La alianza inquebrantable: guerra, inteligencia y el negocio de la fragmentación

Hay un hilo conductor entre los bombardeos de Bagdad en 2003, las ruinas de Raqqa en 2017 y los misiles que hoy caen de forma devastadora en  Irán. No es el petróleo, aunque siempre está. No es la democracia, aunque siempre se invoca. Es una arquitectura intervencionista y supremacista de inteligencia, chantaje y poder financiero que ha operado durante décadas bajo el radar, utilizando guerras como herramientas de fragmentación social y oportunidades económicas. 

Nuestra región ha sido laboratorio de otras fragmentaciones, otros golpes y deudas eternas. Pero lo que ocurre hoy en Asia nos afecta directamente: el precio del petróleo, del gas, los fertilizantes que importamos para el agro y los insumos para producir medicamentos, entre otros recursos vitales. La actual etapa de la guerra perpetua ya tiene consecuencias concretas, incluso a 12 mil kilómetros de distancia. Y los ganadores no son los pueblos, sino una red de contratistas militares, tecnólogos y políticos que han convertido el conflicto permanente en el negocio más rentable del mundo. 

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra Teherán, Isfahan, Qom y Kermanshah. El ayatolá Jamenei murió en las primeras horas. Desde entonces, más de 1.500 personas han fallecido y el conflicto se ha regionalizado al punto de poner en jaque la infraestructura militar que Washington desplegó durante décadas en la región para proteger, entre otras cosas, los intereses de Israel. 

Detrás de los misiles hay nombres que se repiten en cada guerra: Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman, Boeing, General Dynamics. La lista de contratistas que fabrican las bombas que hoy caen sobre Irán es la misma que durante el genocidio en Gaza probó sus tecnologías con impunidad. También es la lista de los mayores beneficiarios de la guerra perpetua. 

Lockheed Martin fabrica los F-35, los sistemas THAAD y los misiles PrSM. En 2024 generó 68.400 millones de dólares en ingresos por defensa; sus acciones subieron un 33% en los primeros dos meses de 2026. RTX —antes Raytheon— produce los misiles Tomahawk y los sistemas Patriot; el Pentágono le aporta 43.600 millones anuales y sus acciones treparon un 110% en tres años. Northrop Grumman, con sus bombarderos B-2 y radares AWACS, factura 37.900 millones en el sector militar. Boeing, pese a sus crisis aerocomerciales, sigue embolsando 30.600 millones del presupuesto de defensa. 

El 6 de marzo, los jefes de estas empresas se reunieron en la Casa Blanca con Donald Trump. El acuerdo: "cuadruplicar la producción" de lo que el presidente llama "armamento de clase exquisita". El Pentágono gasta casi un billón de dólares anuales —más que los nueve países siguientes combinados— y la administración aspira a alcanzar 1,5 billones en 2027. 

Pero el negocio de la guerra ya no es solo misiles. También es software, inteligencia artificial, vigilancia. El 9 de marzo, el subsecretario de Defensa, Steve Feinberg, firmó un memorando que convierte a Palantir en el sistema de inteligencia artificial central del ejército estadounidense. Su plataforma Maven —que analiza datos del campo de batalla e identifica objetivos— ya había sido utilizada en los primeros días de la guerra contra Irán. Según el Pentágono, asistió "miles de ataques de precisión" en las primeras tres semanas de combates. 

El contrato asciende a 13.000 millones de dólares. Las acciones de Palantir se duplicaron en un año; la empresa vale hoy 360.000 millones. Su software es el cerebro de la guerra: procesa imágenes satelitales, datos de inteligencia, señales de comunicaciones, y le dice al comandante dónde apuntar. La decisión final la toma un humano, dice la compañía. La línea entre asistente y ejecutor se desdibuja cada día. 

Maven se entrenó con datos de Gaza, Ucrania y ahora Irán. Cada guerra alimenta la máquina. La máquina aprende y se perfecciona. El negocio es perfecto: el Pentágono gasta, los contratistas producen, las acciones suben, los políticos reciben financiamiento, y la guerra continúa. 

Inteligencia, finanzas y chantajes

El estallido de este conflicto obligó a la opinión pública global a correr el foco de un tema demasiado revelador sobre el vínculo carnal entre Estados Unidos e Israel: los archivos del criminal sexual Jeffrey Epstein y su cómplice Ghislaine Maxwell, hija de Robert Maxwell, conocido como el super-espía israelí, magnate checo, sobreviviente del Holocausto, que en 1991 cayó de su yate Lady Ghislaine frente a Canarias. Horas antes había amenazado al Mossad con exponer sus décadas de servicio si no le daban 400 millones de libras para salvar su imperio. Su funeral en Israel contó con seis jefes de inteligencia y el Primer Ministro. Un caso sospechoso por donde se lo mire. 

Su hija Ghislaine heredó no solo millones de fideicomisos, sino una red de contactos que activó al asociarse con un financiero misterioso llamado Jeffrey Epstein. Juntos perfeccionaron un método: reclutar menores, comprometer a poderosos, acumular material de chantaje. No era solo explotación sexual; era una estrategia de inteligencia. La práctica tiene nombre en el lenguaje de los servicios: kompromat, abreviatura rusa de "material comprometedor". Lo que la Unión Soviética perfeccionó durante la Guerra Fría, el Mossad lo elevó a un arte, y Epstein lo industrializó. 

Alan Dershowitz, abogado de Epstein durante décadas y de Trump en su juicio político de 2020, fue profesor en Harvard de Jared Kushner, el yerno del presidente de Estados Unidos. Documentos del FBI filtrados en enero de este año revelan que Dershowitz confesó a una fuente confidencial: "si fuera joven otra vez, estaría sosteniendo una pistola eléctrica como agente del Mossad". La fuente creía que Dershowitz fue "cooptado" por la inteligencia israelí y suscribía su misión. 

En marzo de 2026, el congresista James Comer confirmó que Charles Kushner, padre de Jared, pagaba directamente a Epstein. Un tal "Steven Sinofsky" en la lista del contador de Epstein resultó ser el patriarca de los Kushner. Su historial es revelador: Charles fue condenado a prisión por contratar a una trabajadora sexual para seducir a su cuñado, grabarlo y enviar el vídeo a su hermana. El mismo método. 

Jared Kushner no solo heredó el método de su padre. Lo perfeccionó con el hombre que admiraba al Mossad. Y lo aplicó. Los mismos documentos lo señalan como el "cerebro" detrás de Trump. Cuando el presidente dice "basado en lo que Jared me dijo, pensé que Irán nos atacaría", está admitiendo algo extraordinario: la justificación para bombardear Teherán vino del yerno cuya familia pagaba a Epstein, cuyo profesor admiraba al Mossad, cuyos negocios dependen de las monarquías del golfo y quien estaba “negociando” con Irán un posible acuerdo que evitara la escalada bélica. 

Ehud Barak, ex Primer Ministro de Israel y ex Jefe de Inteligencia Militar, visitó la casa de Epstein más de treinta veces entre 2013 y 2017. Creó tres empresas cuyos nombres forman la frase latina “Cogito, ergo sum” ("pienso, luego existo"). La estructura fue diseñada por otro abogado de Epstein. El dinero de este fluyó hacia una de ellas, Sum, y de allí a Carbyne, una empresa israelí de tecnología para emergencias que hoy está integrada en los sistemas 911 de Estados Unidos. 

Carbyne puede activar remotamente la cámara, el GPS y el audio del teléfono de quien llama. En febrero de 2026, Axon —la compañía de las cámaras policiales— la compró por 625 millones de dólares. Tecnología financiada por Epstein, ahora en cada llamada de emergencia. 

¿Quién más pagaba a Ergo, otra de las empresas de Barak? Scott Bessent, entonces jefe de inversiones de Soros Fund Management, hoy Secretario del Tesoro. Su fondo pagaba por informes de inteligencia que, según los correos filtrados de Barak, incluían fuentes del Pentágono y asesores de Vladimir Putin. 

Bessent, hoy, bloquea los registros financieros de Epstein que el senador Ron Wyden lleva un año pidiendo: más de 4.725 transferencias por 1.080 millones de dólares. Wyden fue explícito: "Bessent es un participante voluntario en el encubrimiento de Epstein". 

En septiembre de 2025, un consorcio liderado por el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita anunció la compra de Electronic Arts por 55.000 millones de dólares. Jared Kushner, a través de Affinity Partners, posee el 5% del acuerdo: 2.750 millones. EA tiene los datos personales, patrones de comportamiento, las comunicaciones de más de 700 millones de usuarios en todo el mundo. 

JPMorgan financia 18.000 millones del acuerdo. Es el mismo banco que reportó mil millones en transacciones sospechosas de Epstein. El único obstáculo regulatorio es el comité que revisa inversiones extranjeras. Lo preside Bessent, el mismo que bloquea los registros de Epstein y recibía informes de la empresa de Barak. 

Política, cultura y mesianismo 

Nada de esta arquitectura funcionaría sin una infraestructura de poder “visible” que la vuelva aceptable. Ahí entran tres actores. 

El primero es AIPAC, el lobby pro-Israel que ha acumulado 96 millones de dólares para las elecciones de medio término de 2026. Su super PAC, United Democracy Project, es la punta de lanza de un aparato que, según sus propias palabras, busca "fortalecer la alianza EE.UU.-Israel y oponerse a quienes puedan intentar socavarla". Ha “donado” a dos tercios de los congresistas. En otras palabras: casi ningún político puede criticar a Israel sin perder financiamiento. Mientras ese flujo de dinero siga, los 3.800 millones anuales en ayuda militar seguirán fluyendo, además de los desembolsos extraordinarios para costear las “guerras” del Estado de Israel. 

El segundo es Chabad-Lubavitch, el movimiento jasídico que el FBI describe como "una herramienta para monitorear oligarcas y políticos mediante operaciones financieras sospechosas". Los documentos desclasificados señalan que Chabad "hizo todo lo posible por penetrar la administración Trump" y que Jared Kushner era su principal apoyo dentro del círculo íntimo. Kushner visitó la tumba del Rebe —el rabino Menachem Mendel Schneerson, a quien este grupo considera el mesías— la noche que Trump ganó en 2016. Trump volvió en octubre de 2024, con kipá y oración escrita. En septiembre de 2025, recibió a rabinos de Chabad en el Despacho Oval. 

El tercero son los 73 millones de evangélicos que siguen a líderes como John Hagee y Mike Evans y que tienen a Pete Hegseth, secretario de guerra como uno de sus principales voceros y aliados. Los que creen que apoyar a Israel acelera la Segunda Venida. Los que citan Génesis 12:3 —"bendeciré a los que te bendijeren"— como mandato divino. Los que, en palabras de Evans, "participan en la profecía para ayudar a desencadenar el Armagedón". Para ellos, la guerra con Irán es otro mandato, la antesala del fin de los tiempos. 

Divide y vencerás 

Lo que une todo —Irak, Siria, Libia, Irán— es una estrategia coherente de fragmentación. Dividir para reinar. Tribalizar para controlar. 

En el ámbito internacional, significa destruir Estados-nación para reemplazarlos por facciones sectarias manipulables desde fuera. Irak fue el laboratorio. Siria, la aplicación a escala industrial. Libia, el desastre humanitario que nadie quiere mencionar. Irán, el último objetivo. Cada país fragmentado es un país que no puede resistir la injerencia extranjera, que no puede negociar en igualdad, que no puede construir política independientemente. 

En el ámbito doméstico estadounidense, significa polarizar a la sociedad hasta el punto de que la verdad se vuelve irrelevante. Los archivos de Epstein mencionan a Trump miles de veces, pero muchos de sus votantes no se inmutan. Seis miembros de su administración aparecen en los documentos o visitaron la isla de Epstein, pero siguen en sus cargos. El Departamento de Justicia califica las acusaciones contra Trump de "infundadas y falsas", aunque el FBI las recibió por su línea de denuncias. 

En Europa, la reacción ha sido diferente. El príncipe Andrés, arrestado. Peter Mandelson, ex embajador británico en Estados Unidos, arrestado. El ex primer ministro noruego Thorbjorn Jagland, bajo investigación. La princesa Mette-Marit, bajo escrutinio. Allí, los documentos bastaron para abrir causas. En Estados Unidos, los documentos existen, pero quienes deberían investigar son los mismos que están comprometidos. 

Y en América Latina, mientras tanto, miramos de lejos. O quizás no tan lejos. Porque las mismas redes de inteligencia, los mismos flujos de dinero, las mismas estrategias de fragmentación operan también en nuestra región. Solo cambian algunos nombres.

Esta es la alianza inquebrantable que sostiene la relación entre Estados Unidos e Israel. No es solo ideología. No es solo la Biblia de los 73 millones de evangélicos. Es una red de ochenta años que combina inteligencia, chantaje, dinero, tecnología y fe. 

Robert Maxwell puso los cimientos con el Mossad. Ghislaine y Epstein construyeron la maquinaria de recolección de kompromat. Charles Kushner pagó por el método y lo aplicó. Dershowitz lo enseñó en Harvard como si fuera una misión patriótica. Jared lo aplica hoy desde la Casa Blanca. Bessent protege los registros. Palantir provee el cerebro de la guerra. Lockheed, RTX, Northrop y Boeing proveen los músculos. Chabad bendice desde las sombras. AIPAC financia a los políticos. Y los evangélicos aplauden mientras el mundo arde, convencidos de que están cumpliendo la profecía. 

Mientras los misiles siguen cayendo sobre Teherán y toda la región, las preguntas que nadie en Washington quiere responder son las mismas que flotaba sobre la Guerra de Irak, la invasión a Afganistán, sobre los cadáveres en Faluya en 2004, sobre las ruinas de Raqqa en 2017, sobre los cuerpos palestinos en Gaza: ¿Para quien trabajan realmente? ¿Existe algún contrapeso racional y humano para evitar el fin?

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