El mar ha sido dividido en parcelas y concedido a multinacionales que realizarán estudios sísmicos en busca de combustibles fósiles. Hablamos de nuestro mar, que no es eterno y que se nos escurre de las manos. Todo esto porque el estado uruguayo está buscando petróleo, y a tales efectos, hace unos días el Ministerio de Ambiente, el encargado de definir y llevar adelante las políticas de protección ambiental, dio la autorización a estos estudios.
El grave impacto ambiental que tienen las prospecciones en sí mismas sobre los ecosistemas marinos y las actividades económicas y sociales vinculadas está ampliamente documentado y es suficiente para producirnos escepticismo. Pero, sin desmerecer la importancia de ese impacto, la discusión central no es sobre la prospección de forma aislada, sino como parte de un proceso que pretende transformar a Uruguay en un país petrolero.
Convengamos que si miramos a los países que han apostado por la extracción de petróleo, no vemos un futuro especialmente alentador. El petróleo parece llamar a la desgracia. Sencillamente no es cierto que el camino al desarrollo pasa por ahí: profundizar el extractivismo no nos va a mover hacia lugares más privilegiados en la división internacional del trabajo. No lo hizo la lana, ni la carne, ni la soja, ni la celulosa, y no lo va a hacer el petróleo. Existen otras formas de relacionarnos con el entorno y con nosotros mismos.
Incluso si desarrolláramos una cadena productiva asociada al petróleo, las prospecciones, la extracción, el procesamiento y los residuos afectarían negativamente otras áreas económicas y sociales (recursos hídricos y marítimos, turismo, pesca, vida costera en general). ¿Tenemos las capacidades políticas de desarrollar estas industrias de modo virtuoso? Los vertidos tóxicos de UPM2 en su primer año de funcionamiento sirven de advertencia.
Pero imaginemos que sí, que el petróleo nos va a hacer ricos. El problema es que la profundización de un modelo basado en combustibles fósiles va a llevarnos a un mundo caliente y hostil a la vida humana, en el que esos dólares no nos van a servir de mucho. Abundan, y suelen tener muchas palancas a mano, quienes anteponen el crecimiento económico a cualquier otra consideración. Tanto, que se olvidan de que la plata es un medio y no un fin. Y a quienes insistimos en recordar esta sencilla definición, nos tratan de correr con el poncho de un supuesto realismo. Pero ¿qué clase de realismo alucinado es ese que se niega a mirar de frente la realidad más enorme y comprobada de nuestros tiempos: la catástrofe climática? No es realista pretender el éxito por el camino que sabemos que nos lleva al desastre. Sí lo es cambiar de rumbo antes de que sea demasiado tarde.
Tenemos que ser conscientes de lo que implica para la relación de fuerzas internas de un país tener a las petroleras trasnacionales como un actor protagónico, que tendrá como primera prioridad impedir la transición hacia un sistema de producción sostenible. Si decidimos, en medio de la supuesta transición energética, transformarnos en un país petrolero, pasaremos de ser parte de la solución a ser parte del problema, tomando una decisión que acelera activamente el cambio climático. La vida útil de las plataformas petroleras son varias décadas, y no es razonable buscar inversiones para construir infraestructuras que cualquier política climática razonable debería intentar desmantelar. Mejor ahorrarse el problema.
No es válido el argumento de que sacar más petróleo del suelo no es un problema porque las energías renovables van a convivir con los combustibles fósiles por cincuenta años. La transición tiene que hacerse lo más rápido posible, y para ello es fundamental no tomar acciones para retrasarla. El cambio climático no es un problema del futuro. Aumentar la oferta de petróleo, en la situación actual, es acelerar en la dirección de la autodestrucción. Si Uruguay ha sido pionero en las renovables, esto no debería ser una excusa. Haber hecho las cosas bien en un momento no nos da carta blanca para cagarla al siguiente.
Que haya contratos firmados, compromisos políticos o antiguas reuniones de expresidentes que avalen este camino es enteramente irrelevante, en la medida que están en juego cosas más importantes que los pactos de caballeros o los acuerdos con los responsables de la polución. El futuro no puede ser hipotecado por los errores del pasado. Hacerse cargo de la historia no significa continuar su trayectoria, sino revisarla y corregirla. Cada oportunidad de frenar el camino hacia un Uruguay petrolero debe ser aprovechada, por lo que el movimiento contra la prospección sísmica es bienvenido. Las 21.000 firmas que se juntaron en pocos días muestran que el problema preocupa a mucha gente, y que esa gente aún confía en que en Uruguay se puede hacer política. Lo que se disfraza de imposibilidad de acción ante lo inmenso del desarrollo de las superpotencias y sus multinacionales también está delimitado por la voluntad política a nivel local.
Si en el futuro va a haber un amplio diálogo político y social sobre el tema, daremos la discusión. Pero ¿por qué esperar? Si la ciencia ya es suficientemente concluyente, podríamos saltarnos los protocolos y tener la discusión ahora. Incluso, tomar la decisión ahora, ya que parece haber poco que discutir cuando lo que está en juego son las condiciones para la existencia de vida humana en el planeta.
Cuando discutimos con quienes están enceguecidos por la plata a cualquier costo, hay que discutir en esos términos: explicar que el ansiado desarrollo no va a llegar por esa vía; que la cosa no es tan conveniente como parece. Pero no podemos olvidar que esa es solo una parte de las razones por las que esta lucha es relevante. No es frívolo querer salvar a las ballenas, ni es ingenuo entender el valor del mar, ni es delirante entender que somos parte de la biósfera, y que por lo tanto cuidar a la Tierra es cuidarnos a nosotros mismos. Es muy humano tener pulsiones autodestructivas. También es muy humana la razón, que impide que esas inclinaciones autodestructivas tomen el control. Quienes nos oponemos a la destrucción antrópica del planeta somos, quizá, la parte sensata de la biósfera haciendo exactamente eso. Si entendiéramos nuestra continuidad con el resto de la Tierra, sería mucho más fácil entender la profunda frivolidad de la discusión que nos imponen.
