Me gusta creer que guardo el corazón de mi padre porque en mi casa conservo su biblioteca. Guardar corazones ha sido una práctica recurrente en las mujeres de mi familia paterna, por ello intentaré ordenar estas memorias para mantener esa tradición.
En navidad mi padre tuvo un accidente cerebrovascular que lo incapacitó para continuar viviendo solo. En el caos de reorganizar la familia mi tarea fue cuidar su biblioteca. Mudar el mueble, armar las cajas, recuperar las fotos, pensar en cuadros que tendría que colgar en mis paredes para que no se pierdan. Subir a mi casa la memoria de sesenta años, tal vez más, no tengo idea de qué fecha data el primer libro de la biblioteca. Limpiar, sacar el polvo, caratular y ordenar, ahora en mi nuevo espacio, conviviendo con plantas y decoraciones extrañas. Diferentes paisajes y retratos abstractos junto a cerámicas bizarras conseguidas en alguna feria montevideana. En este proceso encontré los libros de historia del Ecuador, particularmente los tres tomos titulados Ecuador: Historia de la República escrito por Alfredo Pareja Diezcanseco, en donde se menciona a mi bisabuelo, porque ¿cómo narrar la república sin mencionar al viejo?
Recuerdo haber usado estos libros en primero de liceo, aprendiendo sobre qué es la historia a partir de narrar a la propia familia. La dinámica implicaba pasar adelante para mostrar un objeto importante para la familia y contar de qué se trataba. Todos mis compañeritos tenían algo que se veía muchísimo más interesante que los libros con los que me había mandado mi padre: platos, trabajos en cuero, máquinas de escribir, fotos o juguetes. Recuerdo pasar al frente con el libro más pesado del mundo, abrirlo y mostrar a un señor que desconocía pero que era una versión de mi padre joven si se hubiese dejado un enorme bigote. Recuerdo a la profesora tratando de ayudarme con la enormidad del libro que tenía algunos papeles distribuidos para mostrar la historia del bisabuelo; la foto en el tren que él había ayudado a construir, él subido a un caballo con el bigote ya canoso, un óleo de perfil, una foto uniformado. Con la ansiedad de ser la atención del curso y con un objeto de mucho menor interés que los que mis compas habían llevado, el libro se me deslizó de los brazos. Los papeles se dispersaron, no supe volver a encontrar las páginas, no recordaba el nombre del pariente, no sabía lo que había hecho.
Ésta fue un poco la forma en que el relato fue transmitido en mi familia: algo importante y pesado, relacionado a los trenes del Ecuador y a nombres olvidados. Para poder ordenar los retazos de la memoria volví a la que ahora es mi biblioteca heredada.
Mi padre se apellida Blum Montero, nacido en Quito el 2 de febrero de 1948. Pensar mi historia es narrar la experiencia migrante, por lo que la memoria siempre va a estar nublada por la nostalgia de una tierra lejana.
Mi abuela América Montero siempre había deseado tener un hijo varón. Después de dos hijas y cuatro embarazos perdidos se encomendó a quien en el sur conocemos como Yemanjá para poder llevar a término su embarazo. Comprender que mi padre nació el 2 de febrero es creer en la mística de mi abuela. Tampoco la conocí, pero sus recuerdos son acompañados por fotos presentes. Quiero volver a pensar el sentido del nombre una vez que termine de ordenar estos retazos.
Mi bisabuelo se llamaba Pedro Jacinto Montero y era un caudillo ecuatoriano, seguidor de Eloy Alfaro. Alfaro llegó al poder mediante una revolución armada que triunfó el 5 de junio de 1895, conocida como la Revolución Liberal, luego de más de tres décadas de lucha contra el gobierno conservador.
La Revolución Liberal fue desde 1895 hasta 1911 y modernizó al Ecuador, se reglamentó el divorcio, se separó la iglesia del estado, se impulsó la educación laica, se escribió una nueva constitución y se construyeron algunas infraestructuras imprescindibles, como la ruta de tren desde Quito hasta Guayaquil. Todo bajo el liderazgo de Eloy Alfaro.
Recuperar las memorias de mi familia implicó consultar libros y académicos, porque ya no existe nadie que pueda contar este relato, porque mi padre apenas recuerda el nombre de mi bisabuela y mis hermanos tienen sus propias formas de atravesar este comienzo de luto donde no están disponibles para acompañar mi búsqueda de archivos. Porque por más que mi padre no murió ya no puedo reconfortarme en sus respuestas como antes.
Encontré recopilaciones de los escritos de Eloy Alfaro que describen al abuelo como «rústico, valiente y bondadoso», pero ningún escrito de él. Me gusta completar los agujeros de la historia pensando en que no se destacaba por ser un caudillo brillante y que su fortaleza era su corporalidad. Todas las palabras que leí eran de su comandante, veinte años mayor. Me gusta pensar que el bisabuelo era pasión, todo lo que hacía lo hacía por la causa de su gente, por aquellos en los que confiaba y no pensaba en las estrategias posibles o en si lo iban a traicionar. Un hombre de acción más que de grandes discursos, que conmovía con su terquedad. Leer sus acciones hace que me sea imposible no ver a mi padre y las eternas disputas que he tenido a partir de esta misma terquedad, me hace pensar en mí misma y en mi pasionalidad para todo lo que admiro, que muchas veces termina siendo leída como intensidad. No tiendo a suscribir al determinismo biologicista pero ante el abismo del presente, me gusta pensar que en mis venas corre la misma sangre que en las del Tigre del Bulubulu. El apodo refiere a un río que se encuentra cerca de donde nació el bisabuelo, el río Bulubulu, que atraviesa la zona rural del cantón Yaguachi, en la provincia del Guayas.
El 5 de junio de 1895, el pueblo de Guayaquil, junto a los militares liberales, se levantó en armas, tomó los cuarteles y desconoció al gobierno del momento. En este levantamiento el bisabuelo tuvo un rol protagónico como uno de los combatientes que ayudaron a tomar Guayaquil y consolidar el triunfo de la causa alfarista. Era él quien aseguraba los espacios para que Alfaro pudiera encantar.
Luego de un primer mandato con grandes avances y con intenciones de continuar la revolución, Alfaro impulsó la candidatura de Leónidas Plaza Gutiérrez, que al ganar las elecciones se mostró más moderado y permisivo con los conservadores que los radicales alfaristas. De esa forma, Alfaro y sus aliados (incluido el Tigre) se convirtieron en principales opositores del gobierno que habían ayudado a instalar, criticando a Plaza por lo que consideraba una traición a los ideales más profundos de la revolución, y planificando una nueva toma de poder armada.
¿Por qué me pongo a hablar de un presidente ecuatoriano en un número que trata del amor? Porque este era el hombre que inspiraba al abuelo. La vida de mi familia se vió atravesada por el profundo amor que se le profesaba a Eloy Alfaro, sus discursos, sus ideas, su lealtad. El amor a mi padre es el amor a los políticos que construyeron la patria (ecuatoriana), el amor a una patria que me es ajena pero que no puedo negar al ver en mi cara los rasgos de mi bisabuelo. Montubio1, asesinado, entre otras cosas, por ser racializado en esta revuelta.
En 1911, derrotado y con setenta años, Alfaro se radicó en Panamá. Es en este contexto que el abuelo vio una oportunidad con la muerte del presidente de turno y el rumor de posibles levantamientos en toda la región, y el 28 de diciembre de 1911 se proclamó jefe supremo de Guayaquil. Esto significa que hizo un golpe de estado regional para ganar poder. Se dice que sus intenciones eran cuidar la memoria del viejo, que creía que la desestabilización del gobierno era campo fértil para volver con la revolución. Los libros dicen que «creyó salvar a su jefe de un fracaso mayor y porque de él había recibido recomendaciones de que era menester mantener la legalidad.» Me gusta creer que el abuelo hizo lo que mejor sabía hacer para poder defender la derrota de su maestro: utilizar la fuerza bruta y negociar desde ese lugar.
El abuelo se apuró, Alfaro volvió para tratar de calmar las aguas, prometiendo una conferencia por la paz, pero ya era tarde. El pueblo veía en los moderados la mejor opción posible ante tanta sangre y sufrimiento de muchos años, por lo que ya no tenía el apoyo que tenían en la primera toma de Guayaquil. Es de esta forma que los apresan, a Alfaro y Montero, acusándolos de traidores. El abuelo deseó la muerte antes de reconocerse como traidor, por eso me incomoda escribirlo así.
En el contexto de la historia que me habita la piedad no existe. Los errores pasionales del abuelo lo llevaron a tener a todo el pueblo en su contra, a ser caratulado de traidor y a pagar las consecuencias por ello. Al abuelo no solo lo asesinaron sino que hicieron una espectacularidad ejemplificante con su ejecución. Lo poco que se habló en mi familia sobre este tema era que había sido desmembrado. En mi imaginario al abuelo lo habían atado de cada una de sus extremidades a un caballo, como a Tupac Amarú, pero fue todo mucho más cruel que eso.
Dicen algunos letrados que la rendición de Montero fue porque Alfaro se lo pedía, pero también para evitar que se siga derramando sangre. Él podría haber sostenido la resistencia en Guayaquil con el apoyo armamentístico que tenía. También dicen que quienes estuvieron presentes en el juzgado no eran solamente los libertarios de la facción moderada, tan enemiga del abuelo, sino que los conservadores también estaban aprovechando las trifulcas para ampliar la brecha y tener margen de acción. Sigo creyendo que leí a letrados que admiraban al abuelo, porque sino las acciones tomadas se pueden leer como un pueblo enardecido contra la injusticia de un enamorado del poder.
Quiero traer un fragmento de uno de los libros donde se pueden leer las palabras del abuelo, algo no tan común. Se trata del momento en que lo enjuiciaron. Los libros que consulté hablan de lo que voy a comentar como uno de los momentos más vergonzosos de la historia ecuatoriana recordado como la hoguera bárbara:
«El juzgamiento militar comienza a las seis y cuarto de la tarde del 25 de enero. El Tribunal se constituye con todas las formalidades del caso, y Montero se presenta ante él: viste saco plomo gris, chaleco de fantasía color perla, pantalón negro, zapatos del mismo color y trae en la cabeza un sombrero manabita que lo toma en las manos al sentarse en la silla frente a sus jueces. Se le pregunta por su edad, lugar de nacimiento, religión y el motivo por el cual cometió el delito de proclamarse jefe supremo, violando la Constitución que estaba obligado a defender. Contesta que tiene 50 años, que ha nacido en Yaguachi, que carece de religión y que se ha proclamado jefe supremo, sino que le proclamaron. Gritos de furia resuenan en la multitud: ‹¡No seas cínico, nadie te proclamó, tú te proclamaste!›. [...] Se hizo apurar hasta las heces el dolor al desgraciado Montero, con burlas y sátiras infames, maltratándole de obra y llegando al extremo de que varios individuos le tirasen del pelo, le empujaran hacia adelante y llevaron a cabo cuánta desvergüenza se les ocurría; y toda esa burla hazaña desplegada contra un enemigo inerme prisionero y en el banquillo de los reos, era tolerada por Plaza que se presentaba de cuando en cuando a gozarse de la agonía de la víctima y alentar así la avilantez y el atrevimiento del populacho compuesto en su mayor parte de soldados [...] disfrazados de paisanos.» (pp. 224)
En ese juzgado se determina que el abuelo iba a cumplir dieciséis años de cárcel y ser degradado militarmente porque en la nueva constitución impulsada por Alfaro la pena de muerte se había erradicado. La turba enfurecida protestaba contra el fallo, el pueblo pedía su ejecución. Los relatos dicen que en las calles las tropas fueron repartiendo armas a los exaltados. «De la cárcel ha salido, de la muerte no» era el grito que se escuchaba en el tumulto mientras ocupaban todos los espacios posibles.
El abuelo se asusta, dicen que nunca lo habían visto tan pálido y que en ese momento gritó «Yo no soy un traidor, si quieren mi vida, se las daré mañana. Quiero despedirme de mi familia». Pero el suboficial Alipio Sotomayor se levantó gritando «¡Mañana no, ahora mismo!» mientras le disparaba en la frente para luego abalanzarse sobre el abuelo y rematarlo a culatazos.
Como el cadáver del traidor no podía deshonrar los salones de la Gobernación, donde estaba produciéndose el juicio, lo levantaron del suelo, pasándolo por encima de cientos de manos y arrojándolo por una ventana a la calle Clemente Ballén. Se dice que en el fondo se escuchaba el toque de diana de una banda militar mientras se lo arrastraba por la calle Aguirre hasta la plaza Rocafuerte, donde 15 años antes Montero celebraba la victoria de la toma de la ciudad que había colocado a Alfaro en el poder.
Se dice que en la plaza Rocafuerte descuartizaron al abuelo. Primero la cabeza, los testículos y luego le abrieron el pecho para arrancarle el corazón y para posteriormente exponerlos como trofeos en la Iglesia de San Francisco. Se repartieron, en el juego bestial, brazos y piernas, pedazos de las ropas, hasta que en una hoguera al costado de la Iglesia aquello que quedaba fue reducido a cenizas.
Se dice que Plaza, explicando por qué no había intervenido, dijo «Había que sacrificar al negro, no era posible salvar de otro modo la vida de Alfaro.» Eloy Alfaro también fue ejecutado en una hoguera bárbara, ya no recuerdo en dónde ni cuándo.
La familia de la que Montero pedía despedirse eran sus hermanas y mi bisabuela embarazada. Iban a ser mellizas pero tal vez por el estrés de atestiguar la carnicería de su marido, solo una de ellas nació. La hija perdida se iba a llamar Pedra, en honor al abuelo. La niña que fue mi abuela se llamó América. Si el abuelo estaba dispuesto a morir por la secularización nunca iba a permitir que su descendencia tuviera nombres eclesiásticos. Me gusta completar la memoria fantaseando con mi abuela como una esperanza para la revolución en el continente, para luchar por la tierra amada.
Se dice que hubo fiesta y risas hasta entrada la madrugada y que, al finalizar, la cabeza y el corazón del abuelo fueron llevados al cuartel. Los libros mencionan brevemente a la bisabuela: «Conmueve recordar el telegrama de la esposa de Montero reclamando el corazón y la cabeza de su esposo que los soldados guardaban como trofeos». La bisabuela es mencionada dos veces más en el libro.
A la bisabuela le entregaron el corazón y la cabeza del bisabuelo. Ella y sus cuñadas enterraron los restos y existe una placa de mármol en el Museo Municipal de la ciudad de Guayaquil que dice «General Pedro J Montero. Asesinado el 25 de enero de 1912. Recuerdo de su esposa y hermanas». Es posible que le hayan dado los restos en algún tipo de caja, o que ella haya tenido pudor de tocar los trozos de humanidad que quedaban de su marido, pero me gusta creer que en sus manos sostuvo el corazón del abuelo, que lo sintió latir una última vez antes de honrarlo, que la sangre tiñó sus manos mientras recordaba el detalle de todos los enemigos que habían orquestado la caída de la revolución en la patria, y por ende, el derrumbe de su hogar. Me gusta pensar en la bisabuela recorriendo las calles húmedas y sofocantes de Guayaquil con un largo vestido de luto y el corazón palpitando en sus manos. Siento que aunque ella le haya dado sepulcro, ese corazón debe andar en alguno de los tantos cachivaches que heredé.
Hace unos días fui a visitar a mi padre. Charlando recuerda a su abuela como una mujer de la época, una sombra que siempre acompañaba a su marido en todo «por lo que ella también es una revolucionaria». Es, dice, porque al recordarla la revive, porque la eternidad no quita la revolución. Bromeamos con el pavor que generaba la posibilidad de hacerla enojar. «Claro, es capaz de acuchillarte», comenta. Recordamos su valentía de recuperar los restos de su amado, el coraje de enfrentarse a un poder que había demostrado su crueldad al destruir el cuerpo del bisabuelo. No mucho de esto aparece mencionado. Los libros la llaman Teresa de Montero, mi padre la recuerda Isabel Barahona, porque el segundo nombre de su hermana era un homenaje a ella. A veces dudo si la bisabuela Isabel y Teresa de Montero son la misma persona. Mi parentela ecuatoriana tiende a tener múltiples familias en simultáneo, no sería novedad.
La memoria de preservar el corazón del abuelo viene del linaje de las mujeres de mi familia paterna. Me gusta creer que sigo cultivando esa tradición: guardar el corazón de todo lo que alguna vez ha amado.
Notas al pie
- Grupo étnico mestizo de la costa ecuatoriana, arraigado al campo y reconocido constitucionalmente desde 2008. Se caracteriza por su labor agrícola, destreza ecuestre, uso del machete y fuerte identidad cultural propia de las zonas rurales de provincias como Manabí, Los Ríos y Guayas ↩︎