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La renuncia primera

Para los gorriones de entre los ríosque me enseñaron la renuncia. “Estudia sin renunciar a…

Para los gorriones de entre los ríos
que me enseñaron la renuncia.

“Estudia sin renunciar a nada” dice el eslogan de una reconocida universidad virtual de Barcelona, y se explaya en una lista: sin renunciar a tus viajes, a tu rutina de gimnasio, a salir de fiesta con los amigos. Lejos quedan del anuncio -obviamente- los desvelos de los trabajadores que a lo largo y ancho del mundo se inventaron los turnos nocturnos de los liceos y las universidades. Bella estratagema de entrenados renunciantes, que se negaban a entregarse a la pura subsistencia.

Hace un tiempo, en un intercambio epistolar con Jorge Larrosa le dimos muchas vueltas a la figura de “los renunciantes”, unos seres raros, amigos nuestros, que habían renunciado -por una apuesta vital comprometida- a una serie de comodidades o supuestas “ventajas” para optar por una forma de vida más sencilla, más intensa, y quizás más hermosa. Amigos que habían renunciado a la ciudad, al reconocimiento social de trabajos de responsabilidad meridiana, a la aventura trepidante de los viajes, o a la confortabilidad de vidas férreamente construidas, para dar un golpe de timón. Esto los llevaba muchas veces a la intemperie y a merced de la fuerza de sus brazos o de su inteligencia, para empezar a tallar esa otra vida que apenas divisaban, pero que ya adivinaban como buena.

También le dimos vuelta a la categoría del “bastante”, esa compleja unidad de cuantificar, tanto las cosas como los tiempos, que permite a alguien medianamente sabio sentir la plenitud cuando llega y poder detenerse antes de cometer el pecado del exceso o la desmesura (la hybris, que los griegos se encargaban de castigar porque la consideraban origen de todo mal). Vale tanto para el dinero, para el reconocimiento social, para el trabajo, como para las amistades. Hay sin duda una preclara sabiduría en la capacidad de distinción de los “bastantes” en la vida de uno. Y claro, no sólo la distinción, sino lo que ella nos exige: parar. Parar de comprar, parar de producir, parar de mostrarnos, parar de consumir experiencias.

Figuras de la hybris o del hambre que no cesa

La literatura clásica está plagada de variaciones de la hybris y sus consecuencias malignas. Mostraré apenas dos, que por su contundencia me parecen por demás elocuentes. La primera se encuentra en Los colmillos del dragón, un poema épico del poeta mexicano Enrique González Rojo en el que se recrea el ciclo Tebano, desde la fundación de la ciudad por Cadmo, hasta el triste final de Antígona. Como sabemos, el antecedente de la tragedia de Antígona es la pelea entre los hermanos Polinices y Eteocles por el trono heredado tras el exilio de Edipo. Según el acuerdo original los hermanos se turnarían en el poder un año cada uno, pero un día Eteocles decide no entregar el mando de la ciudad, despertando con su hybris la ira de su hermano, quien, blandiendo el estandarte de la justicia, decide atacar Tebas con un ejército extranjero. Dice entonces González Rojo:

Eteocles poseía, en grado altísimo,

lo que podríamos llamar

-agarrando al vuelo con audacia

el precioso vocablo de lo exacto-

el morbo apropiativo,

el hambre descomunal por todo lo apropiable

-cosas, ideas, gente-

hasta colmar las arcas construidas

por el deseo en llamas de sus manos.

Pertenece a las personas que querrían,

de poderse,

llevar bajo la axila

los mejores crepúsculos

para adornar las paredes de su casa,

confiscar manantiales, ríos, lagunas

que esconden entre sus guijas

menudencias de cielo;

arrebatar, con un zarpazo,

trozos de mundo,

caudas de maravillas,

pedazos de infinito.

La segunda figura aparece en el libro VIII de Las metamorfosis de Ovidio y le da un rostro concreto al “hambre descomunal por todo lo apropiable” del que nos habla González Rojo. Fames, la personificación del hambre, acude en socorro de la diosa Ceres para castigar al rey insaciable y depredador Erisictón, quien habiendo hecho talar todos los bosques de su reino, no sabe detenerse, y echa a tierra por su propia mano una encina sagrada, hábitat de las dríades, pese a la advertencia explícita de las ninfas y el intento de sus vasallos por detenerlo.

El castigo no se hace esperar, y, a la llamada de Ceres, Fames se presenta en el palacio de Erisictón haciendo que al despertar el hambre no pueda ser saciada con alimento alguno. “Todo alimento es en él causa de nuevo alimento y comiendo siempre, siempre queda vacío el sitio. Y ya con su hambre, y con el profundo abismo de su vientre había consumido sus recursos patrimoniales, pero aún entonces subsistía intacta su infernal hambre y tenía toda su fuerza la llama de su implacable glotonería.” Es así que luego de vender a su propia hija para intentar sosegar el aguijón de Fames implacable, Erisictón comienza a devorarse a sí mismo, hecho que ocasiona su propia muerte.

Ni Eteocles ni Erisictón saben cuándo detenerse, y el deseo infinito de ambos -el primero que viola los acuerdos de la ciudad, y el segundo que profana la sacralidad de la naturaleza- los conduce a su final. A veces conviene preguntarnos qué pedazos de nosotros mismos estamos devorando con nuestras empresas desmedidas, con la incapacidad para la renuncia, con la no definición de nuestros bastantes; qué pedazos de nuestra alma estamos vendiendo al mejor postor, y con qué partes saludables de nuestro cuerpo estamos alimentando a nuestros deseos más famélicos.

De flores y gorriones

Sin embargo, la vida misma está también llena de ejemplos de buenos renunciantes, seres que han sabido construir su reino de bastantes, y que se han encargado de protegerlo contra viento y marea. Los uruguayos podríamos sentirnos más que orgullosos de haber tenido como presidente a un ejemplo de la renuncia, alguien que cultivaba sus bastantes como flores bienqueridas y pregonaba sus beneficios para el que quisiera (o bien se comprometiera) a escuchar y actuar en consecuencia. Creo que todavía no nos hemos dado el tiempo como sociedad para detenernos a escuchar (con voluntad de cambio verdadero) lo que esas flores nos siguen diciendo al oído mientras corremos enloquecidos detrás de plazos por vencer.

Una de las cosas que las flores nos dicen es que para el acto valiente de la renuncia no nos bastamos solos. La carrera del consumo puede ser individual (incluso es deseable que así lo sea, para alimentar de mejor manera la ingeniería algorítmica que facilita el ajuste entre deseo y disponibilidad de mercado); pero la apuesta por la renuncia (en cualquiera de sus formas) necesita del estrechamiento de lazos afectivos y comunitarios que nos cuiden de la intemperie y del vértigo que provoca la decisión de dejar ir algunas de nuestras “conquistas” personales, o de dejar pasar la tentación que abre el terreno de la posibilidad: decir que no a proyectos que aún no comienzan, y contener la manía fantasiosa que hace relucir cuentas de colores en forma de promesas a futuro.

Para sostener a resguardo nuestras renuncias y nuestros bastantes necesitamos, pues, de otros: otros que se hayan embarcado en el mismo camino ascético y que nos recuerden con el simple ejercicio de su vida cuál es nuestro norte (para eso sirven las flores que nos hablan al oído), o simplemente de otros, distintos a nosotros en grado sumo, pero que conforman una comunidad de intercambios de bellezas que se hacen con el tiempo demorado de las renuncias. Basta leer una buena pieza de literatura para enlazar con el grupo de renuncias que ha conducido a su creación. Pero también basta probar un buen trozo de pan, elaborado con tiempo, o un zapallo que el sol ha dejado en su sazón justa para saber que ese tiempo con el que las bellezas del mundo se hacen, crecen y se cuidan ha sido sostenido por una serie de apuestas vitales y de renuncias personales que han permitido poner algo en el mundo que lo engrandece.

Pero volvamos por un minuto al eslogan que abre este artículo. “Estudia sin renunciar a nada” es en sí mismo un contrasentido. Porque el estudio es por definición una serie de renuncias articuladas a partir de una primera: la renuncia de la autoridad del yo y su relegación a la autoridad del mundo de lo estudiado. Me explico: es la materia de estudio la que se resiste a ser devorada sin más, y la que marca cuáles son los tiempos y los esfuerzos que tenemos que entregarle para que se abra en tanto que mundo y nos entregue sus encantos. Y estos tiempos (si corresponden al verdadero estudio y no a la carrera de obstáculos en la que se han convertido los años de escolaridad de la subjetividad estratégica y especulativa) suelen ser demorados y llenos de circunloquios. Y los esfuerzos supremos, a veces demandantes de exclusividad.

Podríamos variar el enunciado con todas aquellas cosas que requieren de la renuncia de nuestro afán desmedido de gobierno de nuestras propias vidas. Por ejemplo: el amor. Entonces aquello de “ama sin renunciar a nada” del que también nos han convencido los mercaderes del amor propio, también tiene sus problemas. Porque el amor es por definición una serie de renuncias articuladas a partir de una primera: la renuncia de la autoridad del yo y su relegación a la autoridad del mundo inexplorado de una vida en común que el amor abre para los enamorados. Es este mundo y su propio tránsito por él, el que marca los tiempos y los esfuerzos que tenemos que entregarle para que a su vez nos devuelva sus encantos. Y estos tiempos (si se corresponden al verdadero amor, y no al sucedáneo de las relaciones sexo-afectivas que también padecen de estrategia y especulación) suelen ser demorados y llenos de circunloquios. Y los esfuerzos supremos, a veces demandantes de exclusividad.

Lo mismo podemos decir para la participación política comprometida, para la amistad, para la maternidad y la paternidad, para el cuidado de los padres y de los animales, para el cuidado de la tierra.

El ideal de perfección y la angustia por desborde suelen venir de la casi imposibilidad de nuestro tiempo para la renuncia primera. En un mundo de supremacía del yo, o de enyosamiento alentado subliminal y explícitamente por la retórica deportiva, la idea de renuncia aparece connotada de debilidad de espíritu. En Si no cambian los Dioses nada ha cambiado Rafael Sánchez Ferlosio denunciaba ya, a principios de los ochenta, esta retórica que ponía a los jóvenes en carreras suicidas, haciendo de sus propias vidas la vía de ensayo de una forma invariable de relacionarse con las Ideas, o con los Dioses: la del sacrificio personal en nombre de la Historia. Esta retórica deportiva en su versión deslavazada y despolitizada es la que empuja hoy a miles y miles de jóvenes a la autoexplotación y a la extenuación en aras de un supuesto confort o “estilo de vida” de consumo, o -si es en jóvenes políticamente activos en cualquiera de sus formas- en aras de proyectos políticos que bien pueden hablar de decrecimiento, pero que siguen funcionando interiormente mediante la explotación de las personas que sostienen sus estructuras. Y no solo eso, sino que siguen corriendo las carreras trazadas por el enemigo: “muéstrate, sé activo, no te detengas, muéstrate”.

Como hemos visto, hay mucha valentía, determinación y riesgo en la apuesta renunciante. Hay mucha, pero mucha valentía en el establecimiento de un puñado de bastantes como límite autoimpuesto e infranqueable, y también como lugar seguro al que volver cuando hemos perdido el rumbo (porque lo perderemos de vez en cuando).

En su libro Permanecer. Para escapar del tiempo del movimiento perpetuo el filósofo y parlamentario europeo François-Xavier Bellamy toma el regreso a casa de Ulises como modelo de un ánimo no revolucionario sino nostálgico, movido por el “amor a lo que es.” Y nos invita a encontrar nuestra Ítaca (¿un puñado de bastantes?) para dirigir hacia allí nuestro ánimo y nuestras empresas (aunque estas sean pequeñitas o aparentemente absurdas), porque es allí donde todo se despierta en su sentido profundo. Ítaca no es el “podría ser” que anima la aventura de los conquistadores, ni tampoco el terreno de lo que fue o pudo haber sido. La nostalgia es el dolor por lo que es, y sigue siendo a pesar nuestro. Ítaca es siempre en presente, está siempre en su sitio, no importa lo cerca o lo lejos que de ella esté Ulises. Pero Ulises no puede acercarse a lo que es, hasta que no lo recuerda (no olvidemos que re-cordar significa literalmente “volver a pasar por el corazón”), y hasta que no renuncia a la vida de placeres eternos ofrecidos por Calipso para aceptar no sólo su propia finitud sino también la de los seres que ama.

Dice entonces Bellamy:

“Tenemos que encontrar nuestra Ítaca. Tenemos que ser capaces, para empezar, de nombrarla de nuevo, […] el país que nos espera, al que tenemos que devolver la paz y la estabilidad que ansía; un lenguaje familiar para todos en el que se forjen lazos que ninguna distancia podrá jamás quebrar; una naturaleza que cultivar de nuevo en la que podremos reconocer, como Ulises en su huerto, no lo que hemos destruido, sino lo que hemos hecho vivir para poder perpetuar la vida; una cultura que desvele en el tiempo lo que escapa al tiempo, es decir, las verdades que obligan a que toda inteligencia se dirija hacia ellas y hacia los ideales que orientan la vida de los hombres y la construcción de las ciudades.”

Levanto la vista y observo la versión humilde de mi Ítaca: está compuesta de una serie de palabras irrenunciables (verdad, justicia, belleza), un conjunto de horas que paso junto a los libros, algo que escribir, de vez en cuando, para que esas lecturas no se queden conmigo; alguien a quien amar y alguien a quien cuidar, un par de plantas que se regocijan en la luz de la ventana y un puñado de renunciantes que tengo por amigos. Unos que, cuando me olvido del camino a casa, me vuelven a cantar al oído el tango de Gardel, que tanto quiero:

Nosotros cantamos con nuestra miseria

el himno a los libres del verso sonoro

sin tenerle envidia al canto de histeria

del pobre canario de la jaula de oro.

Nos queman las alas las luces del centro

por eso el suburbio, tranquilos, buscamos

y cuando una pena nos tala por dentro

cantamos más tristes, pero igual cantamos.

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