imperialismo ni explotación, seguramente será más difícil formar acuerdos tan amplios, es importante que igualmente se formen alianzas de menor dimensión, aprovechando que el frente único más amplio permitirá nuevos contactos internacionales. 

Un movimiento de este tipo dinamizaría algunos de los factores que en su momento incidieron en que las estrategias socialistas revolucionarias contra la guerra no triunfasen del todo. Impulsaría la superación de la crisis de dirección garantizando el escenario para una búsqueda por parte de los trabajadores de una dirección revolucionaria, sin que esto tenga consecuencias extremadamente fragmentarias para la izquierda y sus organizaciones, y la diversidad de estrategias motivaría que cada una de estas abarquen a las fracciones de la clase trabajadora más tendientes a identificarse con cada una de las estrategias.

Por otro lado, necesitamos que este movimiento amplíe su potencia con una capacidad profunda de proposición y estrategia. En este sentido, los intelectuales orgánicos de la clase trabajadora a nivel internacional y sus organizaciones intelectuales, fundaciones, escuelas, medios de comunicación, usinas de ideas, deben avanzar también hacia la formación de redes internacionales de producción, educación y difusión política. Todos estos actores deben ser protagonistas de una verdadera ofensiva programática que saque a la izquierda de su estancamiento intelectual y haga más visibles y deseables las alternativas y los caminos para llegar a ellas.

La humanidad se encuentra en una transición histórica signada por la decadencia del imperialismo estadounidense, la mutación del capital y la crisis ecológica. La izquierda y la nueva forma que tome a nivel mundial si quiere ser protagonista de este proceso deberá elegir cómo posicionarse. Esperar pasivamente el reemplazo de un imperio por otro no es una salida. Que China y los BRICS logren reemplazar la hegemonía norteamericana no asegura que ninguno de los problemas que el capitalismo le genera a los pueblos se resuelvan, no asegura tampoco que una vez se genere esta nueva hegemonía no se reproduzcan los problemas de la anterior.

Si efectivamente se produce una nueva transición hegemónica y el proceso no se lleva por delante a la humanidad, los trabajadores del mundo deben aprovechar la incertidumbre y el caos que ninguno de los bloques pueda controlar para reforzar sus posiciones.

Me imagino así un mundo donde los dos grandes bloques y el que resulte ganador de la contienda, tengan un tercer polo como contrapeso: un polo antiimperialista y socialista constituido por los países de aquellas regiones del mundo que cansadas de ser botín imperialista se unificaron y lograron un nuevo arreglo geopolítico regional y un nuevo orden económico y social capaz de garantizar la soberanía, la cooperación y el desarrollo. Una Latinoamérica unida, una África unida y un Medio Oriente unido. Estos bloques continentales pueden cooperar entre ellos en una suerte de nueva Tricontinental. Así sería más difícil para un nuevo imperialismo aspirar a dominarlos.

Si la forma de esta unión será el federalismo, el confederalismo, la unión de repúblicas,  acuerdos de cooperación profundos u alguna otra forma innovadora tendrá que desarrollarse en la teoría y en la práctica, no podré agotarlo en este artículo. 

Pero estoy seguro que las naciones latinoamericanas sólo podrán garantizar su soberanía unidas, y que pueden generar una bella sinergia cultural. Estoy convencido de que los pueblos africanos se merecen librarse del saqueo histórico y realizar sus proyectos panafricanistas, y de que este proyecto ya está en marcha. Y estoy convencido de que el pueblo iraní podrá prescindir de su teocracia militarista cuando a su alrededor no tenga monarquías prooccidentales y un sionismo supremacista expansionista, sino a una unidad de pueblos hermanos y  una nueva forma de intercambio cultural y religioso que ha existido en la propia historia iraní y en la palestina. Una nueva primavera árabe con una mayor cohesión programática e independencia de clase puede ser el inicio de este movimiento. Existen experiencias en este sentido a menor escala por ejemplo la de los kurdos de Siria y el confederalismo democrático que pueden servir de inspiración.

Estoy convencido también, de que el socialismo, de la forma en que cada conjunto de pueblos lo interprete, es el único orden socio-económico que puede darle a estas sociedades las capacidades para organizar conscientemente los aspectos principales de su vida social. La paz, la cooperación regional y el desarrollo social no pueden realizarse mientras capitalistas imperialistas, capitalistas nacionales explotadores o cleros y ejércitos totalitarios controlen los resortes básicos de la sociedad. Cada pueblo decidirá cómo se expresará la socialización de los medios de producción, si con estatización, cooperativas, control democrático del mercado, o como sea. Pero creo que este es el camino.

Un mundo con China como nueva economía dominante, pero con estos nuevos tres bloques soberanos y socialistas, sería un mundo en el cual la mayor parte de la economía global estaría socializada. En ese contexto, independientemente de cómo se den los pasos posteriores podríamos decir por primera vez que nos encontramos ante una transición global hacia un mundo capaz de eliminar la guerra y la explotación.

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