Es posible afirmar que la mayor parte de las personas amamos la vida, y buscamos defenderla. Vivir es lo que nos permite relacionarnos con otros y disfrutar, encontrar significado, compartir en comunidad. En general, etiquetamos como enfermos a los que rechazan su propia existencia y buscan acortarla voluntariamente, porque el consenso social es que la vida vale la pena. Sin embargo, la dicotomía absoluta entre vida o muerte impide ver los matices.
La vida no es solamente un hecho biológico, es ridículo reducirla a un mecánico intercambio de oxígeno por dióxido de carbono. Amarla profundamente y valorarla en sus múltiples aristas puede significar querer terminarla cuando se hace insoportable. Pensar que una persona que solicita ayuda para morir no valora la vida implica tratar a todas las experiencias humanas como homogéneas. Si por un momento nos detenemos a ver cómo el dolor, el sufrimiento, la pérdida de autonomía, la certeza de una decadencia implacable pueden afectar la forma en que una persona experimenta la existencia, surgen nuevas interrogantes sobre el significado del amor a la vida. La obsesión por la muerte “natural” en este contexto implica ignorar todas las otras dimensiones de la existencia y priorizar únicamente la biológica, entendida de la manera más burda, como si toda la historia de vida de la persona fuese solo un comentario al margen de su paso por este mundo.
Así como nadie negaría que una persona que busca todos los tratamientos posibles, que consulta con todos los profesionales, que lucha por estar presente hasta el último segundo, ama la vida, podría afirmarse lo mismo de quien afronta con valentía un final que sabe cierto, priorizando la calidad sobre la cantidad de vida. Una persona que permanece fiel a sus ideales y valores y en consecuencia busca una muerte alineada consigo mismo también es un amante de la vida. Terminar el camino con calma, acompañado, sin dolor, con todos los asuntos pendientes en orden, incluso cuando implique terminarlo un poco antes es mucho más una muestra de respeto a la vida que de desprecio o desinterés por ella. Aceptar y entregarse a la realidad que está delante nuestro puede ser el último refugio de autonomía. Es no fingir demencia: saber que uno se va a morir y morirse en los propios términos y no en los ajenos. Ni en los de la enfermedad, ni en los de los médicos.
Querer morirse también puede ser un acto de amor y de cuidado a los demás. Si tenés la certeza de que el futuro que te depara es horrible, que tus seres queridos te van a ver decaer y volverte decrépito, si no querés hacerlos testigos de tu dolor, ¿por qué sería moralmente reprochable querer evitarles esa experiencia? El sufrimiento puede ser un juego de espejos: el moribundo sufre su enfermedad, su familia sufre por verlo, y el moribundo vuelve a sufrir por el dolor de los que lo acompañan. Elegir un camino que corte de raíz esta dinámica cruel puede ser un gesto profundamente cargado de ternura.
Por otro lado, el infierno, también en el proceso de morir, son los otros. Casi nadie muere realmente solo, casi todos dejan a alguien atrás. Y los que quedamos podemos perder la noción de qué quiere decir el amor y el afecto en el contexto de una muerte inminente de un ser querido. Cuando una persona se está muriendo lo más amoroso que podemos hacer es dejarla irse en sus propios términos, respetarla como ser humano autónomo que no por moribundo deja de tener identidad, valores, preferencias propias. Acompañar a un moribundo es incómodo porque implica aceptarnos como personajes secundarios: el protagonista es el que se está muriendo, no nosotros. Es injusto porque también estamos atravesando el dolor, por momentos insoportable, de despedirnos de alguien que amamos, con el corazón partido al medio por la durísima tarea de entonar retiradas, pero no nos corresponde ser el centro de atención. No hay juegos olímpicos donde se compita por quién está sufriendo más, pero si los hubiese los ganaría quien literalmente se está muriendo y no quien que se queda. Hay que saber llevar esa medalla de plata.
La muerte nunca es evitable, como mucho es postergable y las prórrogas a veces pueden ser costosísimas o inexistentes. Uno de los regalos más grandes que podemos hacerle a alguien que se está muriendo es estar presentes y no huirle al dolor. Acompañar mientras hacemos un duelo puede parecer una tarea imposible, pero es una muestra del amor más puro, sobre todo cuando es la persona misma la que está decidiendo partir. Querer más a alguien no siempre es querer retenerla más tiempo en el mundo de los vivos, sino aceptar las decisiones que tome sobre su muerte. En otras palabras, obligar a otro a quedarse un segundo más porque aún no tenemos procesado el duelo, no es amor, es egoísmo e inmadurez.
Acompañar a alguien a morir es una tarea desdichada, que, salvando las distancias, puede parecerse a tener que quedarse en el país mientras el otro parte al exilio. No es fácil para el que se queda y habita la rutina y los lugares comunes arrastrando la ausencia y las preguntas sin responder. Es razonable tener sentimientos encontrados: alivio, culpa, rabia. Pero, nuevamente ¿sería razonable obligar a alguien a quedarse y sufrir, solo porque no toleramos el dolor de la pérdida? Lo opuesto es estar presente y compartir momentos: no solo tener todas las conversaciones pendientes, sino disfrutar aunque esté médicamente contraindicado. Formar recuerdos: ver un último atardecer, una última recopilación de goles del cuadro de sus amores, festejar por adelantado los cumpleaños que no llegarán, revelar todos los secretos familiares, entregarse a los excesos. Estar intencionalmente ahí, aunque te parta el alma al medio. Hacer lo posible para que nuestro ser querido muera rodeado de amor en lugar de dolor, hacer que la despedida esté a la altura del vínculo compartido.
Por último, al dolor del adiós también hay que darle un espacio porque es parte de amar a alguien: ¿qué es el duelo, sino el amor perseverando? decía Visión en WandaVision. Si seremos afortunados que amamos lo suficiente como para que la pérdida duela. En tiempos de tanta anestesia, qué dulce es sentir algo, y sobre todo si es un dolor proporcional a lo mucho que se amó. En momentos donde el valor parece ser la impasibilidad y la indiferencia, qué responsable que es llorar, angustiarse, quebrarse de tristeza.
Tal vez no haya una respuesta única a cómo amar en el contexto de la muerte, pero seguro el cariño se expresa tanto en sostener como en soltar, mucho más en respetar que en imponer, mucho más en estar presentes que en escondernos del dolor.