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Un lugar a medias

Estaba en el Cerrito una noche cualquiera. No es el corazón de la ciudad pero tampoco está a las afueras. Es un lugar a medias, con sus historias pero que no termina de ser relevante. Acá se puede ver lo real. Apartamentos y casas bajas, algunas con  revoque suelto, otras con persianas que aún están rotas. Patios y calles donde los árboles crecieron sin permiso, empujando veredas, levantando el cemento. Edificios viejos que conservan otra época, con molduras en las fachadas y ventanas altísimas que dan a la calle. En los huecos, a veces, se ven pájaros cantar. 

La ciudad también se sostiene acá. En quienes trabajan. O en quienes quedaron afuera y aun así siguieron caminando por las mismas veredas rotas, entre olores de dudosa procedencia y los jazmines del vecino. 

Estaba tirado en la cama, en uno de esos momentos en los que se suspende la prisa. Entonces pasó algo por la ranura del ojo, eso que no ves pero ves. Un gato había entrado por la ventana. No dudó. No pidió permiso. Saltó como si la casa también fuera suya, con ese trote seco que tienen los gatos cuando ya hay confianza. Caminó sobre la mesa, olió la taza vacía, miró todo. Después se acomodó en una silla, enroscó la cola sobre las patas y se quedó quieto entrecerrando los ojos. Lo miré y algo en mí se enterneció. 

Y así ya no estaba sin hacer nada y mientras lo miraba me atravesó un pensamiento breve y un poco absurdo: en algún momento ese gato se iba a ir. Iba a saltar nuevamente por la ventana, desaparecer en la noche a seguir su rutina entre las casas en las que tiene confianza. Cuando eso pasara, algo en mi se iba mover, ya no iba ser el mismo el vacío de mi cuarto, me preguntaría cuándo volvería o qué sería de su vida luego de este instante, si tendría comida o techo. Ya veía lo que se iba a venir. Y ahora, con el gato todavía ahí, ya me duele por adelantado su ausencia. 

Ese dolor anticipado es lo que pasa cuando se quiere algo. Aunque sea un instante. Aunque sea un gato. Amar implica aceptar que el instante no dura, que después queda la silla vacía con las marcas de su ausencia. No como tragedia. Como consecuencia. Porque lo que nos importa pesa, y ese peso, cuando se va, deja una marca en el cuerpo. Como el silencio que dejan las obras en la cuadra y uno se queda extrañado esperando el ruido. No es una cosa y luego la otra. Es un lugar a medias.  

Tomar esa marca y, con lo que a uno le enseñaron, con lo que a uno le tocó, empezar a darle forma construye lo que importa. Para sí. Para otros. Uno empieza a elaborar qué es lo que desea. Y cuando uno sabe qué es lo que desea, la cosa ya no es la misma. Quien se niega a amar se niega a tener alguna idea de lo que quiere. Imaginar encuentros, ver cambios, recordar lugares, volver a ellos. Es una fuerza que te sacude las costillas y te empuja a dejar tu propio umbral. 

El gato todavía estaba en la silla. Lo miraba y pensé: esto que siento ahora, este enternecimiento ridículo, este dolor anticipado, esta constancia que me deja el amor es lo mismo que me mueve cuando salgo a la calle. Porque he conocido las profundidades de lo que me pasa. Y sé que del otro lado de General Flores no hay vacío. 

Y ahí, me cayó encima mi propia contradicción. Porque en teoría, soy un pesimista. Tengo facilidad para detectar lo que está mal en el mundo: la violencia, la crueldad absurda, la estupidez organizada, las formas en que la vida es dura para tantos. Si alguien me escucha hablar un rato, puede creer que soy un pesimista serio. Pero la verdad es otra: soy un pésimo pesimista. Un pesimista fallado. Porque me traicionan las cosas pequeñas. Aparece un gato y ya estoy enternecido. 

Afuera, en el árbol del patio vecino, unos pájaros se movían. Era apenas un árbol sofocado, con las raíces levantando las baldosas, peleando su lugar entre paredes. Pero en sus ramas se movía algo antiguo y obstinado que lograba sobrevivir. En la vereda, una vecina cerró el portón con llave. Un perro ladró a lo lejos. Después se hizo silencio otra vez. Los miré un rato. Me quedé más de la cuenta. Me quedé hasta que reconocí los pájaros que se movían, aunque no sepa cómo se llaman. Yo también soy esto: el gato en la silla, el pájaro a punto de irse, el árbol que insiste entre las paredes, y yo, mirándolos. 

Como cuando la luz del amanecer se mete por las persianas y por un segundo se ven las grietas en la pared, el borde de la mesa donde alguien dejó su copa, o las formas del horizonte en los edificios de la ciudad, resaltadas, visibles donde antes no destacaban. 

Después el gato se movió. Bostezó. Me miró con esa indiferencia absoluta que tienen los animales cuando ya te midieron. No se despidió. Desapareció en la noche como si nunca hubiera estado. Los pájaros se callaron. La vecina ya había entrado hace rato. Un ómnibus pasó a lo lejos con sus luces barriendo las calles y la ciudad siguió respirando. 

Ahora miraba la silla vacía. Y me acordé de todas las veces que la vida no fue como esperaba. De hecho, nunca fue como esperaba. Pero en ese desvío hay una promesa silenciosa que vuelve con las cosas pequeñas: un gato que entra, un árbol que crece, una luz que resalta lo cotidiano. Y así decido insistir. Insistir conmovido por lo que todavía aparece. Insistir cuando la bronca pesa y parece que nada cambia. Insistir en estar con otros. Insistir en la presencia. Insistir con la torpeza de quien aún quiere contar lo que vio y contagiar la conmoción. Insistir, para mí, es eso: no irme del todo, aunque se vayan. Porque sé que después de la silla vacía puede venir algo más. 

 

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