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Crueldad, violencia patriarcal y justicias colectivas

En poco tiempo varios eventos especialmente violentos tomaron dimensión pública y nos sacudieron colectivamente. El…

En poco tiempo varios eventos especialmente violentos tomaron dimensión pública y nos sacudieron colectivamente. El intento de feminicidio en Facultad de Medicina, la identificación de un sargento trasladando a tres adolescentes alojadas en hogares de INAU en una situación de explotación sexual, así como varios feminicidios en diferentes partes del país. Otra vez nos conmociona la crueldad en la cotidianidad, que va conformando una gran escena de las formas de violencia patriarcal en estos tiempos. La muerte, el daño y la explotación se exponen ya no solo en el más conocido e invisibilizado ámbito doméstico, sino también en el corazón de instituciones como la Universidad de la República o el Instituto de la Niñez y Adolescencia. La crueldad de la violencia en todas sus categorías se siente cada vez más cercana y cotidiana en el paisito, en un contexto global marcado por el recrudecimiento de las violencias y el exterminio de pueblos enteros.

Escenas de la crueldad

Nos proponemos ver y pensar desde esta escena completa, desde la que rápidamente podemos observar diferencias en las reacciones de cada institución y en el debate público. Algunas son escuchadas, generan ruido y audibilidad, mientras otras pasan silenciosamente a los números estadísticos. En la Universidad fue el orden estudiantil el que puso un límite. Desde la fuerza e impulso de estudiantes feministas, se afirmó que no podían volver a las clases ni a la normalidad después de que un compañero intentara asesinar a otra compañera en el centro de una Facultad mientras transcurría la vida universitaria. Se convocó a un paro de 24 horas que luego siguió su curso, con el apoyo de los demás órdenes y el Consejo Directivo Central que logró finalmente escuchar las demandas estudiantiles, mientras se desplegaron diversas ocupaciones en varios servicios durante la semana siguiente. Gracias a estas medidas de la lucha estudiantil, se desplegó un tiempo extraordinario de duelo y pienso colectivo, entre paros, movilizaciones, ocupaciones, conversatorios, charlas, talleres e intercambios de preguntas y emociones varias entre estudiantes, docentes, funcionarixs.

Durante esas semanas, además, en el marco de un curso de la universidad del área Sociología de lo común, nos encontrábamos leyendo en profundidad distintos libros de Rita Segato. Desde hace varios años la antropóloga nos invita a observar y desmenuzar la dimensión expresiva de la violencia y crueldad: además de su dimensión inmediata e instrumental, nos dice, es imperante preguntarnos y comprender ¿qué expresan estas violencias? ¿Cómo es que un varón de 19 años llega a decidir atacar y herir de muerte a una compañera? ¿Qué es lo que resulta de la imposibilidad de poner un freno a la violencia machista y feminicida, que adopta formas cada vez más crueles y se presenta también entre varones cada vez más jóvenes? ¿Qué hilos podemos descubrir que nos ayuden a comprender las relaciones entre estas violencias inscriptas en mujeres y sus cuerpos, y el contexto global actual de extrema concentración de la riqueza, poder y pedagogías de la crueldad?

Aunque aún en disputa, en varios ámbitos se ha extendido el reconocimiento de que la violencia patriarcal no es un caso aislado, no es una enfermedad mental, no es un crimen pasional. Luego de décadas de militancia feminista, es posible comprender que esta violencia es estructural, sistemática y que es parte de un sistema de poder patriarcal. Esta mirada social y política sobre la violencia, nos plantea una pregunta sobre ¿qué pasó antes? ¿Qué secuencia de hechos o ausencias nos llevaron a este momento? y desde el dolor y el enojo, ¿qué es lo que lleva a alguien a hacer algo así?

Intentar entender este fenómeno nos lleva ineludiblemente a pensar en las masculinidades. A rastrear cómo nuestra sociedad construye a estos varones, a qué implica hacerse hombre y cómo esta masculinidad hegemónica se considera con poder de muerte sobre mujeres, infancias, disidencias, e incluso otros varones. Una masculinidad desde la carencia de empatía y la máscara1 de insensibilidad, que usa la violencia y el control sobre otres para ser admitida en los círculos de pares, en palabras de Rita Segato, la corporación masculina. Esta validación entre pares se da no solo entre personas físicas que se ríen de un chiste machista, que comparten una nude sin consentimiento en chats grupales, que pueden estimular y festejar una situación de violencia; se da también en el aval de los mensajes recibidos e incorporados a nivel psicológico, ese mundo interno en donde los mandatos de la masculinidad quedan alojados. Nos encontramos con masculinidades en las que conviven el poder y la fragilidad afectiva, y que encuentran pertenencia en espacios como la machosfera, en donde circulan formas de identificación como víctimas y desde la necesidad de restaurar un poderío perdido.

Elaborar esta construcción es fundamental para desarmar el régimen de valor que la sustenta. Poder bajar del podio y cuestionar qué es ser varón, identificar qué lealtades es importante romper para intervenir antes, y porque no, reimaginar otro mundo y con él, otras masculinidades.

Sentirnos cuidadxs y segurxs

“Alerta antes, antes del primer acoso, antes de que el cerco de violencia y muerte se cierre” decía la proclama de las distintas Alertas feministas. Como tantas veces, es el impacto de la violencia lo que nos moviliza, nos devuelve esa sensación de urgencia, de necesidad. Nos lleva a encontrarnos, contenernos y elaborar. Porque primero que nada, la historia no termina cuando la violencia se ejerce, el daño todavía está ahí, en quien la sufrió en su cuerpo y en su comunidad. El después de la violencia es también el momento de poner palabras, de narrar, de encontrarse con otres en la enunciación colectiva. Puede ser también un momento en donde enfrentarnos a la difícil pregunta de qué es la justicia para nosotres, dónde está, cómo se hace. Pensar colectivamente lo que (nos) ocurre después de la violencia puede ser un punto de inflexión para anticiparnos a la próxima vez.

Es esperable que en el marco de estas escenas de crueldad se escuche con fuerza, especialmente desde las redes sociales, las demandas de castigo extremo, pena de muerte o cadena perpetua, linchamientos y escraches, dispositivos tecnológicos de seguridad y control, rabia contra los representantes de las instituciones y del país, marcadas por el legítimo miedo y terror especialmente de quienes habitamos cuerpos feminizados. Es esperable decimos, porque el hartazgo y la crueldad de las escenas se configuran en un contexto que desde varias décadas se caracteriza por un acumulado de lógicas securitarias, punitivas e individualizantes que han instalado el castigo y lo penal como respuesta privilegiada frente a todos los conflictos sociales y que, al mismo tiempo, estrechan nuestra capacidad de imaginar otras respuestas. Retomando a Tamar Pitch (2020), la centralidad de la cuestión de la seguridad en el discurso público, en la retórica política, en los medios, que a partir de la década de los setenta ha sido documentada y analizada por una amplia literatura.

Esta centralidad es fundamental porque, nos dice la autora, el modo en que se construye cualquier problema o conflicto está inextricablemente conectado al tipo de soluciones que se tornan posibles o disponibles. En este mismo sentido, como decíamos, la violencia machista ha sido construida históricamente como un problema perteneciente al ámbito de lo individual, privado, doméstico e incluso pasional. Décadas de teoría y praxis feminista han disputado profundamente estos sentidos, mostrando que aquello que se presentaba como un asunto privado constituye una expresión de un orden político. Sin embargo, la persistencia de aquellas formas de construcción del problema tiene efectos sobre las respuestas sociales y jurídicas que se despliegan: impunidad en la mayoría de los casos y, en el mejor de los escenarios, únicamente castigo para quien ejerce la violencia, en una simplificación e individualización del problema que no permite atender su reparación ni su dimensión colectiva y social para desarmar sus causas y garantizar la no repetición.

Vivimos en sociedades que presentan lo penal como una panacea y como la única solución posible para problemas de las más diversas naturalezas. También décadas de producción teórica, así como el acumulado de la experiencia colectiva de los distintos pueblos y personas que acuden a los aparatos judiciales en busca de justicia en cualquier estado-nación, nos muestran una y otra vez que el encarcelamiento, endurecimiento de penas o ampliación de dispositivos de seguridad o represivos no solo no resuelven las causas que reproducen la violencia, sino que en general agravan el problema. Y allí aparece una interesante paradoja: muchas de estas respuestas que se presentan como las únicas posibles son, a la vez, respuestas cuyos límites y consecuencias todxs conocemos. Y sin embargo, frente a cada nueva escena de crueldad, pareciera que únicamente contamos con ese limitado repertorio para demandar justicia. Retomando a Vir Cano: la lógica o matriz punitiva hegemoniza “nuestras pasiones y nuestros horizontes de justicia, fija las coordenadas de nuestra imaginación ético-política, hace posible determinados modos de resolución de conflictos al interior de nuestros colectivos y nuestras redes afectivas y, en términos más amplios, produce mundos y modos de habitarlos” (2020, p. 82). ¿Qué formas de justicia, reparación y cuidado podrían surgir si no tuviéramos que elegir únicamente entre impunidad y castigo?

El problema, entonces, no son las demandas urgentes por sentirnos cuidades colectivamente. Construir espacios dignos y seguros para estudiar y trabajar, y en general para vivir en sociedad, es una demanda básica y urgente. El problema es cuando frente a esa demanda, solamente podemos recurrir a respuestas que sabemos insuficientes, depositando en las instituciones o en la tecnología del control la expectativa de una solución mágica: ¿le pedimos a las cámaras que vean lo que nosotrxs no vemos? Se escuchan demandas por una universidad cerrada y controlada, incluso cuando el intento de feminicidio se dio por parte de un estudiante. ¿Qué sucede con los vínculos, con las formas de cuidado colectivo, con nuestra capacidad de reconocer conflictos y de intervenir sobre ellos, cuando intentamos depositar estas tareas en cámaras, controles y dispositivos de seguridad? ¿Qué formas de vida universitaria construyen esas demandas además de intentar prevenir determinada violencia? ¿Qué palabras e imaginarios nos acompañan para pensar estos problemas? ¿Qué estamos diciendo cuando demandamos justicia, seguridad, cuidados?

En la búsqueda imaginada de un espacio seguro, muchas veces aparece la opción de no permitir el ingreso de personas consideradas peligrosas. El marco con el que se considera a una persona peligrosa no siempre es posible definirlo de antemano y esa definición es, en sí misma, peligrosa. En el medio de las cientos de conversaciones que se dieron en estos días, la idea de que sin algún tipo de persona en la universidad vamos a estar más segurxs, llevó a hablar de les estudiantes presxs, o quienes tienen antecedentes penales, hasta de las personas en situación de calle que estudiando o no, habitan los espacios universitarios. Sara Ahmed dice “es peligroso ser percibido como peligroso” (2017), asociar marcas personales a la peligrosidad ha sido motivo de persecución y vigilancia sobre personas muchas veces ya marcadas por la subalternidad, a veces sobre nuestros propios movimientos sociales, o sobre nuestras existencias y vidas políticas.

Concentrar la idea de peligrosidad en un tipo de persona puede generarnos la ilusión de cierto control, de anticipación, incluso de cuidado. Pero, además de generarnos problemas nuevos en torno a la definición de lo peligroso, nos restringe la posibilidad de construir herramientas para la universidad que sí tenemos, una universidad que es parte de una sociedad y está atravesada por sus mismas problemáticas. Una institución en la que hay conflictos y violencias complejas, no reducibles a un tipo de persona. Es posible que un lugar más seguro tenga más que ver con las capacidades colectivas que podamos construir para reconocer y abordar esos conflictos y violencias, para intervenir a tiempo y para transformar las condiciones que las originan.

Desarmar las violencias machistas no puede ser una tarea postergada o entendida como utópica. Es una urgencia en nuestro país y en el mundo. Es por esto que necesitamos preguntarnos si las respuestas que conocemos son las que realmente van en ese camino. La urgencia de transformar no debería empujarnos hacia simplificar o delegar las respuestas, a abonar lógicas de vigilancia y castigo que más tarde o más temprano, no funcionan y se vuelven contra nosotres. Hay una sabiduría colectiva para crear otras formas, para buscar mejores estrategias, más profundas, y este momento puede ser clave para construirlas.

Justicia colectiva, tiempo de parar, sentir y pensar

Durante estas semanas, también se escucharon voces que trajeron otros sentidos y horizontes. La comunidad universitaria, desde abajo, desplegó durante todos estos días un repertorio de sentidos y prácticas de justicia como nunca antes se había producido. Será cuestión del futuro explorar con mayor profundidad todos los sentidos, contradicciones, potencias y emociones que se abrieron en este tiempo extraordinario, así como las marcas que dejará en la historia universitaria y social.

El paro, las ocupaciones y la suspensión de actividades permitió interrumpir el mandato de continuar como si nada hubiera ocurrido y darnos el tiempo de frenar, pensar, llorar, conversar, recordar y preguntarnos colectivamente qué hacemos con lo que nos pasó. Un tiempo que muy pocas veces, casi nunca, podemos tener en estas sociedades marcadas por la aceleración, mandato de productividad y desborde mental y físico. Un tiempo –para algunes improductivo, incluso motivo de burla o queja– y que sin embargo permitió procesar colectivamente diversas emociones, compartir vivencias y memorias, estrategias de hoy y ayer así como configurar prácticas novedosas de acompañamiento, responsabilidad y cuidado colectivo. Un repertorio activo contra la impunidad que gritaba: no podemos volver a clases ni a la normalidad, porque ya no hay tal normalidad.

Frente a tanta crueldad, este tiempo de paro y movilización fue y es en sí mismo pedagógico. Reafirmó cómo lo comunitario existe a partir de su ejercicio común, se activó una trama que sólo puede entenderse desde las luchas feministas de corto y largo aliento, que desde sus bases, se mueve para parar y responder. Frente a la violencia: hacer algo enorme y poético, definió la moción número tres de la asamblea de la FADU2. Ahora quienes caminan por bulevar y bulevar pueden leer desde la calle: “¿A cuántas nos tiene que pasar para que dejes de mirar para el costado?”.

Es crucial valorar este empuje de fuerza colectiva que se desplegó ante estos hechos de violencia, y desde ahí llevar esa ola lo más lejos que se pueda. Es posible que este tiempo de movilización de por sí ayude a la reparación, es posible que genere condiciones de no repetición, es posible que nos acerque a una justicia desde nosotres mismes.

 

Referencias:

Ahmed, Sara, “Vivir una vida feminista”, 2017.
Cano, Vir “Afecciones punitivas e imaginación política: des-bordes de la lengua penal”, 2020.
Gutierrez, Raquel “Los ritmos del pachakuti. Levantamiento y movilización en Bolivia” 2009
Pitch, Tamar “Feminismo punitivo”, 2020
Segato, Rita, “Las estructuras elementales de la violencia” 2021
Segato, Rita, “Contra-pedagogías de la crueldad”, 2018
Segato, Rita, “La guerra contra las mujeres”, 2016

1The Mask You Live In Subs Español ( La máscara en la que vives)

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