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Abandonos, asedios y resistencias

¿Qué decir ahora? ¿Cómo contar? ¿Cómo usar el lenguaje para que acompañe tanta mierda? Propongo…

¿Qué decir ahora? ¿Cómo contar? ¿Cómo usar el lenguaje para que acompañe tanta mierda? Propongo una sociología que hace pin­turas de paisajes precarios, que adora las ruinas y la sobrevida que contienen, pero sin nostalgia, viéndolos como espacios que habilitan las condiciones de posibilidad de nuevas existencias.

Gabriel Gatti, Desaparecidos. Cartografías del abandono.

¿Cómo compartir las vivencias y reflexiones de estos últimos años en el Oeste de Montevideo? Cada día me parece más inabarcable e intransferible sin traicionar su complejidad y riqueza. Desde los años 2000 comparto experiencias y luchas comunitarias que me han alimentado el pensamiento, la acción y sacudido las seguridades.

Soy una militante social y política desde los años 70. Conversando y leyendo a Gabriel Gatti aprendí a reconocer los límites de los lentes con los que miro y pienso la realidad de los bordes, las periferias, y desde allí, articularla con el resto. No es fácil.

Fue fuerte descubrir la posibilidad de tejer memorias fracturadas; las de los desaparecidos durante la dictadura y las de los desaparecidos sociales de la era neoliberal. Desde hace tiempo que estamos viviendo descalabros, catástrofes y también luces brillantes, a veces potentes y otras sencillas, pero brillantes igual. Desde ese mundo es que miro, pienso y participo. Aquí van algunos fragmentos.

Mirando desde lejos

Creo que no tenemos capturada la dimensión del largo y persistente proceso de empobrecimiento, abandono y saqueo social de nuestro país y sus enormes efectos. En sufrimientos, en las subjetividades y también en la capacidad de luchar por la vida y de sobreponerse de la comunidad.

Desde la derrota del movimiento obrero y popular con el golpe de Estado de 1973, empieza un proceso de pérdida de salarios y derechos (si fijamos el 100 en 1971 en el salario real, en 1984 había caído a 41,63 %). Luego viene la crisis de la tablita, los años 90 con la ofensiva neoliberal de desindustrialización y privatizaciones, luego el enorme sacudón social con la crisis de 2002 y finalmente en 2020, el Covid-19, que a la crisis económica le suma el miedo a la enfermedad y el encierro.

Cada uno de estos momentos transforma nuestra sociedad, de un modo desigual, con intensidades diferentes. Cambia la estructura productiva y social, y por tanto la vida cotidiana de barrios enteros. De zonas donde los trabajadores y sus familias se encontraban en los boliches, clubes sociales y deportivos todas las semanas, donde se forjaban vínculos profundos, con el cierre de fábricas y lugares de trabajo se transformaron en barrios-dormitorio, donde se sale temprano a trabajar a zonas alejadas, se vuelve de noche, y ni los salarios, ni el tiempo, ni la energía alcanzan para generar encuentros sociales con la misma intensidad que antes. Los vínculos se han ido debilitando y la vitalidad del barrio es menor.

Las capas geológicas del presente

Con la ley de la dictadura de 1974 de liberalización de alquileres1, comenzó un proceso de migración interna en Montevideo y el país –sumado a los problemas de trabajo­–, de barrios céntricos a los bordes, del interior a Montevideo, y la consiguiente expansión de los asentamientos irregulares. Según datos del MVOT hoy hay 667 asentamientos en el país. En Montevideo son 345, donde viven 132.874 personas. En el municipio A (Cerro, La Teja, Paso de la Arena, Belvedere, Nuevo París, y otros) hay 104 asentamientos.

¿Cómo impacta en la vida y la subjetividad la desindustrialización que se intensificó en los años 90? Por ejemplo, el pasaje de un obrero especializado en la fábrica de vidrio a colocador de vidrios de un comercio, o a funcionario de empresa de seguridad (sentado o parado por varias horas, aburrido). O de vivir en un apartamento alquilado en el centro a un asentamiento y yendo al comedor de INDA en 2002. Las y los trabajadores de curtiembres, de la pesca, del Bao, de los frigoríficos; perdiendo salario real, identidad y orgullo como obrero calificado perteneciente a un ámbito colectivo.

¿Cómo viven estos procesos de desarraigo los grandes y los niños? Esta suma de catástrofes se han ido agregando como capas geológicas en todos, de diferentes modos e intensidades. El miedo de la dictadura. El miedo de los 90 a perder los trabajos. El resistir pero tener que aceptar otra vez más el abuso patronal o las diferentes modalidades de precarización como únicas opciones posibles.

Una referente de barrio Cerro, pensando este largo proceso habla de “pedazos de pueblo apaleado”.

Los bordes

La realidad social que resulta de este proceso es muy compleja. ¿Cómo nombrar? El lenguaje que se usa habitualmente: pobres, vulnerables, indigentes, población Mides, quintiles 1 y 2, situación de calle… No alcanza, o simplifica, o confunde, o muchas veces, decir “pobre” esconde desconocimiento, unifica algo complejo y variado. Empobrece la realidad. A veces hasta la deshumaniza.

Aquellos que viven más al borde del borde son incomprensibles para la gran mayoría y eso lleva a que sean invisibles o apenas visibles. Pero sin ir tan al borde, lo que sucede es que no hay lugar para todos, ya no es una sociedad para todos y todas, quizás podríamos decir que la palabra sociedad ya no expresa una unidad orgánica de las y los uruguayos, la palabra que parece ser más adecuada para nombrar a cada vez más personas es ‘sobrantes’.

Más control

Resuenan las palabras de Achille Mbembe: “… una de las funciones del capitalismo actual es producir a gran escala una población superflua. Una población que el capitalismo ya no tiene necesidad de explotar, pero hay que gestionar de algún modo. Una manera de disponer de estos excedentes de población es exponerlos a todo tipo de peligros y riesgos, a menudo mortales. Otra técnica consistiría en aislarlos y encerrarlos en zonas de control”2

La expansión de la seguridad como un negocio privado junto con una política pública punitiva –más allá de sus variaciones e intensidades­– se ha centrado en el encierro como solución (la población carcelaria en Uruguay hoy supera las 16.700 personas privadas de libertad), y de hecho esta política y economía de la seguridad se nutre de estas vidas precarias y expulsadas de la vida económica y social, deriva en un orden que exige que haya una parte del mundo confinada en las cárceles o en asentamientos en los bordes de las ciudades.

En el Oeste de Montevideo, a principios de 2020, hijos que crecieron en asentamientos con sus familias, junto con otros vecinos y vecinas impulsaron el asentamiento Nuevo Comienzo. No tenían lugar en los predios de sus padres o madres, y no podían pagar alquileres, tuvieron que luchar por un espacio para sus vidas independientes. Pero esa batalla tuvo que enfrentar una legislación nueva sobre las ocupaciones de terrenos, que en 2007 se había endurecido estableciendo el delito de usurpación, rompiendo la tradición del país, al criminalizar las ocupaciones de terrenos para responder a necesidades de vivienda3.

Nuevo Comienzo sobrevivió a detenciones, procesamientos, intervenciones policiales y helicópteros sobrevolando el asentamiento.

Sobrevivir

La vida en el Oeste es muy diversa. Desde trabajadores formales con buenos ingresos hasta aquellos para los que la vida es una lucha diaria por la sobrevivencia. Un presente permanente. Porque incluso cuando consiguen trabajo formal, sospechan en el fondo que seguramente no será por mucho tiempo. El índice de desempleo del municipio A es de 10,4%; el más alto en Montevideo, también la intermitencia en el trabajo, el subempleo, la informalidad y los bajos salarios e ingresos afectan a importantes sectores de la población. Muchos han desarrollado su vida y criado a sus familias con trabajos informales, como una panadería, venta ambulante, pancheros, feriantes, albañiles, etcétera. Y para las mujeres la vida es más complicada aún.

La materialidad de la vida no es segura o es insuficiente, con muchas carencias. Un estudio de Apex y la Escuela de Nutrición de Udelar con participación comunitaria en 2025, mostró que la inseguridad alimentaria moderada o grave en hogares con niños/as menores de 12 años del municipio A es de 27,1%, y en particular la inseguridad grave, es decir pasar hambre, es del 10,5% de los hogares, una cifra que representa cinco veces la media nacional (1,9%).

Violencias y alternativas

El crimen organizado, en particular el narcotráfico, la trata, las violencias en este largo proceso de carencias, de falta de futuro y de alternativas, de grandes tristezas y dolores, de humillaciones y arrinconamientos, de machismos recargados, tuvo y tiene espacio para expandirse. La admiración del más fuerte o con más dinero, la búsqueda de seguridades, de protección, de ser valorado o valorada. La necesidad urgente de un ingreso. Todo esto ha ido generando nuevas sensibilidades, nuevas formas de prestigio. Han permeado los valores neoliberales del individualismo y de “valer por lo que tenés”, por ser el más fuerte. Y están los jóvenes que vuelven de la cárcel al barrio, con sus dolores y aprendizajes. Están las madres y familiares de los hijos o hermanos que fueron asesinados en ajustes de cuentas, que a veces, algunas, logran reunirse para compartir el duelo. Se multiplican los talleres de prevención del suicidio, ahora también en los liceos. El último estudio de Apex-Udelar sobre salud mental señala que el 40,5% de las familias del municipio A tienen un familiar con problema de consumo problemático.

Redes familiares y barriales

Las familias pueden ser lugar de violencias y sufrimientos. No quiero idealizar, sin embargo, también en el Oeste he visto las redes familiares funcionar como respaldo, apoyo y protección de múltiples maneras. Muchas son las familias que se ayudan, no solo de padres a hijos, sino también tíos, sobrinos, primos, que extienden con naturalidad solidaridades a vecinos y vecinas. Responden a pedidos de apoyo de su entorno, tejen vínculos solidarios en sus barrios, conforman fuertes redes barriales de ayuda.

En territorios como el Cerro, La Teja y el municipio A existen tradiciones de luchas obreras acompañadas por los barrios. También de luchas comunitarias por mejoras en la calidad de vida. Las crisis también son momentos de reacción popular, de creación, de condensación de aprendizajes y memoria de antiguas iniciativas populares.

Las ollas y merenderos populares tienen una larga historia en estos barrios y en el país, durante el Covid-19 en las redes se recordaban las ollas cuando la tablita en Cerro Norte cuidándose de los militares; en 2002 las ollas del Tobogán en el Cerro donde los adultos tenían que llevar una verdura y si no, tenían que participar de la cocinada o de la limpieza, los niños y niñas eran los privilegiados. En los 90, con el ajuste del gasto público y el agudo deterioro de Salud Pública se crearon policlínicas comunitarias y en La Teja el muy organizado servicio de ambulancias con autos y choferes vecinales, con responsables para recibir las solicitudes y concretar la respuesta. En el Cerro, ante la falta de respuesta odontológica, entre vecinas y vecinos y el Apex de Pablo Carlevaro crearon el Policlínico Odontológico hoy llamado Yano Rodríguez, donde esa suma del saber comunitario con el de la Udelar impulsó una orientación pionera de prevención y promoción de salud fijando prioridades en niños/as y embarazadas, recorriendo los asentamientos para lograr una participación colectiva en la materialización de las respuestas y de las prioridades. Y mucho más.

Estas memorias y potencias están en asedio. Con sus tensiones y contradicciones renace la solidaridad y como dice una referente comunitaria del Cerro: “cuando hay un problema armamos una comisión”. Pero también dice que hoy muchas memorias se han perdido, que se empieza desde más atrás.

Comunidad y Estado

En medio de la crisis de 2002 en el barrio de Santa Catalina se resistió la extracción de arena de la costa, se luchó por preservar el ambiente y convertir en parque público un predio privado costero. Al mismo tiempo estaban en cuestión las políticas de participación impulsadas por la Intendencia de Montevideo (IM), las limitaciones de las formas consultivas, planteando que participar supone hacerlo en la toma de decisiones. Se inició una primera experiencia de participación en la toma de decisiones de un bien público, con el acuerdo de cogestión entre la IM, colectivos sociales y vecinos a través del Espacio de gestión del Parque Público Punta Yeguas, experiencia que se desarrolló desde 2006 a 2020.

En 2005, ante la instalación del Sistema Nacional Integrado de Salud surge desde abajo la decisión de dar un salto en calidad, pasar de comisiones de apoyo a hospitales o policlínicas, a organizarse en colectivos de Usuarios de Salud como sujetos de derecho. Con muchas idas y vueltas, con la reproducción de prácticas tradicionales y el ensayo de nuevas, este movimiento en su segunda etapa (2025) está desplegando nuevas iniciativas y propuestas, junto con el enorme desafío de la participación en el directorio de ASSE, en la JUNASA y en espacios intersectoriales que se abren a las y los usuarios de salud.

En 2020, cuando la emergencia sanitaria, nacen más de 700 ollas y merenderos por todo el país. Se organizan redes territoriales que en agosto de 2020 fundan la “Coordinadora Popular y Solidaria. Ollas por vida digna” (CPS). Esta experiencia de organización y lucha ha dejado un acumulado en múltiples dimensiones, desde aprendizajes en organización, formas horizontales en plenarios que conviven con otras de representación; creación de grupos de acopio donde se desarrollaron saberes de gestión; encuentros entre las redes para el intercambio y definición de acuerdos. Pensar colectivamente qué demandas realizar al Estado y cómo relacionarnos con él. En definitiva el proceso de construcción de las Redes y de la CPS como un actor social-político. A esto le debemos sumar haber instalado el problema del hambre a nivel público junto con actores académicos, resultado de la acción colectiva, de una vocación de hacer escuchar nuestra voz a través de los medios de comunicación y también a través de movilizaciones y actividades públicas. Esto generó una reacción del gobierno de esa época, que frente a la persistencia de la CPS desencadenó, con la voluntad de destruirla, una ofensiva de criminalización que no tuvo éxito. Hoy sigue con su acción solidaria y tomando nuevas iniciativas, avanzando en el desafío del trabajo de la economía popular.

Mirando el futuro

La rotura social es tan profunda que cualquier persistencia del imaginario batllista, del sueño de un Estado de bienestar que venga a dar respuesta a los problemas que vivimos, es una ensoñación de la que es urgente salir.

Al mismo tiempo que el desgaste de la gente es grande, la presencia y apoyo del Estado es infinitamente menor al necesario y los esfuerzos de Extensión de Udelar abren sendas pero con recursos insuficientes, comienza de modo incipiente una nueva forma de relación de los sindicatos con el territorio a través de las Brigadas solidarias, el FA se relaciona desde diversas lógicas con el territorio, pero salvo excepciones no logra fortalecer desde dentro a los procesos comunitarios. Existe una multiplicidad de organizaciones sociales, colectivos, espacios comunitarios sosteniendo el tejido social, presionados más por resolver urgencias que son infinitas y pudiendo menos experimentar y construir caminos de transformaciones profundas y reales. El desafío es no quedarse en la mitigación o cubriendo la ausencia del Estado.

Sin embargo, es necesario persistir como comunidad en los territorios, aprendiendo y haciendo juntos, buscando caminos entre “las ruinas y la sobrevida que contienen, pero sin nostalgia, viéndolos como espacios que habilitan las condiciones de posibilidad de nuevas existencias”.

1 Decreto Ley N° 14.219

2 A. Mbembe, “Cuando el poder brutaliza el cuerpo, la resistencia asume una forma visceral”, elDiario.es, 17/06/2016

3 Ley Nº 18.116 de Usurpación de Inmuebles.

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