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Rotos, proteicos y personalistas

Es cuestión de darse una vuelta por cualquier cuenta de Instagram o intercambiar con nuestro…

Es cuestión de darse una vuelta por cualquier cuenta de Instagram o intercambiar con nuestro círculo más cercano para advertir que pululan las recetas fit, la insistencia en comer por día unos 0,75 gramos de proteína por cada kilo corporal, ingerir electrolitos, practicar de forma religiosa algún tipo de deporte o ir diariamente al gimnasio. En la vuelta de las redes y en las vueltas de la vida real (si es que aún existe tal distinción), también se nos insiste en evitar las grasas trans, tomar litros y litros de agua, “conectar con uno mismo” y “reír, amar, vivir”. Todas esas acciones tienen un denominador común: la soledad que nos atraviesa a cada uno de nosotros.

Lidiamos con nuestra individualidad de una forma angustiante. Llenamos espacios en nuestras agendas con prácticas que rozan lo obsesivo o se parecen a obligaciones o al goce, lejos del deseo. Hacemos lo que se nos impone con una máscara de placer. Nos obligamos a mantener una vida social activa y nos embutimos con planes poco socializantes. Cuando nos juntamos, somos archipiélagos. Pequeñas islas que nos ponemos alrededor de algo (una plataforma para ver una serie, un partido de fútbol o una comida, pero todos ensimismados). Sólo contamos con nuestra individualidad. Vamos con nuestro sentido del yo insularizado a donde sea: a la feria, de vacaciones con nuestros amigos, familia o pareja. Pero siempre solos. Somos muy incapaces de encontrarnos y reconocernos con otros iguales porque algo se rompió dentro nuestro y, también, dentro de los demás.

Esta situación, bastante trágica para la vida colectiva como requiere la especie humana para su subsistencia, hunde sus raíces en el modelo económico imperante. Es decir, esta aparente soledad elegida, de la que decimos disfrutar y de la que nos arrogamos cierto orgullo (porque además de trabajar más de 10 horas al día podemos llevar una dieta saludable y entrenar), es el síntoma de algo mucho más profundo. Es decir, este modo de vida healthy, fitness, detox, low carb, responde a dinámicas que están encastradas en la construcción misma de nuestra sociedad y por eso no es un fenómeno natural o espontáneo y mucho menos una decisión autónoma: responde a causas económicas, políticas y culturales.

Así entendidos, el despliegue de estos estilos de vida tiene consecuencias en las esferas económicas, culturales y políticas (si es que existen en ámbitos o espacios separados). Es decir, estos modos de vida se originan de y derivan en consecuencias sociales complejas, más allá de que sean presentados como decisiones individuales. Podemos ir solos al gimnasio, decidir una vida sin harinas, bregar por una dieta keto, pero todo esto responde a algo más.

En estos párrafos intentaré desarrollar algunas ideas sobre las causas económicas de la emergencia de estos healthy lifestyles, y también procuraré pensar algunas de sus consecuencias políticas. Es, sí, un análisis sesgado, miope y seguramente equivocado porque los sucesos que busco interpretar están ocurriendo ahora. Sin embargo, también es una forma de aproximarse a fenómenos muy complejos con cierta hidalguía. Para no salir tan malherida, hay que saber qué batallas dar. Y yo elijo identificar al neoliberalismo como el responsable y a la política tradicional y sus instituciones (partidos políticos, sindicatos, academia y universidades) como herramienta absolutamente impotente para dar respuestas a la altura de las circunstancias. De hecho, la política se ha vuelto responsable, también, de ser un espacio canalizador de esos comportamientos, en tanto ofrece rutas de salida marcadas por la individualidad (personalismo político), violencia y vacío ideológico.

Pero vayamos en orden. Primero, hablemos del neoliberalismo y luego de las consecuencias políticas. Por último, tratemos de ver al mundo fitness como un fenómeno que responde a causas económicas y encuentra en la política canales para viabilizar y legitimar las rajaduras que arrastra desde “lo económico”. Ahora bien, podemos hacer esas distinciones en términos teórico-analíticos, pero en la vida cotidiana, todo está más pegado, recíprocamente influenciado y atiborrado.

En definitiva, lo que quisiera es, en última instancia, tratar de comprender, primero, por qué muchas y muchos se sienten interpelados por el discurso fitness y, segundo, cómo ese estilo de vida se asocia a fenómenos de fragmentación social que derivan en salidas políticas autoritarias. ¿O acaso ser parte de la machósfera1 no tiene que ver con el gimnasio, la proteína, ser dueño de tu propio destino y apoyar a candidatos ultraconservadores o de derecha radical? ¿O el auge de las tradwife2 no se asocia a la comida sana y hecha en casa y un retorno al espacio del Oikos (Fraser, 1991) de la mujer como una forma de resolver la crisis pública de los cuidados? Allá vamos.

Solos y sanos

Sí, el responsable es el neoliberalismo. Pero ¿cómo puede ser? ¿Qué tiene que ver el neoliberalismo con consumir más proteína o salir reventado de una clase de crossfit o super estirada de una sesión de pilates reformer? Decime ¿qué tiene que ver el neoliberalismo con evitar salidas y reuniones con amigos, familia o pareja porque al otro día corres 85 kilómetros en subida? Si nosotros entendemos al neoliberalismo como algo más que la fase actual del capitalismo y pasamos a comprenderlo como una racionalidad política (Brown, 2006; Foucault 1988) que supone una organización específica y consecuente de la sociedad, el sujeto y el Estado, veremos que todo se relaciona. Individuo y subjetividades, instituciones, economía y política.

En otras palabras, el neoliberalismo es una forma de razón que exporta la racionalidad del mercado hacia esferas que trascienden lo estrictamente económico. Es decir, empezamos a pensar como empresa aquello que no lo es. Medimos nuestra vida en términos de éxitos económicos, cambiamos derechos por méritos y rendimientos, mutamos satisfacciones por la persecución del éxito. Para ello competimos, con otros y con nosotros mismos. Lo interesante es que esta forma de plantear la vida y transitarla, se presenta como despolitizada, desideologizada. Sin embargo, es una vida politizada de forma hiperbólica (Brown, 2016 y 2018). Como una especie de caricatura de la política. Una hiperpolítica.3 (Sloterdijk, 2020/1994; Jager, 2026).

Pero vamos paso a paso. Dijimos que el neoliberalismo es una forma de razón política y económica que, por consiguiente, articula los sentidos que construimos y otorgamos –individual y colectivamente– a lo político, a lo social, a lo económico, a la idea de sujeto, de familia, de ocio, de cuerpo (sano o enfermo), de arte, ciencia, etc. Esa forma de mercantilizar la vida, “pasar a cobre” todos y cada uno de los planos, aunque no existan billetes ni monedas de cambio, es lo que sostiene y alimenta a la razón neoliberal, al tiempo que nos atrapa en nuestra propia baldosa bajo el entendido de la potencia de una interpretación exacerbada de la libertad negativa (Berlin, 1958).

En otras palabras, el neoliberalismo resignifica a las esferas de lo social y de lo político como espacios dominados por preocupaciones de mercado al tiempo que las organiza bajo su racionalidad de competencia y maximización de ganancias o beneficios. En el caso del Estado, por ejemplo, más que habilitar y facilitar el surgimiento y desarrollo de transacciones económicas (una versión del liberalismo económico de laissez-faire), el Estado mismo se erige en términos de mercado (desarticulando, por ejemplo, las nociones de distribución de bienestar basadas en derechos) y, por ende, promueve una cultura que va en el mismo sentido. Postula y defiende acciones explícitas e implícitas para representar a los ciudadanos como actores económicos racionales y maximizadores de ganancias en todas las esferas de la vida. El ciudadano emprendedor. Así planteados, los ciudadanos individualizados son capaces de “alcanzar lo que se proponen” a costa de lo que sea: otros ciudadanos o su propia vida.

Nos resulta más sencillo ver las consecuencias del neoliberalismo en los grandes movimientos o acciones: en los arreglos regulatorios que promueven (o facilitan) la flexibilización y privatización de ámbitos como la seguridad social, la educación, la salud o el ocio reglamentado (los gimnasios, por ejemplo). Pero también es evidente ver cómo la racionalidad política neoliberal construye criterios de gobierno en la misma línea de productividad y renta. Como dice Brown (2006), la política se convierte en el espacio propio de los empresarios que reemplazan a los abogados como la clase gobernante o tipo ideal de político de las decimonónicas democracias liberales. Las normas empresariales desplazan a los principios jurídicos y los brokers son nuestros nuevos gurús ideológicos.

El gran éxito del neoliberalismo, entonces, es habernos roto como sociedad, como totalidad orgánica, como cuerpo político (Hall, 1988). El neoliberalismo nos atomizó en un doble sentido. Por un lado, nos separó, nos desarticuló y nos aisló y justamente en esa desarticulación del cuerpo social, nos presentó como emprendedores y consumidores de nuestra propia vida. Al ser “dueños de nuestro propio destino” no hay estructura social ni política que aguante. Por otro lado, nos ensimismó en nuestra subjetividad, nos individualizó con publicidades super ajustadas a supuestas necesidades a través de algoritmos que pulverizan nuestra identidad ciudadana relacional. Transmutamos autonomía moral por “autocuidado”, responsabilidades colectivas por hedonismo y narcisismo. Ahí, justamente ahí, el auge de los estilos de vida saludables se vuelve un tema político porque deja de ser una decisión individual y pasa a ser una dimensión de penetración del neoliberalismo que involucra al colectivo.

El mundo fitness, proteico, hipocalórico y botoxeado es el de la racionalidad de mercado que refleja un profundo desprecio por los compromisos democráticos. Es decir, a medida que se despolitizan los espacios, el yo emprendedor (de mi cuerpo, de mi negocio, de mi futuro) se exacerba el derecho natural a la desigualdad que tanto respetan los liberales y neoliberales. En ese archipiélago de seres desiguales por naturaleza, ¿qué papel puede jugar la democracia con su compromiso formal de igualitarismo? Ninguno. Bajo este esquema, la democracia queda limitada a una fórmula procedimental, carente totalmente de capacidad de fuego.

Lo paradójico es que el neoliberalismo presenta al mundo fitness despolitizado, desideologizado. Con justicia quienes están leyendo se preguntarán ¿qué tiene que ver la frase “tu cuerpo, tu templo” con lo que venimos hablando? Justamente, con el repliegue absoluto del sujeto en su propio yo. El sujeto se limita a sus propios límites. Existe, sí, pero hasta ahí: hasta dónde se puede estirar, hasta cuánto peso puede aguantar o hasta cuándo puede correr sin cesar. Existe, sin involucrar al otro. Y cuando eso sucede, cuando el otro se marcha de la ecuación, la potencia política del sujeto desaparece y, por ende, del ciudadano. Tenemos un sujeto super potente levantando pesas, pero totalmente imponente en términos políticos porque no se reconoce en otro y porque ya no cuenta con otro espacio institucional donde canalizar los padeceres colectivos. Retomaré este punto en algunos párrafos.

Es decir, es el eslabón más fuerte en la cadena de desarticulaciones que el neoliberalismo promueve. El cuerpo del sujeto, escindido del cuerpo social, es un espacio de experimentación fabuloso para el neoliberalismo y todas sus tecnologías de optimización corporal. Allí se despliegan cientos de miles de herramientas técnicas y materiales propias del biopoder, artilugios discursivos y simbólicos que los seres humanos han desarrollado a lo largo de los siglos para intervenir en sus cuerpos con fines de “mejorarlo”, optimizar el rendimiento y/o evitar el envejecimiento.

El sujeto así, separado de las estructuras que alguna vez lo contuvieron se convierte en un espacio ideal para la experimentación política. Ahora bien, para poder entender eso, es imprescindible que dejemos de considerar a las prácticas que se despliegan a partir del fitness, y toda la serie de derivaciones que se crearon para estar en forma, como decisiones individuales o “planes hechos a medida”. En esos estilos de vida que, supuestamente, se hacen ajustados a las necesidades irrepetibles de los individuos, se representa y reproduce buena parte de nuestra subjetividad política contemporánea. Pero, además, reimprime la antigua explotación. Bajo la expresión de un ejercicio de libertad individual, la moda fitness reproduce las pretéritas formas de extenuación física del trabajo industrial y manual a destajo. Digamos todo.

El punto es que, si ignoramos que el auge del crecimiento de los gimnasios, la multiplicación de runners, la proliferación de centros que promueven la formación rápida de personal trainers y la generalización de proteínas en alimentos son algo más que indicadores del boom por lo saludable y vida eterna, estamos fritos. En grasa, además. Si sólo nos quedamos con esa dimensión aparente, no podremos comprender cuánto de nuestro futuro político colectivo, si es que aún queda algo de eso, se juega allí.

La propuesta es aproximarnos a ese fenómeno, en términos políticos. Para ello, podemos retomar el planteo que hace Davies (2016). El autor argumenta que, ante la precarización de todos los ámbitos de la vida, aquellos individuos económicamente sustentables canalizan sus demandas de seguridad hacia el cuidado extremo de su cuerpo. Y como corolario se articula con un fenómeno más complejo que transforma bienestar físico y psicológico con control político. Es decir, ese malestar social se individualiza cuando se presenta como un problema “médico” o “nutricional”. Allí se neutraliza la protesta ciudadana porque “cada cuerpo es un mundo” y “los planes son a medida”, lo “funcionó conmigo, es probable que con vos no funcione”, “consulta a tu médico”.

El mundo fitness no se limita a prometer salud. Construye “mentalidad de tiburones” y por ende, sentidos de pertenencia. Moverse, entrenar, salir de la zona de confort, autoexigirse, autocontrolarse a ciertos consumos y “excesos” es una forma muy evidente de disciplina.4 En esta construcción, hay cuerpos y personas que no sólo se ven más fuertes y sanos, sino que son constituidos como moralmente superiores. Y eso genera una presión para esos cuerpos y para los que no lo son. En esa inseguridad y desconfianza, también gana el mercado, porque cuanto más inseguros nos sentimos, más consumimos y más nos alejamos de otros. Solos, inseguros, pero fuertes.

Ni que hablar de los efectos que estas operaciones tienen sobre la discriminación y la aproximación a la clase social. La vida fitness es un marcador de clase y de desigualdad. No todos podemos comprarnos la última proteína ni el último champión, no todos podemos pagar un gimnasio ni un nutricionista, pero todos estamos solos cargando con la angustia de sabernos así, sin salida colectiva.

Solos y personalistas

Desde esa angustia y soledad, desde ese dolor individual que podría encontrar cajas de resonancia en otros sujetos si nuestro individuo no estuviera tan ensimismado, el cuerpo social se aja. Se potencia la individualidad resentida con lo público y, por ende, con la política. Allí, en la cárcel que ofrece la libertad negativa, no queda otra salida que depositar lo poco que nos queda de confianza en alguien como uno: en algún político personalista que diga que va a resolver mis problemas ahora. No importa cómo, pero lo hará. Si es exterminando al ambiente, al otro o a ambos, mejor. Porque el futuro es ahora, mi cuerpo es mi decisión y lo personal es político.

Esa última frase, que fue guía de la segunda ola del feminismo, sirvió sustantivamente para mostrar que problemas que parecían domésticos y que poco tenían que ver con el mundo de lo político o de la esfera pública, necesitaban de su politización para traducirse en decisiones y acciones de política pública para su resolución. Sin embargo, el auge de la ética individual y de la razón neoliberal que nos atraviesa, pervirtió ese concepto: lo dio vuelta y como un boomerang ahora sirve para volverse en contra de lo que originalmente había pregonado. Ahora, lo político es pura y exclusivamente lo personal (Fraser, 2026; Featherstone, 2022).

En ese giro, hemos hiperpolitizado nuestra vida. Todo es un ícono al que rendirle tributo vacío dentro de una cultura del consumo frenético y la razón neoliberal. Así, es lógico –¿y hasta natural?– que un candidato a presidente venda su programa político desde dentro de un gimnasio. Es un momento impotente de la política, porque como reflexiona Jager (2026) si bien “todo está permitido, nada es posible” porque sólo somos un puñado de individuos desarticulados, incapaces de volverse multitud transformadora, haciéndole frente a grandes problemas: desigualdad económica, violencia policial, crisis climática.

¿Cómo salimos de esta situación por izquierda? Primero deberíamos asumir que buena parte de la cultura política de izquierda pasó a la historia. Segundo, tenemos el desafío de llenar el vacío que deja la muerte de un proyecto al que nunca se amó demasiado (democracia liberal) y reajustar drásticamente la crítica y visión en términos de subjetividades individuales y colectivas.

1

Este término se popularizó a fines de 2025 y principios de 2026. Hace referencia a comunidades en línea que promueven definiciones reducidas y conceptos limitados y agresivos sobre lo que significa ser hombre. Además, en esos círculos suelen difundirse ideas falsas sobre el feminismo y la igualdad de género. En esos circuitos de usuarios se fomenta la creencia de que el control emocional, la riqueza material, la apariencia física y la dominación masculina sobre las mujeres, son indicadores del valor de un hombre. A propósito, recomiendo leer ¿Qué es la machosfera y por qué debe importarnos? La misoginia en línea también existe – Núcleo News y ver el documental Dentro de la machósfera, disponible en Netflix.

2

Un movimiento emergente en redes sociales en los últimos diez años, integrado por mujeres jóvenes que se dedican a mostrar cómo hacer pasta casera, cómo criar hijos a partir de conocimientos tradicionales para ser una ama de casa adecuada.

3

Se asemeja a un estado de aparente politización extrema de todos los temas y asuntos, pero sin los marcos de la política.

4

“La vidriera de los cuerpos imposibles: el fitness y la cultura del hiperconsumo”


Bibliografía

Berlin, Isaiah (1958). Two Concepts of Liberty. Oxford University Press.

Brown, Wendy (2006). “American Nightmare. Neoliberalism, Neoconservatism, and De-Democratization” Political Theory, Vol. 34, N° 6, pp. 690-714.

DOI. 10.1177/0090591706293016

Brown, Wendy (2016). El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo. Barcelona: Malpaso.

Brown, Wendy (2018). En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Madrid: Traficantes de Sueños, Futuro Anterior y Tinta Limón.

Davies, William (2016). La industria de la felicidad. Barcelona: Editorial Malpaso, 2016.

Featherstone, Liza (2022). “Lo político no es personal”, Revista Jacobin, 22 de marzo de 2022, https://jacobinlat.com/2022/03/lo-politico-no-es-personal/

Fraser, Nancy (1991). “Lucha por las necesidades: esbozo de una teoría crítica socialista-feminista de la cultura política del capitalismo tardío”, Debate Feminista. Pp. 3-40

DOI. 10.22201/cieg.2594066xe.1991.3.1493

Foucault, Michel (1988). “Politics and Reason,” in Michel Foucault: Politics, Philosophy, Culture: Interviews and Other Writings, 1977-84, ed. L. Kritzman. New York: Routledge.

Hall, Stuart (1988). The Hard Road to Renewal. New York-Londres: Verso.

Jager, Anton (2026). Hyperpolitics: Extreme Politicization without Political Consequences. Verso Books.

Sloterdijk, Peter [2020 (1994)]: En el mismo barco. Ensayo sobre la hiperpolítica. Madrid, Siruela. Disponible en: https://archive.org/details/sloterdijk-peter.-en-el-mismo-barco.-ensayo-sobre-la-hiperpolitica-ocr-2002

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