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Al borde del desborde

Intento escribir un texto sobre el desborde en el mismo momento en que me siento…

Intento escribir un texto sobre el desborde en el mismo momento en que me siento desbordada. Desbordada y acostumbrada, lo que parece ser el destino inexorable de quienes habitamos este tiempo.

Voy a tirar la basura y el contenedor está desbordado, me paralizo por unos segundos sin saber qué hacer. Estoy parada frente al contenedor lleno de los restos de rutina de otras gentes del barrio, no hay lugar para mis bolsas de basura. Mientras observo la imagen, mi mente comienza a elaborar una infinidad de interrogantes, cuyas respuestas derivarían en múltiples tramas narrativas posibles: ¿Cómo no hemos podido resolver el tema de la basura en esta ciudad? ¿Cómo generamos tanta basura? ¿Es posible que no paremos de consumir? ¿Qué significa que mi basura no tenga lugar? ¿Qué pasa cuando lo que nos contiene se desborda? ¿Cuando parece que no tenemos lugar? ¿Cuando nos oprimen para que entremos en un espacio que no resiste más? ¿Qué pasa cuando ya no aguantamos más?

Gilles Deleuze y Félix Guattari aparecen en mi mente como auxilio para encontrar alguna respuesta, entonces pienso en que el desborde solo puede cobrar existencia tangible cuando se presenta como una línea de fuga incontenible. Cuando la estructura que nos contiene comienza a desarmarse. De cierta manera, las líneas de fuga se presentan como una posibilidad creadora, como una suerte de movimiento político que busca escapar de los procesos de naturalización y normalización.

Es así que el desborde cobra otro sentido, no se trata del cansancio acumulado por las tareas del hogar, las responsabilidades laborales, la culpa cristiana y la vocación al cuidado de todo lo que sea posible cuidar. No se trata de todo lo que hay que hacer para cumplir con las expectativas propias y la de los demás. Ni de esa sensación de agobio y desamparo que me inunda cuando habla el presidente o cuando busco el proyecto de educación de la izquierda en el gobierno y no lo encuentro, o cuando mi cuerpa tiembla porque, otra vez, nos matan por ser mujeres.

No es tampoco el desborde frente a todo lo que tengo para corregir, o la dificultad de repensar cómo retomo las clases después de que los estudiantes estuvieron ocupando más de un mes. Se me paraliza el corazón. Recuerdo cuando, hace veinticuatro años, ocupamos durante más de un mes la misma institución que ahora ocupan mis estudiantes. Éramos jóvenes, el país parecía romperse en mil pedazos y nos sentíamos con la responsabilidad histórica de cambiar el rumbo de las cosas. Pero no logramos que el presidente renunciara ni que los niños dejaran de comer pasto porque el hambre se expandía como un virus. Algo de esa sensación de desborde ante lo que se presenta como inmutable es lo que me convoca a escribir esto.

No es esa angustia que parece inundarlo todo cuando pienso en cómo nos hacemos mierda a nosotros mismos. Ni esta duda que se me clava en el pecho cuando escribo nosotros mismos y me doy cuenta que no sé quiénes somos nosotros mismos; ni cómo llegamos a este momento en que siento que no hay enemigo en común que pueda restituir la falta de sentido que se ha ido gestando desde las cúpulas dirigentes y cuyo derrame parece no tener fin.

No. No es eso. Podría. Pero no. Me levanto de la silla y quiero gritar: politicemos el desborde! Dejemos que emerjan las líneas de fuga, porque de todas formas van a irrumpir.

Estas representan una ruptura y su emergencia es el llamado a la transformación. Cuando el desborde se hace visible no es posible la continuidad, aparecen las grietas y la estructura no resiste. Es ahí cuando parece imperiosa la construcción de otros espacios, de nuevos territorios, de pensar nuevas subjetividades en épocas de desborde.

La noción de líneas de fuga conduce a la premisa de que el desborde contemporáneo es rizomático en tanto no presenta una causa única ni una única dirección. Me detengo. La idea de rizoma siempre me resultó profundamente seductora, su status conceptual es tan poderoso que me habilita a pensar, justamente, en múltiples direcciones. Deleuze y Guattari expresan que: “A diferencia de los sistemas centrados (incluso policentrados), de comunicación jerárquica y de uniones preestablecidas, el rizoma es un sistema acentrado, no jerárquico y no significativo”1.

¿Cómo construir espacios rizomáticos, donde las conversaciones circulen de forma descentralizada y sin jerarquías? ¿Y cómo hacerlo sin que eso se transforme en mandato?

Estamos tan acostumbradas a obedecer, que hasta la desobediencia se ha vuelto una obligación y el hartazgo una consigna. Pero hay algo sublime y subversivo en esa sensación de hartazgo profundo que podría asociarse con la conciencia del desborde contemporáneo, esa percepción irrefutable de estar a un paso del abismo. El aire parece volverse denso como una invitación a dar el paso con la absoluta certeza de que eso es el futuro: un territorio absolutamente desconocido, una tierra incierta, una patria para crear.

Mientras intento mantener el equilibrio y no lanzarme al vacío, irrumpe en mi pensamiento la idea de “umbral” de Walter Benjamin, me pregunto, entonces, si no ha llegado la hora de militar la construcción de umbrales, espacios fronterizos donde la temporalidad es confusa y todo parece posible. Habitar los umbrales como acción política de desborde, transformar el cansancio en urgencia de transformación. Dice Benjamin que el umbral es un espacio de transición, donde el pasado se confunde con el futuro para poder “realumbrar” la realidad del presente. Quizás se trate de eso, de encontrar esos intersticios, de crear, de imaginar que podemos hacer otra cosa. Pero para que eso suceda debemos sentir la urgencia y la incomodidad. Abandonar la complacencia y la obsecuencia, sentir la insatisfacción y reivindicar el derecho a la sublevación.

Es en el punto máximo de la insatisfacción y la incomodidad donde se produce el desborde de la contemporaneidad. Las estructuras y categorías tradicionales, heredadas, disciplinarias, no alcanzan para contener la complejidad del presente que habitamos. Se desvanecen las narrativas acerca del progreso porque el futuro se proyecta como una repetición del presente. De allí que autores como Francois Hartog o Francois Dosse hablen de un régimen de historicidad hiperpresentista: el futuro no es un horizonte de esperanza y el pasado se desborda en el presente generando una melancolía paralizante.

Los años van pasando y la melancolía se agudiza, abandonamos los proyectos de futuro porque nos convencieron de que la alternativa es vivir el ahora. El presente nos asfixia porque no sólo debemos vivirlo sino que debemos ser felices y ejemplares. No importa la forma que adquiera el discurso, si se presenta más conservador o más innovador, incluso ni siquiera importa la dimensión más espiritual o mística que posea, el desborde de mandatos a cumplir se vuelve insoportable y se derrama en todos los espacios desde la esfera privada a la pública sin solución de continuidad.

Ante esa situación de desasosiego, la posibilidad de estar escribiendo este texto me reconecta con el deseo de lo que implica, justamente, pensar la escritura como deseo. Hay algo revolucionario en la escritura. Escribir en rizoma, sin normas apa, sin IA que revise si la puntuación es correcta, sin caracteres que limiten las ideas, sin nada más que la hoja en blanco y la catarata de pensamientos volcados en ella. La escritura como umbral, como lugar de resistencia, como el espacio más seguro para decir lo que se quiere decir. Donde los desbordes pueden ser imaginados y traducidos en un texto que alguien leerá. Escribir sin la necesidad de que alguien nos legitime o nos reconozca. Escribir para abrir el diálogo, para habitar los bordes, para generar palabras fronterizas que crucen los límites de lo que parece ser lo decible.

Entonces propongo una escritura del desborde como acción política, como práctica de subversión, como gesto decolonial, como aliento de liberación.

Dar el paso y saltar al vacío, porque una red inconmensurable nos va a sostener, porque si llegamos a este momento, no estamos solas.

1

Deleuze, G., & Guattari, F. (2002). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos. p. 26.

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