Soy la nube sobre la cabeza de Kevin.
No puedo decirte lo que Kevin siente, puedo decirte lo que veo.
Lo veo cruzar la pesada puerta con mirilla, doblar a la derecha y entrar a una oficina donde además de escritorios y computadoras hay de todo: ropa, canillas, parlantes, mochilas, monitores, pelotas y carpetas, muchísimas carpetas, pero nada parece estar en su lugar porque no hay lugar.
Lo reciben dos mujeres, una es la coordinadora de algo, habla rápido y algunas cosas parece recitarlas de memoria y la otra, una educadora muy joven que siempre está como sonriendo, le hace bromas sobre la pulsera de Peñarol y la gorra cheta. La coordinadora le habla de los horarios mientras le revisa la mochila. Le encuentra una bolsita de porro, le dice que no se puede entrar drogas ni consumirlas en el hogar, guarda las flores en un sobre improvisado con papel y ganchitos y lo pone en un cajón con miles de llaves.
Son atentas con él, le preguntan muchas cosas y Kevin no responde nada o casi nada. Habla bajo, unas pocas palabras; no se le entiende lo que dice y además entra gente todo el tiempo. Le dicen que se quede tranquilo, que después le van a explicar bien el funcionamiento, que ahora vaya a instalarse, que va a ir al cuarto cinco y que, en otro momento, alguien del equipo técnico lo va a entrevistar.
Salen de la oficina, se escucha el ruido de una pelota desinflada rebotando contra una pared y gritos que vienen desde el fondo. Hay otros dos educadores en la vuelta que lo saludan, pero están en otra y caminan rápido, como atrás de algo. La educadora lo acompaña a instalarse, señala la última pieza a la izquierda.
Kevin se para bajo el marco de una puerta inexistente y mira el que va a ser su dormitorio.
Hay tres cuchetas y queda un espacio vacío, como si faltase una cucheta más. Las camas están todas ocupadas, menos la de arriba que está contra la pared del fondo, que tiene un colchón bien grueso que alguna vez fue blanco y un forro rígido impermeable, todo rajado, por si te meás. La cucheta que va a ser de Kevin es la de arriba porque la de abajo no tiene parrilla. Está casi pegada al aire acondicionado que no funciona, se ven los enchufes vacíos. Las paredes están todas dibujadas: corazones con tajos, cuchillos o nombres, armas, pijas, ojos con lágrimas, mujeres, animé, bolso puto, frases a las madres, a las pibas, partes de canciones.
A la derecha hay un casillero de metal, como los de los supermercados pero sin puertas, donde nadie guarda nada. Igual Kevin no tiene nada, salvo lo puesto y lo que lleva en la mochila: una remera, lentes de sol truchos, un axe, el cargador, hojillas y la STM.
Todas sus cosas caben en la mochila que le cuelga de los hombros.
Y después está la gorra cheta, que ahora lleva calzada alta y con la visera para atrás. Acá no se puede usar gorra, ya le dijeron que se la saque, hay cámaras en toda la casa y las gorras no van con las cámaras. Kevin le pide a la educadora que se la guarde en la oficina. Es la propia, le dice, no me la pierdas.
Con Kevin son cinco en el dormitorio. A uno lo conoce del barrio, y a otro de la vuelta, los tres se saludan. El cuarto es un bulto que está durmiendo todo tapado con una frazada de paño gris, y el quinto está tirado boca arriba en su cama y no se molesta en mirar a nadie.
La educadora los saluda y se va con la gorra.
Te la hicieron, ñeri, fuiste con la gorra, dice el que estaba callado y los otros se ríen. No te zarpés conmigo, le responde Kevin, pero tartamudea un poco el conmigo y entonces todos se ríen de él, lo gastan, lo siguen gastando. Kevin empieza a mover los dedos y mira el piso inclinando la cabeza como cuando está a punto de desbordarse, pero esta vez no se desborda. Esta vez.
Además está agotado, viene de estar horas con un milico pegado todo el tiempo esperando que un médico lo revise. Al fin, una enfermera los hizo pasar a una sala casi vacía, entró un médico y en un par de minutos le hizo unas preguntas, le abrió los ojos, le alumbró las pupilas con la linterna del celular, después la garganta, lo desnudó, le tocó los huevos, le midió la fiebre, revisó hematomas, buscó ganglios, y anotaba, todo anotaba, hasta que le dijo hasta luego, le dio un papel al milico y desapareció.
Antes de ir al hospital, un par de horas antes, Kevin estaba en su casa jugando al Free fire cuando golpearon la puerta. Byron abrió y los dejó pasar. Era una mujer y tres policías, traían una orden del Juez para llevarse a Kevin, Byron y Cristal. La madre de Kevin no se podía ni levantar para defenderlos y a su pesar, los estaba defendiendo de ella.
En cuestión de segundos, el patio de la entrada se llenó de gente y de pronto todo fue un caos de gritos, ladridos y llantos. Los mismos vecinos que denunciaron a la madre de Kevin, ahora gritaban contra la policía, contra el juez, el gobierno y la propia familia: yo te lo dije madre, ahí todos consumen, nadie les dio ayuda y ahora se los sacan, salven a esas criaturas, ese botija anda robando, y cosas así.
Cuando por fin subieron a la camioneta, la mujer intentó hablarles pero todavía se escuchaban los gritos de la madre que logró ponerse de pie agarrándose del marco de la puerta.
Ya lejos, les explicó que las cosas no estaban bien en su casa y que su madre no los estaba pudiendo cuidar y que entonces, por un tiempo, no iba a poder hacerse cargo de ellos. El tono era tranquilo y las noticias devastadoras. Les explicaba que, por sus edades, Byron iba a ir a un hogar con niños de su edad, que a Cristal, como era una beba, la iba a cuidar una familia y que Kevin iría a una puerta de entrada para varones más grandes. Ahora, a los más chicos los llevarían al Pereira a que los viera un médico y a Kevin a otro hospital.
Cristal dormía junto a la policía que llevaba la mema vacía en la mano. Byron lloraba bajito y temblando sin parar y se le hacían burbujas de saliva que se limpiaba con la manga. Kevin, bajo la sombra de la gorra escondía unos ojos acristalados de odio.
Ahora cae la tarde. El sol enrojece y se hunde en la rivera del barrio.
Kevin está parado bajo el marco de una puerta inexistente y mira el que va a ser su dormitorio.
Todas sus cosas caben en la mochila que le cuelga de los hombros.
El peso del mundo le cuelga de los hombros.