Si me pidieran una reflexión sobre el amor, no me atrevería a hilar un argumento para dejarlo por escrito. Me reservo el registro de la electricidad en la piel, del vértigo de la cabeza, del dolor y la dulzura, el relato del abismo; me reservo ante todo el derecho a no saber decirlo, a no estar pronta, quizá nunca, a poner un dospuntos atrás de esa palabra tan corta y tan grande. Me reservo el derecho a renegar de este derecho algún día y hacer todo lo contrario. Por el momento y como muestra de mi cariño, dejo aquí un manojito de textos náufragos, retazos de sensaciones, ilusiones, elucubraciones y deseos. No sé si el amor sea otra cosa.
Como a la milonga
Me insiste mi profe de tango en que me deje guiar por el pecho. Que no lo guarde, que lo preste. Que expanda mi cuerpo, me dice a mí, tanto tiempo acaracolada. Que hay que escucharse por debajo de la música, y conversar mudas, dice. Que hay que permitir que nos presten el pecho también. Que la forma de bailar bien es pisando con seguridad, sin ir a donde no queremos y confiando que del otro lado se haga lo mismo. Que bailar tango es no saber qué carajo está pasando, y entre dos, resolver.
En la milonga se baila por tandas: tres tangos con una pareja, y luego se cambia. Tres tangos para intentar armar y resolver pequeños abismos de a dos, y luego, cuando en una de esas empezabas a entender cómo era, arrancar de nuevo con alguien más. Salvo, claro, que de los dos lados del abrazo haya ganas de seguir.
Lo que quiero decir acá es que a la milonga no se va con coreografías, ni el baile lo puede definir una. Una va con lo que buenamente puede y tiene, al encuentro de lo que alguien trae, que no sabemos qué será, y apenas podemos esperar que lo entregue de buena fe y con confianza, para armar algo en 2x4.
Las medidas de Ísise
Enloquecido de amor, el sabio se hizo llevar al palacio a la bella Ísise. Para hacerla totalmente suya, se dispuso a estudiarla en detalle.
Midió la distancia entre sus pupilas, entre sus pezones, entre su ombligo y sus clavículas, la profundidad de las comisuras de su boca, la temperatura de sus manos, el diámetro de sus narinas al enojarse y el peso de sus párpados por la noche. Registró el timbre de su voz al susurrar y al cantar, el sonido de sus talones descalzos sobre las tibias alfombras de Persia y los blancos mármoles griegos. Envasó sus suspiros, su sudor, el perfume tras sus orejas, y catalogó la colorimetría precisa de su iris, sus mejillas, su lengua, sus dientes. Mandó a construir un telescopio para seguir su sombra, y un microscopio para deslizarse por sus cabellos, y modelos cada vez más perfectos de su piel.
Graficó matrices con los números que arrojaba el cuerpo de Ísise. Dedujo finalmente las variables y constantes, ecuaciones, fórmulas y leyes que gobernaban el hastío de sus gestos y la indiferencia de su mirada.
Cuando Ísise finalmente se hartó y se fue, el sabio tenía una biblioteca repleta de volúmenes y ninguna caricia.
Hasta acá
Ya no quiero más ser firme en los límites. Me cansé de trazar fronteras y levantar cercos y muros, de marcar rayas en la arena y de acá no te pases. No quiero poner un solo puesto aduanero más para reclamarte las veces que tu pelota apareció en mi jardín.
Qué falta de coherencia me llevaría a creer que mis fronteras, y no las tuyas, tienen alguna legitimidad trascendental, cuando siempre cacareo que todo mapa es arbitrario.
Prefiero seguir intentando elegir con quién construir casas en territorios contestados, con qué tierra contaminar mi tierra, borrar mis límites, bagayear afectos, mestizar mi acento, truchar mi pasaporte. Compartir un espacio sin constitución ni bandera, donde ni vos ni yo tengamos jurisdicción y no haya más remedio que, al menos provisoriamente, ponernos de acuerdo. Y dejarme bajar el copete de vez en cuando.
El cortejo
Un día anudaste el último punto de esa tela finísima que me envolvió, esa que te dejé tejer un poco por duda y un poco por placer, y otro poco por eso que son los dos a la vez (siempre son los dos a la vez).
Ese día confié que iba a haber más palabras que sombras, seguramente razonando que en mi cama tu cuerpo tan largo y el mío tan breve servirían para confundir a Procusto, quien por no saber qué hacer, no nos haría pasar mal.
Metamorfosis
Leés. Tus ojos engullen toda la superficie de la página y yo quiero ser la página. Recorrés, sin pensar, el contorno de tus labios con el lápiz y yo quiero ser el lápiz. Te hundís dejándote abrazar por los almohadones y yo quiero ser los almohadones. Tus dedos activan el teléfono y lo picotean, le hacen cosquillas, y yo quiero ser la pantalla. Tu otra mano hunde los dedos en el libro cerrado marcando el sitio donde estabas leyendo y yo quiero ser ese hueco del libro.
Transfiguración
Con sus amantes ejercita sus poderes para metamorfosearse. Con uno es pajarito frágil reclamando dulzuras, con otro gacela escurridiza y tímida, o leona decidida. Es fruta madura y dispuesta, o especia sabrosa y sutil. En ocasiones se presenta como musa benévola y a veces como esfinge enigmática, como desafiante gorgona, como tenebrosa brimo.
Árbol, sombra, luz, aroma, recuerdo, con sus amantes ella es el espiralado y húmedo caos del que surgen todas las formas.
Abismo
Anoche soñé un sueño breve, que casi no recuerdo. Sé que un hombre, un viejo, esperaba a su mujer, que estaba a unos metros, en su misma casa. Pero ella no podía llegar, porque se lo impedía su senilidad. Me desperté y anoté estas palabras.
La casa es una trampa entre ella y yo. Un laberinto que su memoria ya no quiere recorrer. Quizá está feliz allá, preparándose para un baile o para ir al cine. ¿Estará deseando encontrarse conmigo, todos estos años atrás? Me preocupa en cambio que esté tropezando entre neblinas, o que se encuentre en alguna esquina solitaria de su historia. Que de repente le falte toda una parte de su tiempo y esté ahí, con un gran hueco donde antes estaban los recuerdos de las decisiones tomadas, los deseos perseguidos y los abandonados, y que por ese agujero se cuele el aire, y se resfríe.
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posdata
Los ecos de la charla de anoche, cuando vinieron a casa a compartir una olla repartida en cuencos, platos, tazas requechadas para el montón. El olor de la viruta de lápiz una tarde de garabatos y música. El tricolor de los mosaicos de todas esas mañanas en el iava. El gusto nocturno de una cerveza conversada en la plaza después de la reunión. El calor de nuestras manos bajo los árboles de sayago abrigando las promesas que no pudimos cumplir. El perfume de la barba del que me enseñó cómo iba a ser, para siempre, sentirme querida. Un abrazo, una risa, un pasaje de un libro, un perdón, unos ojos, una receta, una caricia, una palta robada, una complicidad. Evidentemente, como todo, el amor está hecho de tiempo.