El mundo camina a paso firme hacia una redefinición de los equilibrios globales como pocas veces ha ocurrido. Se dice que estamos ante el fin del orden basado en reglas que emergió de la Segunda Guerra Mundial, pero el terremoto pareciera ser incluso más profundo. Como sea, la geopolítica se ha puesto en el orden del día y ya es imposible pensar el quehacer político desde una mirada exclusivamente nacional. El lente con el que miramos los acontecimientos internacionales no escapa a la lógica del espectáculo, o a una forma de lectura débil e ingenua basada en los perfiles de los grandes hombres o las rivalidades entre ellos. Pero si hay algo que sabemos es que la geopolítica no va de ideologías, sino de recursos y espacios vitales, y que responde a una lógica que trasciende el corto y el mediano plazo y requiere de una mirada larga para ser entendida. En lo que sigue colocamos algunos puntos que consideramos claves para el abordaje del actual escenario geopolítico.
1. La confrontación entre potencias marítimas y potencias terrestres
Al leer a los principales teóricos de la geopolítica —Mackinder, Mahan, Spykman, Brzezinski— hay un hilo que los recorre a casi todos: la geopolítica se ordena en clave de un gran conflicto entre potencias de carácter marítimo —primero Inglaterra, luego Estados Unidos— contra potencias de influjo terrestre. El conflicto mundial por el gran tablero, en palabras de Brzezinski, es el control de la gran isla mundial, es decir, el control de Eurasia, desde donde puede emerger una potencia terrestre con la fuerza suficiente para desafiar el dominio global que ejerce la potencia marítima.
Para Halford Mackinder (1861-1947), la clave del asunto era el control del Heartland, la masa terrestre del corazón de Eurasia, en gran medida superpuesta con Rusia. Y para el control del Heartland, la clave era el dominio de su flanco más débil: Europa del Este. Quien dominara el Heartland dominaría la isla mundial, y quien dominara la isla mundial dominaría el mundo. Para este autor, toda entidad política que emergiera de esa zona geográfica tenía un denominador común: de ahí que a la URSS la llamara "Imperio zarista jacobino".
Alfred Mahan (1840-1914), teórico estadounidense del poder naval, señalaba que las repúblicas situadas al sur de Rusia conforman la "zona discutible" de Eurasia, es decir, el espacio sobre el cual hay que ejercer presión para mantener controlada a la potencia terrestre.
Más adelante, Nicholas Spykman (1893-1943) desarrolla la teoría del Rimland, argumentando que la clave de la geopolítica no es tanto el control explícito del Heartland, sino su envolvimiento mediante el control del "anillo continental": la circunvalación que va desde los países del Mar Báltico hasta la Península de Corea, rodeando tanto a Rusia como a China.
Cuando Zbigniew Brzezinski escribe El gran tablero mundial plantea fundamentalmente tres cosas: primero, que Eurasia es el tablero clave del poder mundial y quien logre predominio allí tiene una posición dominante a escala global; segundo, que Estados Unidos debe evitar que emerja un competidor capaz de controlar Eurasia —por ejemplo, una alianza fuerte entre Rusia, China y/o Europa—; y tercero, que hay países que, sin ser grandes potencias, son estratégicamente decisivos por su ubicación —los llamados "estados pivote", como Ucrania, Turquía o Irán—, cuyo control o influencia altera el equilibrio regional.
2. La Segunda Guerra Mundial y el estrangulamiento de Europa
La Segunda Guerra Mundial en su teatro europeo —que fue fundamentalmente una guerra del frente oriental, donde se dispuso la enorme mayoría de las divisiones alemanas en su enfrentamiento con la Unión Soviética— fue, en cierto modo, el último intento de una potencia europea por romper el estrangulamiento geopolítico, al que estaba sometida esta pequeña península de Eurasia, definida por el propio Mackinder como una "excrecencia occidental" del supercontinente euroasiático. Estrangulamiento que venía desde el oeste por la emergencia de la nueva potencia marítima (EUA) y por el este, por el flanco ruso, la potencia del Heartland.
La expansión de Alemania hacia el este, ya anunciada en Mein Kampf, era el intento de consolidar un espacio vital que diera sostenibilidad al poder terrestre alemán: guarecerse y reproducirse en los recursos y la vastedad del Heartland. Las llanuras ucranianas como base agrícola, el Cáucaso como base energética, el espacio siberiano como reserva de materias primas industriales a escala continental. Una Alemania que controlara ese espacio sería autárquica, independiente del bloqueo marítimo británico que la había asfixiado en la Primera Guerra Mundial.
Para una potencia como Alemania, confinada a un área geográfica reducida para la nueva escala continental de los Estados y cercada al norte por la combinación del poder marítimo inglés y estadounidense, no había otra salida para consolidar su poder que la expansión hacia el este. Desde Mackinder, el Heartland euroasiático es la clave del poder mundial. Una Alemania que lo controlara reuniría el poder industrial del Rimland europeo con los recursos del Heartland ruso. Con los recursos soviéticos, podría enfrentar a Gran Bretaña y a Estados Unidos indefinidamente. Sin ellos, estaba condenada a perder una guerra larga.
El plan era una guerra relámpago de tres a cuatro meses que derrumbara a la URSS antes del invierno, tomara el petróleo del Cáucaso y el trigo de Ucrania —energía para la máquina industrial-militar y energía alimentaria para la infantería— y desde allí Alemania negociaría desde una posición de fuerza absoluta.
El fin de la Segunda Guerra Mundial termina con la rendición incondicional de Alemania y transmuta lo que había sido la proyección de poder alemán sobre la cadena de estados frontera en la proyección del poder soviético sobre ese mismo espacio con la formación de las repúblicas populares de Europa del Este. Por otra parte, otro resultado de la Segunda Guerra Mundial es el desplazamiento de la frontera militar de la nueva potencia marítima dominante, Estados Unidos, hasta Alemania Occidental, Corea del Sur y Japón: todas zonas que pasan a estar virtualmente ocupadas por el ejército estadounidense, conteniendo la proyección de poder de la Unión Soviética y rodeándola por sus flancos. Japón e Inglaterra cumplen la misma función: dos portaaviones gigantes que custodian Eurasia por sus dos flancos principales.
No es casual que hoy, tras cuatro años de guerra, en Ucrania se combata a menos de 200 km de Stalingrado, donde se dirimió en gran medida el capítulo europeo de la Segunda Guerra Mundial. La pérdida de Ucrania para Rusia significa su asfixia geopolítica: la de una potencia terrestre que ya no tiene salida a mares cálidos ni puede proyectar poder sobre Europa del Este.
Lo que viene después de la desintegración de la URSS es la expansión sostenida de la OTAN hasta la frontera rusa, hasta alcanzar incluso a los países bálticos, Suecia y Finlandia y transformando al Mar Báltico, crucial para la soberanía rusa, prácticamente en un “lago de la OTAN”. La guerra de Ucrania es el intento de Rusia por contener la asfixia geopolítica de la OTAN y mantener su salida a los mares cálidos.
Lo que ocurre luego del fin de la Guerra Fría es la incorporación progresiva de la península europea como una cuña del poder marítimo estadounidense sobre el poder terrestre de Eurasia.

De cualquier modo, este ya parece un conflicto viejo, porque la nueva confrontación es el intento por frenar el desarrollo de China como nuevo contendiente global para la alianza del poder marítimo del Atlántico Norte.
3. La nueva división del trabajo y el nuevo marco del conflicto geopolítico
La clave del nuevo conflicto geopolítico —el que empieza a definir el siglo XXI— es, no podría ser de otro modo, el resultado de una reconfiguración de la división internacional del trabajo que comienza a emerger en el último tercio del siglo XX. Por decirlo de forma simple: tiene que ver con la relocalización de la industria mundial hacia el sudeste asiático primero, y luego hacia China, aprovechando en un primer momento la amplia disponibilidad de fuerza de trabajo barata y disciplinada para realizar la parte más simple de la cadena de manufactura mundial.
Del ascenso de China no sorprende solamente el volumen que pone en juego —dado su brutal caudal demográfico— sino la velocidad de su progresión. Veamos un solo indicador: el peso de sus exportaciones industriales en el mundo. En 1990, las exportaciones industriales chinas representan cerca del 2,5% del total mundial. Para 2015 ya superan el 15%. Su excedente industrial —es decir, el balance entre lo que compra y vende en términos industriales al resto del mundo— ha crecido de forma continua en las últimas dos décadas y actualmente equivale a dos veces el PBI argentino y a medio PBI anual de Brasil.


Hay otro indicador relevante: el desplazamiento de Estados Unidos como principal socio comercial del mundo. Hacia fines de los años noventa, EUA dominaba el comercio mundial en relación con China. Hacia 2024, la situación es exactamente la inversa: China ocupa ese lugar en la mayor parte del planeta, y de manera particularmente contundente en América del Sur, donde su flujo comercial con el resto de los países supera al de Estados Unidos.


Como se visualiza en el gráfico siguiente, el despliegue militar estadounidense responde básicamente a la necesidad de mantener cercada, por sus dos flancos, la proyección de poder que emana del continente euroasiático.

Si miramos en el largo plazo, el esfuerzo militar estadounidense hasta la caída del Muro de Berlín se centró en la frontera alemana frente a la Unión Soviética y, esporádicamente, en el sudeste asiático —Japón, Corea del Sur— y en la guerra de Vietnam. Desde los años 2000 en adelante comienza a cobrar protagonismo la incursión directa en Medio Oriente: la segunda guerra del Golfo y la guerra de Afganistán. A este gráfico, que llega hasta 2020, habría que agregar la guerra en Ucrania y el reciente conflicto entre Israel e Irán.

Pareciera que esta nueva división internacional del trabajo, cuyo protagonista es China, y que acelera un proceso de sobreproducción de capitales y mercancías, comienza a tensar crecientemente en la dirección de una resolución militar de ese problema —lo que se observa en un incremento sostenido del gasto militar a escala global, pero también en el retorno de las políticas industriales: los grandes Estados intentan disputar los espacios globales de producción de bienes transables mediante subsidios, aranceles y protecciones que el orden liberal previo había declarado ilegítimos. La guerra comercial que libra hoy la administración Trump no es una anomalía ni una excentricidad: es la expresión más visible de este proceso. Pero guerra comercial, aumento de las políticas industriales y aumento del gasto militar, parecen componentes de un mismo paquete: nuevas formas que adopta la competencia por el mercado mundial.

China, sin una armada capaz de desafiar el poder de la alianza militar entre Estados Unidos y Japón, no tiene otra alternativa que emprender una "marcha hacia el oeste" para seguir ampliando su poder terrestre sobre una zona donde el poder estadounidense está sobreextendido. Dicho de otra forma: China no puede ganar la batalla del Pacífico frente a la Marina norteamericana en el horizonte próximo. Entonces construye un sistema paralelo de conectividad terrestre a través del proyecto de la Nueva Franja y Ruta de la Seda.

4. Irán, el quiebre del triángulo de Heartland y del eje terrestre euroasiático
Puesto así el panorama, la actual guerra en Irán parece tener una trama más grande detrás y se encadena con una serie de guerras y acciones militares desplegadas en esa zona de frontera entre las potencias marítimas y las potencias terrestres de Eurasia. La región registra conflictos varios en las últimas décadas: la actual guerra es ya la tercera guerra del Golfo, precedida por Irak 1991 e Irak 2003. A esto se suman Afganistán (2001), la guerra permanente sobre el Líbano y Gaza por parte de Israel, la guerra civil siria, la guerra en Yemen y la invasión rusa de Ucrania (2022). Lo que parece estar ocurriendo es el quiebre del denominado "eje de la resistencia": el marco de alianzas que desplegaba Irán para resistir la presión israelí y estadounidense, y que durante cuatro décadas funcionó como su principal mecanismo de disuasión.
Es evidente que este conflicto no va de ideología ni de derechos humanos, sino del control de esa vasta zona conocida como Oriente Medio en el marco de una disputa mayor por el predominio global. La región es relevante en varios sentidos: es el núcleo energético del capitalismo global, es el corazón del "anillo continental" —o Rimland— de Spykman, y es un nudo crítico de rutas marítimas que conectan el eje este-oeste entre Europa y el este asiático, con tres cuellos de botella estratégicos: el Estrecho de Ormuz, el Canal de Suez y el Estrecho de Bab el-Mandeb. Irán es la potencia regional más importante de esa área por su tamaño, su peso demográfico y sus reservas energéticas. Un Irán aliado a las potencias terrestres euroasiáticas significa que la zona energética clave del planeta está en disputa; un Irán alineado con la OTAN implica un retroceso decisivo de las potencias terrestres en el control energético y en el corredor de tránsito entre Europa y Asia
Se dice que EUA ha ingresado a este conflicto arrastrado por Israel y el lobby judío en Estados Unidos. No parece una explicación razonable que un país del tamaño de Israel conduzca la estrategia de la primera potencia mundial, que además ya mantenía un largo despliegue ofensivo en la región. Israel es, más bien, una proyección del poder estadounidense sobre Oriente Medio: una cabeza de playa en el punto crucial donde el Mediterráneo se conecta con África y Asia. Prueba de ello es la magnitud del apoyo económico y militar que EUA ha prestado a Israel a lo largo de la historia —el mayor con diferencia entre todos sus aliados.


Lo que se observa es que la gran estrategia estadounidense sigue siendo, en esencia, el intento de contener la salida de un desafiante global desde la Isla Mundial —sobre todo hacia los mares y hacia las zonas marginales de Eurasia— y de fracturar la alianza China-Rusia-Irán, que era la gran pesadilla de Brzezinski y de la geopolítica estadounidense en general. La caída de Irán en la órbita de EUA podría ser el mayor golpe geopolítico desde el fin de la Guerra Fría: desconectando el Heartland ruso del Golfo Pérsico, privando a China de un socio energético y estratégico clave, y completando el envolvimiento del poder terrestre euroasiático desde el “anillo continental”. Igualmente, la incapacidad de EUA por retomar el control de Irán, perdido en 1979, pondría en evidencia las dificultades de la potencia hegemónica por sostener su predominio militar, además del ya perdido predominio económico.