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El cuerpo que nunca termina

“Lo que aparece es bueno, lo bueno aparece.”—Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1999) Hay…

“Lo que aparece es bueno, lo bueno aparece.”
—Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1999)

Hay una escena cada vez más habitual: alguien abre el celular y encuentra allí su rutina. Series, repeticiones, cargas, pausas, pasos diarios, proteínas, horas de sueño. Del otro lado de la pantalla puede haber un entrenador que corrige una técnica a través de un video o de una aplicación que avisa que todavía falta moverse, cerrar un anillo o alcanzar una meta. El cuerpo aparece traducido a cifras: calorías, porcentajes, kilómetros, frecuencia cardíaca, medidas, progresos comparables. No se compra solamente ejercicio. Se compra, quizás, una mirada externa capaz de ordenar el cuerpo y, con él, una parte de la vida. De este modo, el cuerpo, el entrenamiento y el movimiento se vuelven objetos de consumo y, a la vez, prácticas mediante las cuales sentirse —una vez más— productivos. No obstante, el fitness contemporáneo no puede reducirse sin más a la vanidad, al narcisismo o a la salud. Sería injusto —y bastante pobre— desconocer todo lo que puede haber allí: disfrute, fuerza, descanso mental, sociabilidad, rehabilitación, exploración de los propios límites, conocimiento corporal. Para muchas personas, entrenar es también encontrar un tiempo propio en jornadas demasiado ocupadas, recuperar o persistir en una sensación de potencia y vitalidad, compartir una práctica con otros, habitar el cuerpo no solo como apariencia, sino como exploración de límites y de capacidades.

Sin embargo, el fitness condensa también una promesa particularmente seductora de nuestro tiempo: si el mundo se volvió demasiado incierto, al menos el propio cuerpo puede ser administrado. Allí donde el trabajo se intensifica, el dinero no alcanza, los vínculos se vuelven frágiles, el tiempo se fragmenta y la ansiedad se instala como una compañía cotidiana, el cuerpo parece ofrecer un territorio todavía gobernable. Se impone esta idea del rendimiento constante, la necesidad de transformar cada una de las porciones de tiempo disponibles de nuestro día en tiempo productivo. Lo que Byung-Chul Han (2012) denomina sociedad del rendimiento configura una escena en la que la exigencia ya no se experimenta necesariamente como una imposición exterior. El mandato de mejorar, rendir y sostenerse parece surgir del propio sujeto: cada cual se vuelve su propio jefe, su propio entrenador y, a la vez, su propia fuente de exigencia. Desde la perspectiva de la gubernamentalidad, Foucault (2007) permite pensar que no se trata solamente de disciplinar cuerpos desde afuera, sino de producir sujetos capaces de conducirse, evaluarse y optimizarse a sí mismos. En esa misma dirección, Laval y Dardot (2013) muestran cómo la racionalidad neoliberal extiende la competencia y la forma empresa a distintas esferas de la vida. Nadie me obliga a estar a las 06.15 en el gimnasio. Sin embargo, si a las 08.00 ya estoy pronta para ducharme y salir rumbo al trabajo, la sensación puede ser inmediata: ¡listo, día ganado! La disciplina autoimpuesta se vive como logro, pero también se in-corpora, es decir, se hace cuerpo. Produce una sensación de autonomía y eficacia, aunque puede devenir, al mismo tiempo, fuente de agotamiento.

En ese contexto, tal vez no podamos decidir sobre cuestiones estructurales como el salario, el alquiler, la estabilidad laboral u otros aspectos que se manifiestan en múltiples formas de malestar, desigualdad y violencia, pero podemos organizar una rutina, preparar una comida, contar nuestros pasos, aumentar una carga, medir nuestras horas de sueño y bajar un porcentaje de grasa. No se trata de una ilusión completamente vacía. En efecto, hay algo valioso en comprobar que una práctica sostenida modifica nuestras capacidades: que hoy podemos correr una distancia que antes parecía imposible, hacer un movimiento nuevo, recuperarnos más rápido, sentir menos dolor, dormir mejor. ¿Pero qué ocurre cuando lo que se convirtió en autonomía, sensación de potencia y bienestar comienza a transformarse en una obligación moral y una necesidad de consumo del propio cuerpo y de la energía vital; cuando ya no se entrena para sentirse bien, jugar, aprender o compartir, sino para demostrar(se) que se es suficientemente disciplinado?

El ideal fitness actual no exige únicamente entrenar. Exige registrar, medir, corregir, progresar. El cuerpo se vuelve un proyecto ¿un producto? que debe ser administrado con eficiencia: más fuerte, más ágil, más magro, más sano, más funcional, más joven. De modo que la exigencia del registro se vuelve condición sine qua non. ¿Acaso esas transformaciones obtenidas en términos de bienestar —subjetivo— son pasibles de registro? Las apps no tienen —aún— una casilla para indicar que aquel tramo para ir desde mi casa al trabajo en bicicleta ahora me parece más corto, para indicar que transpiro menos, para registrar que bailar me resulta menos exigente. El cuerpo que se transforma, pero no produce un registro, una cifra, un gráfico o un dato que avale esa transformación, es apenas considerado en esta lógica. Movimientos como el self-tracking o el quantified self (“autocuantificación” o “autoconocimiento a partir de datos” en su traducción literal)1 encuentran en el fitness contemporáneo un terreno fértil. Como señala Lupton (2016), el self-tracking no solo produce información sobre el cuerpo: también establece qué formas de conocimiento corporal adquieren valor. Lo medible, comparable y visualizable se vuelve evidencia; aquello que no ingresa en una cifra —el disfrute, una menor percepción del esfuerzo o una nueva confianza en el movimiento— corre el riesgo de quedar desatendido.La notificación del reloj por cumplir el desafío del día o el anillo que cierra sus círculos en la app del celular genera, a su vez, comparaciones y estimaciones respecto a la experiencia de otros usuarios. Así se genera una di-visión entre el cuerpo y la cifra. El cuerpo deja de actuar en primera persona y comienza a actuar en función de las cifras que arroja el dispositivo. Todo lo que el dispositivo no logra capturar corre el riesgo de quedar por fuera del registro y, con él, la valoración que organiza la experiencia. Y como todo proyecto sometido a la lógica de la mejora continua, nunca termina. No existe un punto de llegada estable. Siempre queda una carga más para levantar, una grasa que quemar, una postura por corregir, una comida que optimizar, una versión mejor de nosotros mismos por alcanzar. Es llamativo que incluso palabras aparentemente benignas —“bienestar”, “hábitos”, “salud”, “cuidado”— puedan adquirir un tono severo. Dormir bien deja de ser un derecho o una necesidad y se vuelve una tarea a cumplir; comer se transforma en cálculo; descansar debe ser estratégico, productivo, merecido. La pregunta ya no es únicamente cómo estamos, sino cuánto rendimos. ¿Cuántas horas dormiste? ¿Cuántos gramos de proteína? ¿Cuántos pasos? ¿Cuánto peso levantás? ¿Cuánto falta para la meta? La vida cotidiana empieza a leerse bajo la forma de un tablero de indicadores.

En esta lógica, el cuerpo no solo se cuida: se vigila. Se observa permanentemente en el espejo, en la balanza, en la cámara frontal, en la ropa que deja de entrar, en la comparación con cuerpos ajenos que aparecen incesantemente en redes sociales. El gimnasio contemporáneo no reproduce literalmente el panóptico, pero actualiza una de sus intuiciones: la posibilidad de ser visto puede bastar para inducir la autoobservación y la corrección de la conducta (Foucault, 2002). Así, la imagen corporal deja de ser una experiencia íntima y se vuelve una evaluación casi pública. Cada comida puede vivirse como mérito o fracaso; cada día sin entrenamiento, como una deuda; cada cambio corporal, como prueba de voluntad o de abandono. La paradoja es fuerte: prácticas que podrían ayudarnos a habitar mejor el cuerpo pueden transformarse, bajo la lógica de la exigencia permanente, en una nueva fuente de agotamiento. Incluso cuando el tiempo de entrenamiento es casi el único momento destinado a uno mismo —libre de cuidados, estudio o trabajo—, puede quedar capturado por la obligación de rendir. Descansar parece una falla; no entrenar, una culpa; envejecer, una derrota personal. Enfermarse, lesionarse o subir de peso dejan de ser experiencias humanas, complejas y atravesadas por condiciones muy diversas, para presentarse como signos de una disciplina insuficiente. El cuidado de sí deja de ser cuidado cuando se convierte en vigilancia ininterrumpida.

Este mandato tiene, además, una apariencia democrática que conviene discutir: parece afirmar que cualquiera puede cambiar si se esfuerza lo suficiente. Sin embargo, esa promesa se vuelve también una exigencia que señala. Todos deberíamos entrenar para compensar esas faltas —o fallas— de la vida cotidiana: los desajustes alimentarios, el exceso de estrés, los problemas posturales o el malestar emocional. Pero no todas las personas cuentan con el mismo tiempo, dinero, información, descanso, espacio ni seguridad para hacer de su cuerpo su templo. No es lo mismo planificar comidas y asistir al gimnasio cuando se trabaja ocho horas con horarios previsibles que cuando se sostienen dos empleos, se cuidan hijos o familiares, se viaja mucho tiempo en transporte público o se vive con dolor, cansancio y precariedad. Tampoco es igual entrenar por placer que hacerlo bajo el miedo a no encajar en una norma corporal.

La meritocracia corporal borra esas diferencias. Tiende a convertir resultados visibles en virtudes personales y dificultades corporales en fallas individuales. El cuerpo delgado, musculado, joven, descansado y disponible para entrenar aparece como evidencia de responsabilidad; el cuerpo cansado, gordo, lesionado, enfermo o fuera de forma queda fácilmente asociado a la falta de voluntad. Así, una desigualdad social puede transformarse en juicio moral sobre los cuerpos. La sensibilidad neoliberal no se limita a organizar la economía, claro está. Esta se expande hasta afectar cada esfera de la vida. El cuerpo allí se vuelve “capital humano” a administrar, revalorizar y posicionar en el mercado de la vida. Bajo esa gramática, los determinantes sociales de la salud —la vivienda, el trabajo, la movilidad, el acceso a una alimentación de calidad— se leen como frutos —o faltas— de mérito o esfuerzo personal.

Tal vez por eso el discurso del fitness encaja tan bien con el presente: usualmente, no promete cambiar las condiciones que producen agotamiento, sino ofrecer herramientas para gestionarlo mejor. Si vivís bajo estrés, meditá. Si no llegás a todo, organizate. Si te sentís mal con tu cuerpo, transformalo. Si el trabajo te consume, entrená para rendir más. Si sentís que no te da para entrenar más fuerte, elegí los alimentos que contengan más proteína (aun desconociendo para qué más proteína o cuál es la diferencia entre 5 g, 7 g o 10 g). Quizás no sea casual que las proteínas adquieran hoy un lugar casi obsesivo: prometen estructura, sostén y reparación en un tiempo en que las estructuras de la vida cotidiana —el trabajo, los vínculos, la vivienda, el futuro— se perciben cada vez más movedizas e inciertas. No se trata solo de nutrir el cuerpo, sino de la fantasía de darle forma, consistencia y dirección. En lugar de interrogar las formas de vida que nos cansan, se nos invita a convertirnos en administradores más eficientes de ese cansancio. No es casual que buena parte de la industria del bienestar hable el idioma de la empresa: objetivos, desafíos, rendimiento, resultados, constancia, progreso, productividad. El cuerpo se vuelve un pequeño emprendimiento que debe mostrar crecimiento continuo. Uno mismo se vuelve, al mismo tiempo, trabajador, entrenador, supervisor y producto. Como ha señalado Rose (1999), las formas contemporáneas de gobierno no operan necesariamente contra la libertad, sino a través de ella: al sujeto se le ofrece autonomía, pero también se lo vuelve responsable de gestionar los riesgos, los límites y los resultados de su propia vida. El éxito consiste en lograr que esa vigilancia parezca una elección libre.

Pero ninguna elección ocurre en el vacío. Deseamos cuerpos, rutinas y formas de vida que aprendemos a desear en un mundo que nos muestra, de manera insistente, qué cuerpos merecen ser vistos, admirados o reconocidos. Las redes no inventaron la presión estética, pero la volvieron más cotidiana, inmediata y cuantificable. En ese proceso, el data mining cumple un papel relevante: la cifra que registramos a partir de una sesión de entrenamiento se integra a otros datos, como los contenidos en los que nos detenemos, las cuentas que seguimos, las publicaciones con las que interactuamos y los videos que miramos. Procesados algorítmicamente, esos datos permiten que vuelvan a aparecer cuerpos, ejercicios, productos y estilos de vida semejantes, reforzando un imaginario de lo deseable. Ya no se trata solamente de compararse con una figura pública distante, sino también con compañeros de trabajo, amigos, entrenadores, influencers y desconocidos que convierten su transformación corporal en relato, evidencia y contenido. En esta etapa de la sociedad del espectáculo, en la que las relaciones sociales se encuentran crecientemente mediadas por imágenes (Debord, 1999), el límite entre lo público y lo privado se vuelve cada vez más difuso. La exhibición no se limita al resultado: también adquiere valor el proceso que lo produce —el entrenamiento, la comida, el sudor, la constancia y el esfuerzo—. Aquello que antes podía permanecer en el ámbito privado —la hora en que despertamos, el dolor muscular, la rutina de skincare, la preparación de cinco desayunos en cinco minutos para toda la semana— se convierte en contenido para todo público. Así, estas prácticas se inscriben en lógicas aspiracionales y meritocráticas: “si te lo proponés, lo alcanzás”, “si lo creés lo creás”, no pain, no gain.

En esa exposición constante, el cuerpo parece no tener derecho a permanecer igual o retroceder. Debe mostrar evolución. El “antes y después” se vuelve una forma privilegiada de narrar la vida: antes había desorden, después disciplina; antes había inseguridad, después autoestima; antes había un cuerpo equivocado, después uno correcto. Podríamos preguntarnos: ¿por qué este tipo de contenido genera tanto engagement? Ofrece la satisfacción narrativa de un arco completo. Villano (el sujeto que no se encargaba de sí y su cuerpo “anterior”), esfuerzo y triunfo; todo resumido en dos imágenes, claro está. Porque el contenido hoy debe ser lo suficientemente espectacular y llamativo, pero lo más literal y rápido posible para poder comprenderlo. El speedwatching trascendió la pantalla del celular; hoy es modo de vida. Esta economía tiene un costo: reduce al máximo una experiencia mucho más larga, ambigua, contradictoria, al tiempo que construye en torno a ese otro cuerpo aquello a repudiar en público frente a la legitimación del cuerpo actual. Esa narrativa simplifica demasiado. Los cuerpos no avanzan en línea recta. Cambian, se estancan, se lesionan, envejecen, responden de formas imprevisibles. Hay semanas en que se puede entrenar y otras en que no; momentos de entusiasmo y momentos de cansancio; épocas de expansión y otras de repliegue. La vida no es una curva ascendente de rendimiento.

Tal vez una relación más amable con el entrenamiento empiece por aceptar esto: el cuerpo no es un objeto que poseemos desde afuera ni una máquina averiada que debe ser reparada sin descanso. Somos cuerpo. Como sugiere Deleuze (2009), ni siquiera sabemos del todo qué puede un cuerpo. Vivimos el cansancio, el dolor, el placer, el deseo, la vergüenza, la fuerza y la vulnerabilidad desde él. Por eso, cuidarlo no debería significar someterlo a una auditoría permanente, sino aprender a escucharlo también cuando no responde a nuestras exigencias. Que el cuerpo nunca termine no significa que esté condenado a una insatisfacción sin salida. Todo cuerpo vivo cambia, aprende, pierde y gana capacidades, se adapta, se sorprende a sí mismo. La posibilidad de mejorar, de sostener una búsqueda exigente o de ir más allá de lo que hoy parece posible puede ser una forma de afirmación de la vida, no un síntoma de sometimiento. La diferencia decisiva está en si ese proceso expresa un deseo propio y una potencia que se expande, o si se vive como una deuda interminable: no como la alegría de seguir practicando, aprendiendo, sino como la obligación de no ser nunca suficiente.

Entre moverse y entrenar no hay una oposición tajante, sino distintos grados de deliberación y compromiso con una práctica. Moverse puede ser una forma cotidiana de habitar el cuerpo, encontrarse con otros o simplemente despejar la cabeza. Entrenar, en cambio, suele implicar sostener un proceso más específico: repetir, corregir, medir, atravesar dificultades y aceptar cierta exigencia para aprender una habilidad o alcanzar un objetivo que todavía no se domina. Esa búsqueda puede ser profundamente valiosa, incluso cuando demanda esfuerzo, constancia y renuncias. No hay nada problemático en querer progresar, competir o ponerse una meta alta, ni en que el cuidado y la disciplina corporal formen parte de una ética personal. Para muchas personas, entrenar puede ser una fuente de sentido, una forma de construir carácter y de orientar la propia vida. El quid de la cuestión aparece cuando esa elección se presenta como una obligación universal para todas las vidas o cuando el estado del cuerpo se usa para juzgar el mérito, la voluntad o el valor de quienes viven bajo otras condiciones, tienen otros deseos o persiguen otros fines.

Frente a este mandato, y ante la expansión de las “grandes superficies de entrenamiento” —cadenas con sucursales en distintos puntos del país y del mundo— y de los “centros de entrenamiento inteligente”, disponibles a toda hora, conviene advertir que no todos los espacios de entrenamiento producen exactamente la misma experiencia. El gimnasio de barrio tampoco está por fuera de las lógicas de rendimiento, estética y disciplina, pero puede sostener una escala diferente: el reconocimiento entre quienes entrenan, el vínculo cotidiano con quien enseña, la conversación sobre los objetivos, los límites y los procesos singulares de cada cuerpo. La diferencia no está necesariamente entre un espacio bueno y otro malo, sino entre un modelo cada vez más estandarizado, automatizado y orientado al consumo, y prácticas más situadas, donde entrenar puede seguir siendo también aprender, compartir y construir comunidad. No se trata de rechazar la métrica, los objetivos o la intensidad, sino de devolverles su lugar de herramientas: que una carga, una marca o una transformación corporal no funcionen como un tribunal sobre la vida de una persona. ¿Es posible entrenar intensamente sin convertir el cuerpo en un balance que hay que cerrar en positivo todos los días? ¿Puede una meta corporal convivir con el descanso, los vínculos, el placer y los límites?

Pensar críticamente el fitness no implica despreciar ni negar la alegría de volverse más fuerte, más hábil o más capaz. La fuerza, la técnica y la constancia pueden ampliar la vida; también pueden dar dirección, confianza y comunidad. La pregunta es qué tipo de relación con nosotros mismos y con los demás produce esa práctica. ¿La rutina nos da energía o nos deja endeudados con una versión imposible de nosotros mismos? ¿Buscamos salud, potencia y aprendizaje, o perseguimos una imagen de control absoluto? ¿Podemos disfrutar del progreso sin convertirlo en una obligación de mejora infinita?

Quizás el desafío sea entrenar sin quedar entrenados por el mandato de perfección. Reconocer que la fuerza a veces consiste en exigir más, sostener un proceso difícil y atravesar la frustración; pero que otras veces consiste en detenerse, descansar, pedir ayuda, comer sin culpa, aceptar una pausa o renunciar a la comparación. Frente a la promesa de un cuerpo perfectamente gobernable, tal vez convenga defender un cuerpo vivo, contingente, vulnerable, cambiante y necesariamente incompleto: un cuerpo que no necesita terminar de mejorarse para merecer cuidado.

Notas al pie

1 Ambos se configuran como movimientos creados a partir de ingresos e interacciones en blogs virtuales en donde se fomenta la incorporación de tecnologías para registrar datos producto de nuestras acciones cotidianas.

Referencias bibliográficas

Debord, G. (1999). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos.

Deleuze, G. (2009). Spinoza: filosofía práctica. Tusquets Editores.

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI Editores.

Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979) (H. Pons, Trad.; M. Senellart, Ed.). Fondo de Cultura Económica.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi & A. Ciria, Trads.). Herder.

Laval, C., & Dardot, P. (2013). La nueva razón del mundo: Ensayo sobre la sociedad neoliberal (A. Díez, Trad.). Gedisa.

Lupton, D. (2016). The quantified self: A sociology of self-tracking. Polity.

Rose, N. (1999). Powers of freedom: Reframing political thought. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9780511488856

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