Autor

Un lugar poblado de helechos

En mi espacio hay muchas cosas tiradas, enredadas, como un garabato de hilos que se resisten al ovillo. Tengo que ver dónde nos recostamos. Podemos hacer algo con el tiempo. Armar un campamento. 

La otra es simular que frecuentamos los mismos lugares, como si el único plan que me interesa hoy no fuese juntarnos a acariciar en sus manos todas las cosas del mundo. 

Recorrer la espesura urbana como si estuviéramos en el monte, para escribir una canción de amor que alimente el barro que se vuelve brote en una maceta colgante.

Qué lindo sería que acá pudiera crecer algo que tenga sangre y estómago, algo vivo, algo frágil, como un helecho metropolitano. 

Que crecieran muchos. Porque entre los autos y las vidrieras, donde no hay gente, ni plantas, ni perros, ni pájaros, se dibuja un monstruo depredador. 

Una parte de mí tiene miedo de morir acá. Y me digo que cada barrio tiene una danza de tambores que ayuda a no paralizarse, ni endurecerse, ni solidificarse. 

Que a los monstruos pequeños se les invita a bailar y se les enseña algunos pasos prohibidos. Y a los grandes se les combate. Con lo que sea que tengamos. Con nuestros cuerpos dolidos que pueden abrir surcos en la ciudad de un solo movimiento. Es que la sostienen y por eso pueden insistir en transformarla. 

Como si fuera un campo para plantar comida, zanjado por tantas uñas y secreciones que ablandan la tierra. Creo un rincón y echo raíces. 

Vengan. Porque cuando alguna de nosotras llora sin saber por qué, es necesario estar cerca. 

Y si hace frío, nos cocinamos con sabores que no son apuestas, que son los de siempre. Y con ese aroma condimentamos el viento contaminado por la descomposición. No nos va a matar el mal olor, pero hay que entrarle de a poco. 

Con el sustrato podrido se puede hacer mucho, por eso es importante guardar las semillas que en otros campos nos regalaron, y pensar en cada detalle de sus alumbramientos. 

Tiene que nacer algo todo el tiempo. Si ya no tenemos semillas ni flores, que se encargue el viento, como los helechos. 

Es necesario estar cerca para festejar cuando llueva. Y cuando veamos el cielo caerse en los árboles que se abren y se tuercen. Es el momento indicado para que nuestras manos dispersas guarden el miedo en el bolsillo de un saco viejo a punto de germinar.

Vengan. Nos conseguimos un libro que hayamos leído las tres. Lo volvemos a leer, comprobamos que cada una tiene una historia diferente, que sirve para conocer nuestros secretos. Intentamos comprender al detalle esas voces que no se escuchan, como quien cuida las plantas de un jardín. 

Vengan. Y conversamos con palabras que no quepan en una línea de tiempo, ni en una pirámide, para trazar un mapa en este suelo que se me hace agobio. 

Un mapa compartido, porque de tanto andar encontramos al menos una pista de un camino y entre las tres se adivina el vuelo de un pájaro, el lugar donde fundar nuestra ciudad. 

De alguna forma, pienso, lo que quiero es que vengan a hacer lo mismo de siempre, cuando cruzamos miradas que subvierten el molde de otros amores que ahora son cuentos. 

A criticar la miseria de la doble vida, porque sabemos lo que es tener rota la experiencia,  mientras damos una lucha más cierta, más justa, más placentera. Nos acompañamos a descubrir una nueva forma de existir que por fin hable de nosotras.

Y escribimos, como ya lo hacíamos tiempo antes de conocernos. Nos transparentamos, como el agua que riega la maceta de un helecho.

Autor

Apoyanos para seguir creando

Aportes

Suscribite a nuestro boletín

Autor