Si no fuera una escuela de Minab 

Hace veinte minutos terminó el recreo y los niños volvieron a sus salones, luego de las peleas entre el cuarto A y el B, los gritos al unísono y las marcas de pedregullo en las rodillas.

Llego temprano. Me apoyo en las barandas amarillas y contemplo la puerta de entrada. Los murales de los costados y el escudo nacional erguido a metros de mi cabeza no han cambiado a pesar de los años.

La brisa es calurosa, el aire me sofoca. Los gritos de los niños, jugando a la mancha o a las carreras, se escuchan desde la calle. Los autos no dejan de pasar y me transporto décadas atrás, cuando la túnica me quedaba grande y mi moña nunca estaba arreglada.

Ahora Luna sigue el legado de la familia, yendo a la misma escuela pública que todos mis hermanos. Todo es heredado; incluso las tradiciones. Las cortinas se mueven y rozan los vidrios de las ventanas, puedo ver a sus compañeros correr y subir por la escalera de mármol. Mientras, las maestras maternan a los alumnos favoritos con sonrisas escondidas entre caramelos como premios por las mejores notas de la clase.

Los salones están en la segunda planta. Lu me ha contado que en esa escalera, Juan y Cecilia, del quinto C, se han caído en cadena luego de estar persiguiéndose por toda la escuela. Desde la comisión fomento y en las reuniones de padres ya planteamos que haya vigilancia para que dejen de caerse. 

Los asientos del salón de Luna se disponían en U, al menos desde la última clase abierta a la que fui, que ocupaba todos los bordes del salón, emulando una sesión parlamentaría entre escolares. Casi nos hacen creer que los temas tratados allí, los debates sobre las historias y los cuentos, son más importantes que la realidad que acecha fuera de las fronteras del país. 

Ahora ya entraron a clase, pero en una hora saldrán por esas puertas de chapa de la entrada. Estoy seguro que sus trenzas van a tener una corona de pelos salvajes, sus puños estarán manchados con el barro del día anterior y su sonrisa va a dejar pasar la brisa a través de la ausencia de su paleta de leche.

Alguien abre la cortina de su clase. Se cae una pelotita de papel en el medio del salón. Los aviones van y vienen en un aeropuerto gestionado por los mejores en manualidades, los barcos navegan a la altura de los azulejos del suelo y los naufragios se escapan entre cuchicheos a la basura.

El reloj marca las cuatro y un minutos y el ruido del avión de metal, que sobrevuela la azotea del edificio, calla los gritos de los niños. La sombra oculta los colores del escudo. El aire se vuelve más frío.

La primera bomba cae en el centro del salón del segundo A. Oscuridad, y luego, fuego. 

La túnica con mangas arrolladas tiene los puños sumergidos en ceniza. Las moñas están desatadas pero planchadas. El mimo de las madres no volverá a tocarlas.

El pizarrón deja una niebla de tiza. Los dedos azules que sostienen los lápices se manchan de blanco. Camino como le enseñé a Lu alguna vez, una pierna delante de la otra. No parecía tan difícil como lo es en realidad. No tengo fuerzas y mis piernas parecen las de alguien que recién aprende a gatear. Nos hacemos camino sobre los escombros, rasco las piedras como si fuera la tierra de mi tumba. Siento una sombra sobre la cabeza, el rugir de un motor, una máquina sin tripulación.

Una bomba que cae a mis pies. 

Oscuridad.

Las sirenas todavía no se acercan, estamos sepultados en el silencio después de la tragedia: cuando la guadaña pasa entre los cuerpos diminutos la tierra queda infértil de sonidos.

 

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